Pour l’Fleur

Una tarde de fresca brisa en un típico mayo francés, descansaba su consciencia a orillas del Mosela, aquella dama de sonrisa irresistible y ojos de la luna. Todo había terminado, no como ella lo hubiese imaginado siquiera en cien noches de ilusiones, ni tampoco como lo hubiese deseado de haberlo sabido. Pero esas historias rebuscadas, tienen el sabor particular a cardamomo y pimienta que dejan en boca gusto picaresco y bouquet redondeado para la imaginación.

Una extraña flor de intenso color rojo flotaba plácidamente ante su mirada.

La sonrisa socarrona era prácticamente indisimulable. Tanta historia en tan poco tiempo no entraría ni en una novela pasajera. Sus piernas casi tan largas como sus sueños, daban un marco sutil y sensual a un paisaje ya de por sí difícil de superar. Las primeras gotas empezaban a capear una inminente noche de plácidas decisiones.

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Muy atrás quedaban aquellos tiempos en que la llanura mental de un pueblo montañoso la había obligado a tomarse una licencia forzosa sin goce de amores y con el beneficio de la duda restringido. Todavía en esas épocas, el feminismo bien entendido, era resistido tanto por los hombres, cuanto más por las propias mujeres.

Una fresca brisa la trajo nuevamente a la realidad, al tiempo que su reflejo en el agua daba cuenta que esa boina y los lentes estilo Jackie O’ habían nacido para decorar sus rasgos atigrados, que –curiosamente- hacían juego con su personalidad encantadoramente arrolladora. Un tipo de personalidad que espanta a los peces chicos, pero que atrae a los tiburones más peligrosos del océano.

El humo del cigarrillo Virgina Slim jugueteaba con la bruma, fundiéndose en una danza amalgamada de figuras aleatorias que despertaba la imaginación de los transeúntes invisibles de aquella escena inevitablemente cautivadora. Los espectadores –temerosos- oteaban de reojo, otorgándole un halo heroinesco a la situación, tanto desde el punto de vista de la valía de la dama, como del efecto adictivo de aquel cuadro.

La lluvia, caprichosa y uniforme, empapaba con acierto una leve blusa de tul claro que invitaba a imaginar los bordes redondeados de aquellas curvas resbaladizas, que conducían sin retorno a un averno irredento no apto para timoratos. El paraguas siempre fue para un tipo de personas que repelen lo inevitable, claramente no era para ella.

Aquel viaje estaba destinado a redimir tanto sus sentimientos como su prontuario penal. Es muy doloroso sufrir por amor, pero mucho más con agencias internacionales de inteligencia pisándole a uno los talones. La búsqueda de la soledad para poder sobrellevar un dolor tan profundo no es buena consejera cuando el gusto de lo prohibido sabe tan bien que asusta a propios y ajenos. La melaza de los placebos que se confunde con las quimeras atávicas calmaba el ardor de las heridas lejanas, con vahos de pociones ancestrales. Las cartas ya estaban echadas.

Luego de ayunar bajo largas reflexiones y de nutrirse de viejos textos apócrifos, huérfanos de pragmatismo, pero rebosantes de ideologías poéticas, la solución parecía ser una cruel burla del destino. Tendría que recurrir a dos personajes con los que la vida la había cruzado anteriormente en distintas etapas, cada una de ellas muy disímil a la otra. Era momento de volver a los tiempos de valquirias.

El primero de ellos, quizás fue el más sencillo de encontrar puesto que era su primer amor adolescente, al que luego de un tórrido romance con más idas que vueltas, había dejado por la lucha de la causa. De él necesitaría convencerlo de casarse en secreto para poder de esa manera cambiar su identidad y poder recuperar su vida normalmente.

Se dirigió al pequeño pueblo  francés de Thionville en la frontera con Luxemburgo y alquiló un pequeño apartamento cerca de la Plaza del Mercado a la espera de un “casual” encuentro con su antiguo pretendiente.

Mientras bajaba plácidamente por la Rue de la Tour, decidió tomarse un momento en el Café de la Moselle. En ese instante en que degustó el primer sorbo de aquel vino Bordeaux, recordó por qué había decidido que aquel fuese su lugar en el mundo. Mientras entrecerraba los ojos para acompasar la -siempre amable- melodía de Quelqu’un M’a Dit, interpretada por una ex primera dama, una mano extrañamente familiar se apoyaba sobre su hombro izquierdo. Claramente sabía quién era.

Luego de charlar durante horas y horas con su antiguo fiancée, la extraña sensación de familiaridad que sentían en sus entrañas, los llevó en cuestión de caricias, a incendiar la habitación de la casa que alguna vez compartieron y que ella misma había elegido.

