Ríos de Traición

Con la mirada fija en el horizonte, apretando fuertemente el remo con su mano derecha y con el casco en su mano izquierda, Oscar admiraba atónito aquel salto de agua salvaje que acababa de sortear. Una inmensa mezcla de sentimientos lo invadieron en ese momento y las lágrimas no tardaron en brotar.

El cuerpo inerte de su amigo Esteban flotaba pacíficamente hacia él, como si un rayo de sol lo viniera siguiendo en un escenario teatral. Mil recuerdos se cruzaron por su cabeza al tiempo que comenzaba con un temblequeo torpe, parte por la intensidad de lo vivido, parte por el principio de hipotermia que estaba comenzando a experimentar.

Cuando el cadáver de su antiguo socio y amigo pasó por su lado en el río, no pudo más que sonreír al cielo, ya se ocuparía más tarde de ese tema.

***

Como todo estudio jurídico, había momentos buenos y momentos no tan buenos. El estudio estaba pasando por uno de esos momentos no tan buenos y la relación entre ambos socios se había puesto más tirante de lo usual. Las deudas acuciaban a la sociedad y no dejaban tranquilos a ninguno de los dos socios. Era momento de atrapar un tiburón y uno de los grandes… para eso Esteban era el pescador indicado.

En aquel estudio siempre estuvieron bien definidas las funciones de cada uno. Mientras Oscar era un abogado de fuste, gauchazo de la vieja escuela, un pitbull de ataque implacable, Esteban ocupaba el cargo de seductor y lobista. De inconfundible estampa al vestir y con todos los accesorios correctos para dar con el target de abogado confiable y exitoso, Esteban recogía levemente el pantalón de su exclusivo traje Ermenegildo Zegna, para descubrir los mocasines de Salvatore Ferragamo, al tiempo que descendía de una antigua coupé Mercedes Benz.

Era momento de reencontrarse con un viejo conocido, doble apellidado en su cafetín de culto de la siempre paqueta avenida Emilio Civit. La manzanita iluminada y la espesa estela de humo del cigarro Café Crème, daban cuenta de que su contacto ya había llegado. La mesa de siempre los cobijaba una vez más. Inspiró profundamente tomando confianza y se dirigió hacia su convidado. Al sentarse no pudo evitar escuchar la conversación telefónica que estaba manteniendo su anfitrión, con cifras que rondaban los seis ceros. Rápidamente y como queriendo evitar que el recién llegado interlocutor se enterara de algo más, el misterioso hombre cortó secamente la comunicación.

Un par de charlas banales sobre la vida y sus aventuras y pasaron sin muchos más preludios a hablar de negocios. Esteban le comentó la difícil posición en la que se encontraba el estudio y de que había llegado el momento de pedirle un favor personal. Su contacto repasó con el dedo índice el borde de la taza de su infusión oriental y con cara desafiante, dando una honda calada a su cigarro, le contestó que no había nada en ese momento.

Ese jugueteo de ritual era habitual entre esos dos tiburones, estaban tanteando la escena, para medir las armas de su adversario. Luego de un largo tire y afloje que incluyó llamados políticos, favores adeudados y una emotiva cantidad de vasos de escoceses con edad legal para votar, Esteban le preguntó por el negocio del que estaba hablando en el teléfono cuando llegó.

La cara del hombre cambió radicalmente. Pasó de negociador a reservado, como queriendo eludir el tema. Eso a Esteban solo le produjo más curiosidad y más ganas de intervenir en aquel negocio. Finalmente y luego de una serie de súplicas por parte del distinguido abogado, su contacto doble apellidado decidió involucrarlo en aquel negocio. Pero como se trataba de un tema muy ríspido, antes de soltar una sola palabra, tenía que asegurarse la plena participación de Esteban, sino sería un cabo suelto y todos saben la suerte que corren los cabos sueltos en ese tipo de transacciones.

Claramente Esteban ya estaba adentro. El negocio era simple y a la vez muy arriesgado. Tenían que conseguir un chivo expiatorio que firmara como abogado de unos casinos que se iban a instalar en el pedemonte de la provincia, el que luego debería aparecer muerto. Era un juego de mafias en el que un grupo empresario quería dejar fuera del negocio a otro grupo de ex empleados de Casinos agremiados, quienes ya tenían la autorización para funcionar como entidad gremial, mostrándolos a estos últimos como una horda desarticulada de simios mafiosos y dejándoles allanado el camino para asaltar dicho territorio con inversiones millonarias.

