Las palabras

Un ajuste de términos lo enojó sobremanera. Le dije que no eran correcciones, que me gusta buscar las palabras exactas, en rigor sé que las palabras exactas no existen, pero me es imposible no buscarlas. No puedo dejar de desarmar las frases hechas para explicarle a él o a cualquiera que encarnan algún prejuicio, algún presupuesto que hay que cuestionar o, para ir bien lejos -como me gusta- que hay que desestimarlas porque aunque pueden lograr una buena síntesis, hay frases hechas que solo son descuidos.

Supe que le molestó lo que dije porque conocía tanto como yo el poder de las palabras. Corregir una palabra es un acto de amor. Es decirle, entre otras cosas, no hay indiferencia en esta escucha.

Después que todo pase, quedarán, en el mejor de los casos, unas palabras sobre una tumba, el dolor de una palabra no dicha en el momento oportuno, la tristeza de lo que estuvo demás, la alegría de lo que se dijo. La palabra que se da, pero también la palabra que se quita, el dolor del silencio cuando es siniestro, la obligación de reponer lo que el otro no dice, las suposiciones, el silencio como un inmenso miedo al vacío, la desesperación de no saber con exactitud lo que quiso decir, pero también la terrible idea de que hay cosas que no admiten palabras, que se resisten, que son incontables, aunque una cosa es que no se puedan contar por inasibles y otro problema es que no se puedan contar porque contarlas las vuelve algo y un algo que, en verdad, nunca sabemos del todo qué es, porque la lengua nos excede y para imprimirle el dramatismo que tiene, asumir que el lenguaje es fascista -tal como lo propuso Barthes- porque obliga a decir. Siempre dice más de lo que queremos o dice otras cosas, incluso aquello que definitiva o conscientemente no deseábamos decir.

Quizá lo que a él le molestó es el dramatismo y no pude explicarle que cuando hago distinciones lo único que quiero decir es “no todo da lo mismo”, la diferencia siempre es conceptual, no estoy hablando de gramática ni de sintaxis ni de cuestiones técnicas.

Quizá solo peleo contra la fatalidad de la palabra dicha que no admite reformulación: se dijo. Se puede acolchonar; si se la adorna demasiado, se la debilita. Es más que evidente, como lo planteó Austin, que se hacen cosas con palabras y los hechos siempre son contundentes: se prometió, se juró, ya se dio la palabra de honor, y a diferencia de las cosas, las palabras no se devuelven. Así como no hay segunda oportunidad para la primera impresión, para la palabra dicha, no hay segundas chances.

No hay contradicción entre palabras y hechos, son caras de lo mismo, se implican, la palabra es siempre acto por presencia o ausencia.

Las palabras pueden perdonarse -eso le dije también-, pero con dificultad se olvidan aquellas que cambian los destinos. Esas suenan y resuenan, alteran las costumbres, desempañan los vidrios.