¿A qué huele el cadáver de un amigo muerto en la infancia?

Tamara llamó llorando un dia a Bruno, su viejo amigo, y le comentó que acaba de cortar con Pedro, su novio de tres años, luego de haberlo encontrado con otra mujer en la cama de su casa. Bruno intentó calmarla y la invitó a salir. Los dos amigos se encontraron en un bar al día siguiente y comenzaron a charlar sobre el tema sin preámbulos. Tamara le contó a Bruno que su ex le habia metido los cuernos con su mejor amiga. Bruno, un poco intimidado por la escena, y sintiéndose presionado por escuchar tanto y no tener nada para agregar, la intento consolar y le dijo: “no te hagas problemas. Sos linda, buena, inteligente: vas a encontrar otro mejor”. Pero ella, al escucharlo, entrecerró los ojos, lo miró con cara de pocos amigos y le dijo: ¡vos no entendes nada, bobo!

Bruno y Tamara tienen un problema de diálogo. Y, como todo problema en un diálogo, surge gracias a la malinterpretación de las palabras. Ninguno de los dos lo sabe, pero están teniendo un problema lingüístico.

Bruno y Tamara están hablando de la misma persona: Pedro. Para Bruno, Pedro es un ex novio de Tamara, el cual puede ser cambiado rápidamente por otra persona. Pero para Tamara, no. Para ella, Pedro es algo más.

Para la lingüística, la palabra Pedro es un signo, el cual usamos para transmitir un mensaje al receptor.

Las personas nos comunicamos por medio de signos lingüísticos y no lingüísticos. Un signo lingüístico es una palabra; un signo no lingüístico es, por ejemplo, una foto, un número o una pictografía.

La palabra Pedro representa un signo cuyo nombre evoca una imagen mental en el hablante o el receptor, la representación de una imagen la cual concebimos en nuestra cabeza mediante el uso de la palabra. Por lo tanto, posee dos características: el significado y el significante.

Si un perro es mi signo, la palabra “perro” va a ser mi significante, mientras la imagen mental que tenemos cuando escuchamos pronunciar la palabra va a ser el significado.

Tamara y Bruno usan el mismo significante en el signo, pero no concuerdan en el significado. ¿Por qué pasa esto?

La disciplina que estudia las signos, la relación entre el significado y el significante, se llama semiótica. Por lo tanto, necesitamos un experto en la materia para dilucidar el problema de los amigos:

“Si todas las rosas del mundo dejaran de existir, ¿qué nos quedaría?” preguntaba un profesor italiano en una de sus novelas, y remataba “nos quedaría El nombre de la rosa”.

Este frase es el axioma de más famoso de la semiótica, que representa finamente la complejidad retórica de una imagen; es usada en el libro El nombre de la Rosa, la obra más conocido de Umberto Eco.

Lo que Umberto Eco quería evidenciar con esta máxima es cómo una imagen mental puede subsistir en nuestra cabeza incluso cuando no tenga su correlación en el mundo sensitivo. Las imágenes mentales son inclusive potenciada por la ausencia de su representación física, pues le dá la oportunidad al autor de elevar el signo en su imaginación hasta desvestirlo de cualquier característica reales.

La semiótica estudia por qué un determinado signo evoca una determinada imagen mental en cierto grupo social, la cual va a ser usada como metro patrón para medir cuando un objeto es o no algo. O sea, todos vamos a tener una imagen arquetípica de un objeto en la cabeza para saber identificarla en el mundo sensitivo. Dependiendo de cuál sea nuestra imagen mental arquetípica de un objeto —el tamaño, la forma, el color— vamos a poder identificar cuando algo es o no es.

Del mismo modo, Bruno está hablando de Pedro con el rigor de la semántica. Mientras Tamara se está refiriendo a él como modelo arquetípico de todos los hombres de su vida, sean para hablar del pasado o el futuro.

Quizás nuestra concepción no importa cuando estamos hablando de una rosa, porque no debe tener mucha incidencia en tu vida cotidiana el cómo conceptualizamos una flor,  pero sí es relevante cuando se tocan temas más relevantes o abstractos. Importa cuando formamos nuestra imagen mental del coraje, la honestidad o la belleza; cuando hablamos de valores, quienes van a ser los responsables de moldear nuestras personalidades y nuestra vida social.

Si simbolizamos la excitación como una mujer vestida con tanga en un programa de televisión, vamos a necesitar una mujer parecida para tener ese determinado estímulo; si consideramos a Rambo como el prototipo de hombre, no nos vamos a sentir masculino hasta no tener músculos o usar armas; y así hasta el infinito.

Esto ha pasado desde siempre, pero este tiempo en particular tiene una singularidad en cómo moldeamos nuestras concepciones básicas.

Antes, una mujer necesitaba adquirir cierto nivel de sofisticacion en el lenguaje para parecer intrigante, una postura corporal adquirida de cierta bagaje intelectual, la confianza de saber moverse en cualquier contexto y no alterar el carácter. Ahora, muchas mujeres creen ser las protagonistas de una película de Polanski o Hitchcock por sacarse una foto con la boca entreabierta, como si estuvieran a punto de hacer sexo oral, y sin mostrar ojos. Confunden tapar con ocultar.

También creemos que el orgullo está en dejar de querer a nuestra pareja antes que ellas nos deje a nosotros. Ejemplificamos la libertad como un hecho, el de irnos de vacaciones o tener la soltura económica para hacer lo que queramos, por ejemplo; cuando en realidad tiene relación con una postura frente a las presiones sociales o a la historia personales de cada uno. Medimos el amor no por el altruismo sino por su utilidad personal. La independencia está en dejarse guiar por sentimientos momentáneos, sin pensar que los sueños y el instinto son dos valores contrapuestos, los cuales tiene que ser separados a través de la disciplina espartana.