Bastaron solo un par de semanas para que –renovado de esperanzas- el pobre abandonado se arrodillara delante de todo el restaurant Auberge du Creve Coeur y pidiera nuevamente su mano entre aplausos y vítores de los comensales presentes. El plan había resultado a la perfección, al otro día se encontraban festejando en el ayuntamiento local, aquel matrimonio que tanto habían esperado.

Al cabo de unas horas el pobre recién casado, luego de brindar con un extraño Champagne, se encontraba en un buque carguero completamente sedado rumbo a Islandia. Eso le compraría a su flamante esposa el tiempo necesario para desaparecer una vez más y esta vez con una identidad renovada.

Un tren sin demoras ni preguntas excesivas la llevaba certera hacia Luxemburgo. Era tiempo de equilibrar algunas cuentas pendientes con su primer compañero de armas, con el que había asesinado en nombre de la causa y quien a la postre se convertiría en su peor enemigo, el mismo que la había traicionado y la había puesto en la situación de fugitiva de la justicia internacional, no sin antes haber compartido fogosos “viajes de trabajo”.

Tanto él como ella tuvieron que recurrir a la clandestinidad luego de su fallido intento de “Mayo Francés” a la Argentina, por lo que encontrarlo sería tanto más difícil que a su antiguo pretendiente. Pero al fin y al cabo Luxemburgo no era un lugar tan grande para dar con un terrorista internacional, al parecer, devenido en inversor de fondos de alto riesgo.

Con una renovado corte de pelo y un traje que bien podía valer lo que un auto pequeño, el otrora guerrillero, salía de uno de los edificios más emblemáticos del centro económico de Luxemburgo, escoltado por dos enormes monigotes que daban sombra todo a su alrededor.

Al verla cruzando la calle con su estampa arrolladora y la mirada fija en el horizonte, parecía como que el tiempo se ralentizara y los músculos se le aflojaran ante tan imponente presencia. Tardó unos instantes en balbucear algo en español, que luego tradujo apuradamente al francés ordenándoles a sus escoltas de seguridad que buscaran a aquella mujer.

Si bien el deseo se mantenía intacto, el odio que se profesaba el uno al otro parecía ser aun más fuerte. Una vez que llegaron a la mansión del acaudalado inversor empezaría el juego de ajedrez más peligroso. Un juego en que se pondría a prueba la inteligencia, la astucia, la sensualidad, el deseo, el engaño, el peligro y la seducción. Las apuestas eran las más altas y el perdedor no viviría para contar el relato.

El juego había comenzado, su oponente no podía despacharla rápidamente sin saber tres aspectos fundamentales: cómo había sobrevivido a su traición; para quién trabajaba ahora y si realmente su propia identidad estaba comprometida. Por lo que ella contaba con esas armas a su favor y por supuesto con dos grandes debilidades de su adversario, una era la atracción fatal que sentía sobre ella y la otra y quizás más importante, era su propia vanidad.

La negociación oscilaba entre amenazas, besos apasionados, fresas por doquier, promesas de cristal,  lluvia de los más exclusivos champagnes, politiquerías, quesos innombrables, caricias que quemaban como brasas candentes, informaciones cruzadas, propuestas de lo más indecentes, preguntas socavadas, carpetazos y ofrendas.

Ya casi sin paciencia y en un estado de frenesí absoluto el nuevo magnate la tomó firmemente del cuello y con una expresión de locura y omnipotente sadismo le preguntó al fin, cuál sería el costo de su información con su consiguiente desaparición para siempre y su silencio absoluto.

Ella sabía que una vez que confesara sus secretos, la muerte estaría en el menú fijo como postre, por lo que decidió jugar una finta más.

Antes de contarle todos sus secretos y desaparecer le solicitó como condición un último momento de pasión como redención por haberla abandonado.  Su condición era hacer el amor en la Royal Suite del Le Grand Ducal, bebiendo champagne Krug y con una valija con 1 millón de euros.

Su adversario con la sonrisa del ganador, accedió rápidamente, reservó la suite, encargó el costoso champagne, alistó su vehículo al tiempo que recogió el dinero solicitado, el cual ni siquiera tuvo que pasar por el banco para retirar. Le pareció una suma de lo menos pretenciosa.

Al llegar a destino la imponente suite ya estaba preparada, con la costosa botella de champagne y a su lado decorando la escena, una extraña flor de intenso color rojo. Ella destapó la botella al tiempo que se iba desvistiendo lentamente. La mirada de su adversario no podía despegarse de sus desnudas caderas que servían un par de copas para brindar.

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Un sorbo de champagne con unos imperceptibles pistilos de Ricinio Palma Christi (la extraña flor de intenso color rojo) bastaron para dejar sin pulso a su antiguo contrincante, al tiempo que salía presurosa con la valija llena de euros. Al pasar por la recepción, le dejó de “propina” el exclusivo reloj Patek Philippe del malogrado inversor, a su aliado que había colocado el curioso encargo de flores al lado del champagne.