Por supuesto que adicionalmente al canon que se pagaría en concepto de honorarios por dicho encargo, habría que sumarle que su estudio jurídico pasaría a ser el estudio oficial del Grupo Empresario, no solo para la unidad de Casinos sino también para todo los demás negocios a futuro.

Esteban estaba anonadado con las cifras. Era mucho más de lo que se imaginaba, eso solucionaría con creces todos los bretes financieros tanto personales como del estudio. Justo en ese momento caía el caso de la historia en el estudio y él lo había conseguido. Se sentía muy nervioso, era el negocio del siglo, pero necesitaba un abogado de confianza para hacerle firmar esos papeles y que luego apareciera muerto. No era un tema de escrúpulos lo que lo alejaba de la idea, más bien era un tema de falta de recursos humanos.

Llegó al estudio a donde lo esperaba ansioso Oscar. No sabía cómo plantearle un tema tan ríspido, por lo que decidió postergarlo. Las noticias de la falta de trabajo y negocios agudizaron la ya desgastada relación entre los socios, al tiempo que repartían las facturas de servicios y las deudas del estudio.

Eso, sin contar que Esteban para poder mantener las apariencias tanto personales como laborales, estaba a punto de perder su casa a manos de un crédito hipotecario con el banco, pero nunca quiso compartir esa carga con Oscar, para que no lo tratara de manera diferente, ni lo sermoneara por su ritmo de gastos. La situación se estaba tornando insostenible, incluso el buen trato personal que siempre había reinado entre ellos, se había perdido. Alguien tenía que ponerle un freno a esa situación.

Luego de muchas idas y vueltas Esteban decidió cortar de raíz el problema. Sugirió que era momento de que pasaran un tiempo juntos, pero tranquilos, que necesitaban un fin de semana sin stress y disfrutando de la naturaleza al tiempo de que charlarían el futuro del estudio. Un viaje ellos dos solos.

Ante la invitación y el intento de pacificación de su socio, Oscar accedió de buena gana e incluso ofreció la casa que tenía su familia en el sur provincial donde de chico solía practicar muy fervorosamente kayak en el río Diamante.

Era un sábado como cualquier otro cuando Esteban y Oscar partían a lo que sería la aventura de sus vidas. Conocedor de la pasión de su amigo y socio, Esteban había preparado una excursión extrema para andar en kayaks por el río más peligroso del país. Nada parecía poder interponerse entre los temerarios navegantes y el Gran Salto del Diamante.

La cabaña familiar era un refugio de alta montaña con todo lo necesario para pasar un fin de semana de paz y tranquilidad. Conservas por doquier, vinos de los buenos, tabaco para armar y algunos pendientes que tenían para firmar del estudio, acompañarían al par de socios durante el fin de semana.

Mientras desarmaba su bolso Esteban miraba de reojo los papeles de la hipoteca de su casa que asomaban por detrás de los temibles documentos del casino que pretendía discutir con Oscar en ese ámbito de tranquilidad. En cualquier otro escenario, Oscar se hubiera negado rotundamente, pero quizás si le contaba toda la historia con tranquilidad, lo entendería y juntos buscarían un chivo expiatorio.

Llegó la noche rápidamente y luego de una variopinta cena a los siete fuegos a cargo de Oscar, Esteban lo encaró sin más vueltas y decidió poner el tema a consideración comentándole sobre su precaria situación financiera a Oscar y de la oportunidad que tenían delante con la proposición del casino.

Luego de una feroz pelea que incluyó insultos gritos y desmerecimientos, Oscar le comunicó a Esteban su decisión de separar el estudio. No podía trabajar con alguien que tuviera los escrúpulos para siquiera considerar dicho entuerto. Todo estaba terminado, seguirían siendo amigos, pero ya no trabajarían más juntos y nunca más nadie hablaría del tema. Y como encima el estudio estaba a nombre de Oscar, sería Esteban quien tendría que abandonar el inmueble, para empezar un nuevo camino.

La relación se había roto. Ambos lo sabían, quedar como amigos con un ex socio después de una separación, era como pretender quedar como amigos con una ex novia, es raro y casi nunca pasa.

Oscar notablemente ofuscado, se fue a su cuarto a ordenar sus pertenencias, al otro día al romper el alba retornaría a la ciudad. Mientras terminaba de acomodar su bolso, Esteban ingresó a su cuarto pidiéndole disculpas y escudándose en la desesperación de perder su casa, le rogó que se quedaran aunque sea un día más. No aguantaba la presión de tener que volver a su hogar a contar toda la verdad sobre la hipoteca y sobre la separación del estudio.