Pese a que puedar quedar como un moralista, no estoy diciendo esto para tener una mejor sociedad. Lo digo porque cada vez veo más gente angustiada. Estamos creando una sociedad de personas impotentes pero exitadas, adineradas pero fracasadas, hiperactivos pero ociosos, deseosos de ser transgresores pero con una profundo miedo a no ser apreciado por la comunidad. Tenemos modelos valorativos inalcanzables y trastocados, los cuales no vamos a poder llegar nunca a cumplir con esos modelos ideales; y eso nos está angustiando.

El Principito como símbolo de la pureza de la vida frente a la modernidad, los Beatles como exponentes de la rebeldía, no porque se sacaban fotos con camperas de cueros sino porque transgredieron todo lo establecido hasta la época; Cortázar representado lo mágico y lo impredecible en la cotidianidad, son metáforas saludables para nuestras cabezas, las cuales simbolizan conceptos buenos y elaborados. Adquieren incluso más importancia en nosotros sobre todo cuando estamos solos, que es donde se manifiesta quienes somos.

En uno de esos momentos en los cuales estamos hundido en tus pensamientos, rememorando el pasado como si fueras un borracho buscando las últimas gotas de alcohol en el barril, va a ser cuando nuestros amigos imaginarios sean más visibles para nosotros. Pues ellos, tus amigos imaginarios, sea Borges, Pink Floyd o la protagonista de la película Amelie, van a ser los únicos responsables de tu buena o mala relación con la soledad, tu mundo interior. Porque la soledad es al alma lo mismo que el espejo es al cuerpo.

Pero, para ejemplificarlo mejor, te cuento un cuentito para terminar la nota y demostrar hasta qué punto son importantes tus amigos imaginarios, o sea, aquellos representantes de nuestro mundo interno.

Quizá nunca lo hayas escuchado nombrar, pero su nombre era Boddah y fue uno de los responsables de la revolución cultural de los 90, quien Tarantino y tantos otros formaron parte.

Boddah tenía muchas profesiones: astronauta, integrante de los beatles, vaquero, jefe de un malón. Dominaba varias disciplinas. Era, además, el mejor amigo de Kurt Cobain, fundador de Nirvana años más tarde, la mítica banda de los noventas, el última grupo verdaderamente transgresor de la historia de la música. Tenía menos de 10 años en ese momento.

Boddah y Kurt pasaban el día entero jugando. Iban a cualquier lugar del mundo y sin la necesidad de salir de la habitación de joven Cobain, ayudados, eso sí, por la frondosa imaginación de su compañero de aventura que les permite transformar un sucio cuarto del Arben en una hermosa paisaje exótico de la India donde podían vivir grandes aventuras.

Tdo era color de rosa para el chico Cobian. Quien no estaba feliz, era su madre. Para ella, no era saludable jugar tanto tiempo con una persona imaginaria y le era de especial preocupación la salud mental en su hijo. Lo miraba de reojo cuando pasaba por su habitación y le parecía peligroso verlo interactuar con alguien que no existía. Tan preocupada estaba que le terminó diciendo a su hijo que Boddah se había ido a la guerra de Vietnam, que por ese entonces era tema común en todos hogares estadounidenses, para luego morir esa tarde gracias a una bomba vietnamita.

La madre del futuro líder de Nirvana —cuya sensibilidad se puede resumir en esta anécdota— creía que con el comentario de la muerte de su amigo imaginario, su hijo iba a dejar de fantasear tanto e iba a vivir más en la realidad.

Lo único que se sabe de aquella anécdota es que Kurt no supo cómo reaccionar cuando escuchó la terrible noticia de su amigo muerto; quedó sin poder pronunciar ni una sola palabra, sus ojos fijos en su madre como si no pudiera entender lo ilógico de tener un amigo imaginario muerto. Recién a los segundo se fue a su cuarto sin decirle una palabra a su madre, quedando encerrado el resto del día.

Lo que sí se sabe es que nunca más se lo escuchó nombrar a Boddah, ni siquiera a sus compañeros de banda, cuando estaban llenando estadios, vendiendo millones de discos y siendo ídolo de masas. Quizás le quedó el dolor de esa época. Tiempo después, a sus 27 años, luego de escapar de una clínica mental e ir a su casa a escondidas, puso un disco de R.E.M., escribió una carta a su hijo y a su esposa, agarró una escopeta y se pegó un tiro en la cabeza. Eso sí: la carta suicida que escribió en el momento previo a suicidarse, empieza diciendo: “Para Boddah”.

Cuento esto para hacer notar hasta qué punto las personas somos uno y los fantasmas que cargamos encima. Nuestros símbolos, nuestros amigos imaginarios, van a quedar en nosotros por más que queramos hacer cómo si no existieran. Aunque queramos exorcizarse de nuestros pasados, haciendo superado como si no existieran, nuestros demonios van a quedar unidos a nuestra memoria como la noche a la luna, azorando en alguna parte oculta de nuestra memoria.

La cultura por sí sola tampoco te va a excomulgar del pasado, pero sí te va a dar la posibilidad de vestir a tu demonios de traje y corbata, haciéndolos presentables ante la sociedad y tu soledad. Porque la virtud no es más que un defecto depurado por la cultura. Y, sino me crees, escuchá cómo se escucha el grito desesperación, la bronca de tener un amigo imaginario, muerto dentro de uno.