Catarsistema de paseo

Aquel que quiere viajar feliz, debe viajar ligero.
Antoine de Saint-Exupéry

Todo sería más o menos así.

Primero me saldrían branquias, después aletas y por último escamas; tendría que vivir por un corto tiempo dentro de un vaso con agua, pero eso no funcionaría… Luego, quizás, me crecerían alas, un par bonitas, espumosas, pero que no servirían para volar. Entonces se convertirían en una carga… Intentaría volar un par de veces, carreteando un par de kilómetros, pero, al final, desde la torre de control no me lo permitirían porqué no tengo los permisos y mi paracaídas no sería digno de confianza, demasiado remolón, no es cuestión de entregar la interrupción de la caída libre a un harapo soñoliento.

Debería buscar otra forma de viajar, ya que no podría hacerlo ni nadando y mucho menos volando. Entonces no habría salida; me sentaría en el borde del camino que lleva a la ciudad sin calles, sin casas y sin habitantes, sobre todo sin habitantes: Haría dedo hacía allá, llevaría entre mis bártulos el vaso en el cual estuve un corto tiempo (sin agua, porque se habría derramado) también estarían el par de alas y los harapocaídas; nada más, no me haría falta para viajar mucha cosa.

Sentado ahí me daría cuenta de que si necesitaba algo para viajar, un destino, algún puerto al cual arribar, en silencio, por la noche… cómo un polizón.

La luna podría ser una buena variante, lejana, económica y casi secreta, pero me aminalaría la distancia y la radiación cósmica.

Pensaría también que el fondo del mar es otra buena opción, pero la presión sería otro argumento para no ir.

El vientre del sol se me ocurría como destino ulterior, pero tendría el pasaporte vencido.

Entonces me daría cuenta de que la respuesta siempre estuvo ahí, cómo la luz siempre está en la oscuridad: me iría de viaje a dedo por mi cuerpo, visitaría cada rincón recóndito y sagrado, enviciado e impoluto; tuerto y sagaz. Desde la uña del dedo gordo del pie derecho, hasta la uña del dedo gordo del pie izquierdo, surcando toda mi materia en una vuelta casi eterna, por las tierras hostiles de mi sexo, por el mar en calma chicha de mi saliva, por mi cerebro eléctrico, por mis manos fugaces, por la jaulas de los tigres en mi estómago, por la selva hediente de mis ojos… con alguna pausas para comer los sánguches de mortadela y queso que llevaré para tal ocasión.

Estiraré mi cansancio cómo una manta bajo la luna que crece en mi espalda, en dónde estaban las alas inútiles y las aletas de pez con alergia al agua…

Y ahí, más calmado, esperaré el nuevo amanecer entre mis dientes.