Oscar una vez más dio el brazo a torcer y accedió a quedarse otro día, pero con la condición de que no se hablaría más de trabajo y de que fueran juntos a navegar los rápidos del Diamante en kayak. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Esteban quien se aprestó a preparar todo el material deportivo para la siguiente mañana.

Durante lo que quedaba de la jornada Oscar le explicó a Esteban que el Gran Salto del Diamante era solo para expertos, por lo que en la última bifurcación él le indicaría como doblar para seguir por otro curso de agua y no desembocar en tan peligroso lugar. Era sabido que un salto de tamaña dimensión solo se lograba sabiendo caer perfectamente, rolando dentro del agua y con un chaleco salvavidas en impecables condiciones para aguantar tremendo remolino dentro de la caída.

Por la noche Oscar escuchó algunos ruidos y al mirar a través de la ventana vio a Esteban acomodando los chalecos salvavidas que utilizarían al otro día. Algo le despertó su curiosidad, pero lo averiguaría dentro de unas horas. Quizás era solo la ansiedad de su socio por la aventura venidera.

Al salir el sol Oscar despertó a Esteban para salir a navegar, previo a eso y mientras preparaba un suculento desayuno, decidió re-chequear el equipo antes de salir y detectó para su sorpresa que su chaleco salvavidas estaba prolijamente descocido, como para aguantar una navegación tranquila, pero que se descocería sin dudas ante un impacto fuerte…

Su cara cambió radicalmente y apuró los preparativos para zarpar rápidamente, le insistió a Esteban que desayunara muy fuerte para tener energías y se dirigieron raudamente hacia el río.

Una vez navegando algunos rápidos del Diamante, Oscar notaba que constantemente Esteban relojeaba preocupado, mirando detrás de su chaleco salvavidas. Decidió ignorarlo y seguirle la corriente, hasta que en uno de los últimos rápidos antes de la bifurcación del Gran Salto, Esteban se le acercó demasiado como queriendo corroborar el resultado de su ardid.

Tamaña sorpresa se llevó al ver la reforzada costura casera que el mismo Oscar le había hecho esa mañana a su chaleco, en ese momento se dio cuenta de que él sabía. Y conociéndolo a ese pitbull furioso, estaría tramando una terrible venganza. Un último cruce de miradas bastó para confirmar que su ex socio y amigo se había dado cuenta de sus intenciones de ahogarlo en aquel salto de máxima dificultad y hacerlo pasar como que había muerto en su ley, practicando su hobbie favorito. Con el condimento de llevarse los papeles del casino firmados justo antes de su muerte y quedándose con todo el estudio jurídico operando en su nivel optimo. Era lo más parecido al crimen perfecto.

Se alejó de Oscar todo lo que pudo, intentando disimuladamente acercarse a la costa para huir. Infértiles fueron todos sus esfuerzos puesto que la corriente ya los arrastraba inevitablemente hacia la última bifurcación. Solo había dos caminos posibles: a la derecha estaba la salida al plácido descanso de Don Segovia, el salvoconducto del Diamante para evitar la salida de la izquierda que era la caída de La Picasa conocida por todos como el Gran Salto.

Sin siquiera voltear para mirar sus ojos Oscar le indicó a Esteban que tomara por la bifurcación de la derecha. En ese momento la sangre de Esteban se heló, tenía que tomar una decisión, él sabía perfectamente que Oscar se había dado cuenta de su plan y que probablemente buscaría venganza inmediata, por lo que seguramente lo estaría engañando para conducirlo a través del Gran Salto y que él cruzaría cómodamente por el salvoconducto.

Al entrar al rápido del Gran Salto, que curiosamente se veía más peligroso de lo que recordaba, Oscar volteo sonriente para verificar que Esteban lo seguía a unos metros por detrás de él. Ya no había vuelta atrás su plan había resultado a la perfección, ambos iban en un camino sin retorno hacia el salto de agua más peligroso de toda la región. El río se encargaría del resto…

***

Una vez de vuelta en la Ciudad, Oscar recogía levemente sus bombachas gauchescas para descubrir unas exclusivas alpargatas de carpincho, al tiempo que descendía de su flamante Land Cruiser en un café de la siempre paqueta avenida Emilio Civit. Al llegar y esbozando una enorme sonrisa se fundió en un caluroso abrazo con el misterioso personaje que lo esperaba detrás de una computadora con una manzanita iluminada, entre una espesa estela de humo de un cigarro Café Crème… Al parecer el tipo llevaba dos apellidos.