El Castillo Violeta

Ella veía desde la ventana los intensos verdes producto de la infinita pradera que acompañaba el camino. La brisa fresca pegaba en su cara, recordándole lo natural de aquel desconocido lugar.

Después de atravesar un estrecho pasillo decorado de primitivos verdes pudo vislumbrar sobre las colinas un hermoso castillo de color violeta. La figura imponente recreaba una postal de fantasía. Sin embargo, la peculiar estructura era difícil de ver.

No pudo evitar abandonar el silencio entre el conductor y ella. Su curiosidad la hizo empezar la conversación.

– ¡Qué hermoso castillo! Lástima que no logré verlo bien. Lo visitaré en cuanto pueda.

– Ese castillo es propiedad del Señor Carlo Justo, me temo que no podrá visitarlo. No acepta visitas.

– Pensé que era un monumento histórico del pueblo, no sabía que pertenecía a alguien. ¿Quién es él?

– Un adinerado solitario que gasta su fortuna en hacer más grande esa enorme muralla.

– ¡Qué extraño! ¿Vive sólo en ese enorme castillo?

– Desde que sus padres murieron quedó solo. Nunca se casó ni tuvo hijos. Jamás lo verás en el pueblo.

– Debe ser triste, vivir aislado en esa enorme construcción te hace sentir aún más sólo.

– Hubo una mujer, que estuvo mucho tiempo viviendo con él. La gente del pueblo pensaba que se iban a casar, pero inesperadamente, una mañana la vimos salir de aquel sitio sin marcha atrás. Al parecer, lo abandonó.

– ¡Qué triste final!

– Desde ese día, la muralla adorna su morada.

– Quizás le rompieron el corazón.

El chofer, enciende un cigarrillo y sínicamente expresa:

– Es así y como “los hombres no pueden llorar” he ahí su muralla.

El silencio se apoderó del auto. Ella no veía conexión lógica entre el argumento del chofer con la existencia de aquella muralla.

El auto se detuvo y el chofer interrumpe su nube de pensamientos indicando la llegada y el costo del servicio.

Ella paga, le agradece y baja estrepitosamente del auto.

Enseguida, alcanza ver a un niño que arranca a correr a recibirla, sin querer tropieza y se va en llanto. Se acerca ayudarlo, pero un hombre sale inesperadamente al rescate diciéndole: ¡Levántate! Sólo fue un tropezón, los hombres no lloran.

El niño, enseguida trata de borrar sobre sus mejillas las lágrimas y el hombre se retira con él caminando hacia la casa donde se alojaban.

Ella pensativa sigue con la vista el regreso del niño quien se secaba rápidamente las huellas del delito.

– Sra. Aquí está su equipaje.

– Gracias.

– De nada.

El chofer cierra la cajuela del auto y le desea una feliz estadía.

Ella interrumpe su regreso diciéndole:

– Apenas, acabó de entender lo que me intentabas de decir en el auto. Es una pena que se construyan murallas para evadir lágrimas.

El hombre ríe y le afirma diciéndole:

– Muy cierto, Sra. Las grandes murallas atesoran las estructuras más hermosas. Lamentablemente, una vez que se construyen nadie las puede ver. El chofer se retira.

Ella aún pensativa, queda inmóvil con su maleta frente aquel lujoso hotel.

Decide realizar una llamada.

– Aló.

– Hola.

– Hola.

– Perdóname.

Alguien lloró, pero no se sabe a ciencia cierta de qué lado de la conversación.

FIN