Ensayo para mi muerte

Uno se plantea miles de veces a lo largo de su corta o extensa vida, cómo será realmente el día de su muerte ¿Quiénes serán los presentes, qué tan afectada estará la gente que a uno lo rodea, si será una partida pacífica o si será un gran escándalo. A dónde será el velorio, si respetarán la última voluntad de cremarlo a uno, o si descansará para siempre en un verde prado junto a sus seres queridos?

¿Dolerá? ¿Será un alivio? ¿Qué vendrá después?

Mil interrogantes y un solo momento para develarlos a todos ellos. La curiosidad del hombre siempre es macabra en cuanto a temas mortuorios se refiere. Un cúmulo interminable de elucubraciones respecto al destino del alma, la reencarnación y la vida eterna han surcado nuestros inconscientes desde niños, para crear un mar de opciones viables al momento de despedirse.

Todas son conjeturas, lances e imaginaciones que de tanto en tanto se dan una vuelta de curiosidad por nuestras ideas. Todo es chance e hipotético, pura inventiva y potencial hasta que llega un papelito firmado por el galeno de turno, que informa que la vida tiene fecha de caducidad y hasta se animan a arriesgar una fecha.

¿La enfermedad? La más común de todas. De la que nos morimos casi todos.

El tipo está entrenado para esta clase de situaciones, se lo ve desenvuelto y al mismo tiempo contenedor por el tenor de las circunstancias y por ser el portador de una de las peores noticias que se le pueden dar a uno. Incluso se le nota en sus ojos que ya ha pasado cientos de veces por este mismo brete, que ya puede anticipar los estadíos de ira, negación, desolación, desesperación y resignación. Sí señor, anótelos bien porque esos son los pasos a seguir a continuación que a uno le ponen una fecha límite a su existencia.

Las ganas de vomitar se pasan rápido. El temblequeo de cuando uno quiere llamar a alguien y no sabe a quien, no paran hasta que se logra el primer contacto. Lógicamente uno supondría que ante tamaña situación la primera respuesta instintiva sería llamar a su esposa o pareja o quizás a su madre o padre.

Se equivoca, la noticia es demasiado grande para trasladarla de primera mano y por primera vez, por lo que uno termina optando por algún hermano o amigo del alma. El café es incómodo, el preludio es corto. La cara de uno lo dice todo. La cara del otro lo dice más. El llanto es instantáneo y compartido. La gente del lugar mira de reojo y se imagina por lo que estás pasando, quizás muchos de ellos también fueron amigos y hermanos en esa misma situación.

Las promesas eternas pueden hacerse realidad, ya que la eternidad tiene su fecha más o menos prefijada. La gente logra enterarse como por arte de magia y el entorno separa aquellas personas que participaban de nuestra vida como espectadores de aquellos que lo hacían como compañeros. El círculo se cierra y empieza a asfixiar.

Todo el mundo supone que uno tiene una lista de pendientes antes de morir y que se va a dedicar a tirarse en paracaídas y a nadar con tiburones en aguas abiertas. Todo eso es mentira, o para un guión de película, pero la realidad es que uno solo quiere llegar a entender el sentido que tuvo su vida y trata de darle un cierre decoroso a lo poco que queda de ella.

Sale uno a caminar y repite varias veces ese café con la gente más cercana. La cabeza explota con la cantidad de pensamientos encontrados, el temblequeo de las manos va cesando y el cuerpo comienza a sentir como si lo hubiesen apaleado durante horas, el cansancio se hace patente y nubla la visión como si estuvieras en un estado de trance, de repente las bocinas de la calle y el ruido de la ciudad se convierten en música de fondo. Cualquier situación anormal en el cuerpo y se siente que es el momento de partir.

Es común también pensar que en esas circunstancias uno comienza a valorar mucho más las pequeñas cosas como el canto de un pájaro o la risa de los niños, pero no es cierto. O por lo menos no todavía. En una primera etapa de desilusión, todo se torna gris, ni lo bueno es tan bueno, ni lo malo tan malo, al fin y al cabo todo terminará en cuestión de meses, semanas o días. La relativización de la realidad se hace insostenible. El cambio cínico en el humor se hace patente y hasta uno llega a preocuparse por cosas tan banales como temas monetarios inclusive.

Cuánta será la pobreza que tenemos en nuestras almas, que ante tamaña situación uno desperdicia los últimos alientos de vida en organizar cuestiones de dinero. Te hace pensar en qué clase de mundo vivimos y lógicamente un replanteo completo de la existencia del hombre en sociedad, que de repente se torna clarísimo pero en el mismo momento en que ya no va a hacer ninguna diferencia en tu vida. Una lástima.

El llanto es cosa de casi todos los días. Siempre hay alguien que se va enterando y que te abraza como queriendo decirte todo lo que no pudo o no supo expresarte con palabras durante toda su vida. Es impresionante como uno se vuelve una especie de intérprete de abrazos y puede descifrar el intrincado significado de cada uno.

Están los abrazos de compromiso, que son secos cortos y con doble palmada en la espalda, para los más solemnes y machazos. Están los abrazos de sal que bañan todo de lágrimas y que transmiten ese dolor desesperado que sufre el otro. Están los abrazos de adiós que son largos y silenciosos, no aprietan pero duelen en el alma. Y están los abrazos del amor esos que intentan regalarte un poco de sus vidas para rogarte que permanezcas vivo un tiempo más, esos abrazos interminables que al final del camino son los que te transportan cálidamente y con confianza a un incierto destino final.

Nadie te puede decirle a uno cómo va a ser realmente ese momento, pero internamente se sabe. Es como si mágicamente se adquiriera un sexto sentido de sensibilidad respecto al momento de partir. Pasan los días y las semanas, no pasa ni un minuto en que no se piense en la muerte. Cada paso que uno da, está contado y condicionado. De repente una brisa avisa que el momento está por llegar, se siente de manera distinta, como algo nunca experimentado.

Una vez que pasa esa brisa, todo comienza a cobrar sentido, las ideas empiezan a organizarse y decantan una a una con una precisión mecánica. Los sentimientos afloran por última vez para despedirse y uno valora cada una de esas sensaciones porque sabe que serán las últimas.

El cuerpo comienza a relajarse, los dolores se relativizan. La mente sabe que el alma está preparada para dejar ese cuerpo, una bocanada de aire final y todos se vuelve borroso hasta que se apaga todo en un infinito de paz absoluta.

Las despedidas fueron justas, las verdades como siempre irredentas, las lágrimas se llevaron en el corazón y los abrazos fueron los alicientes que el espíritu necesitaba para irse. Los pájaros trinaron por última vez para demostrarnos su belleza y aquella risa de los niños nos siguió enseñando hasta último momento que la vida es un ciclo y que es momento de partir.