El ministerio de los corazones rotos

Corría un Febrero deshonesto, de esos que empiezan con aires vacacionales, pero que luego apestan a obligaciones y responsabilidades. Los restos de aquellos puñados de alegría que se podían reunir en los distintos rincones de las atestadas oficinas, se empezaban a trocar por mal agestadas contestaciones que daban cuenta del hastío reinante.

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Mientras todo sucedía en una demoledora rutina incesante de papeles y burocracias sin nombres ni caras, Juan atendía en su pequeño cubículo de empleado municipal los despachos para las distintas oficinas de aquella repartición pública. Dado que la Municipalidad estaba sobrepoblada de empleados de toda índole, Juan atendía el turno vespertino de la sección de Mesa de Entradas.

Como toda jornada de tarde en las municipalidades, no quedaba un alma rondando por los pasillos de aquel lugar. Era en esos momentos en los que Juan daba rienda suelta a sus sueños e imaginaciones. Dueño de un corazón roto que una única dueña supo conquistar, llevaba su penar con una timidez contagiosa. Gustoso de la lectura, completaba sus turnos siempre con algunos párrafos prestados de autores locales.

Incluso en más de una ocasión habíale dedicado algunos sonetos perdidos a un desamor que hubo de leer en forma de queja en un estado de Facebook. Luego supo también componer alguna copla desteñida para una señora que había llamado a la radio para dedicar un tema romántico a su eterno amor imposible. Y así fue que poco a poco Juan pasó de ser un mero empleado municipal, a ser un heroico rescatista y recopilador de historias anónimas.

Nunca nadie se había dedicado a salvar a esas almas penitentes que revoleaban al aire sus desamores y sus fracasos románticos. Solo quedaban flotando en un éter desconocido y archivadas en los oídos sordos de algún lector desinteresado, surcando mares de apatía. Y eso era lo que Juan entendía que más hería al corazón quebrado. La eterna indiferencia.

Pero eso ya no sucedería nunca más. Juan se había propuesto recopilar esas miles de historias penosas en cuentos con principios y finales. Ya no quedarían más relatos llorosos, huérfanos de un oído amigo. Ahora serían todos ellos protagonistas de sus propias novelas. Ya no más indolentes ignotos, de ahora en adelante serían dignos penadores reconocidos.   

Aquello que en principio se veía a todas luces como una oficina encargada de trámites burocráticos, se transformaba tarde a tarde en un organizado sistema de recepción de llantos en formas de cartas, publicaciones de estados en las redes sociales, dedicatorias de canciones en las radios e incluso ensayos desorganizados de algunos escritores amateurs en distintos blogs literarios. Se había transformado en el Ministerio de los Corazones Rotos.

Día tras día sus protagonistas, sin saberlo, formaban parte de fantásticas novelas románticas que hacían enamorar hasta los más parcos. Sus pobres historias imputadas de llantos y tristeza, daban esperanza y confortaban a otros lectores ocasionales que daban con sus cuentos prestados. Incluso de tanto en tanto alguna historia, cuando estaba muy cargada de verdaderos sentimientos, lograba encontrar su camino de regreso a sus dueños reales. Lo interesante de todo esto es que como Juan escribía bajo un pseudónimo, nunca nadie supo de su identidad.

No fue sino hasta un Martes poco convencional en que nuestro héroe de letras se cruzó con el relato de María en un triste blog literario de España. María supo ser la dueña del corazón de un poeta contemporáneo que la vida y sus menudencias le arrebataron para soltarlo nuevamente al crudo destino de la soledad. Eternos cuestionamientos y noches en vela habían dado forma a algunos cuentos desarmados que anónimamente intentaban mostrar ese dolor feo del arrepentimiento cuando es tarde y cuando es por error.

Curiosamente encontraba extrañas familiaridades en los relatos de aquella desolada viuda de letras, pero se los atribuía a la cantidad de cartas, textos y relatos que hacía suyos a diario. Unas semanas después empezó a ver como sus propias historias, creadas a partir de los relatos sueltos de María, parecían contestados por sus mismos escritos. Incluso en varios de ellos se traslucía un tinte de enojo y rabia inusitados.

Un detalle fue el detonante de aquella explosión. Una estrella -que siempre había sido su guía- se encontraba tatuada en la muñeca izquierda de aquel poeta que había roto el corazón de María. Con los ojos abiertos de la sorpresa y con el llanto a flor de piel dio lentamente la vuelta de su mano izquierda para ver el tatuaje que más sentido tenía en su cuerpo. Una estrella. No había dudas. Era ella.

¿Pero cómo había podido llegar hasta él? Nada de esto tenía sentido. Todo comenzaba a girar lentamente al tiempo que su cabeza caía pesadamente sobre el teclado.

Se despertó atormentado y todavía algo confundido. Hacía años que no sabía nada de ella. Pensaba que para esta altura y viviendo en Europa, ya estaría casada con algún tipo exitoso y llena de hijos como ella siempre quiso. Su corazón sobresaltado parecía salirse del pecho. Se metió rápidamente al blog español donde ella publicaba sus notas de desamor, pero no había ninguna forma de contacto. Rápidamente la buscó por las redes sociales de las que se habían bloqueado mutuamente, pero sin resultado aparente. Decidió hacer lo único que podía, que era escribir otra historia más y poder contactarse con ella a través de sus letras.

Fue así que esa relación platónica crecía, pero sin lograr ponerse en contacto más que por sus historias y sus relatos. Aquel corazón lleno de heridas que estaban cicatrizando se abrió nuevamente y esta vez sangraba a más no poder. Era una sensación desesperante. La única mujer a la que hubo amado alguna vez, había vuelto a su vida y no podía ni verla, ni tocarla, ni siquiera podía hablarle.

Llegó a pensar que se estaba volviendo loco. Que era una especie de romance inventado por su inconsciente. Pero todo estaba allí, era real no lo podía negar. Ya llevaba tres meses con esa historia. La desesperación se había apoderado de él.

Había pasado ya un mes desde su última respuesta. Era tiempo de tomar cartas en el asunto. Decidió enfrentar al padre de la muchacha, con quien hubo de tener una feroz pelea y quien había sido el motivo de su ulterior ruptura. Tenía que averiguar que había sido del amor de su vida.

Al llegar a aquel hogar que tantas veces supo visitar, vio a su antiguo suegro sentado al lado de la ventana con la mirada perdida en el horizonte. Golpeó firmemente la puerta y fue recibido sin mucha sorpresa, con un adusto gesto de añoranza.

_Te estaba esperando. Le soltó sin más aquel rudo hombre de setenta años.

Entre mate y mate le contó de la vida de su amada, de cómo había formado una familia en España y de su carrera como profesora de idiomas, de los nombres de sus nietos y de lo mucho que los extrañaba. De pronto sus ojos se nublaron y dejaron escapar unas gruesas lágrimas.

La enfermedad de María había sido descubierta seis meses atrás, y había pasado los últimos tres meses de su vida internada en un Hospital catalán. Al parecer lo único que la mantenía con fuerzas para seguir a flote era un blog literario que revisaba a diario y en el que se había refugiado, contestando animadamente cada uno de sus relatos. Era como si su corazón no pudiera despedirse de este mundo sin enviar unas últimas líneas.

El hombre le acercó un sobre con su nombre y rápidamente Juan pudo reconocer aquella letra. Le costaba tragar, la angustia se hacía insostenible. Se despidió con un interminable abrazo de aquel sujeto al que tanto rencor le había guardado durante gran parte de su vida.

Ese día dejó todo y se convirtió en escritor. Un burilador nato de textos de ensueño y de letras para adornar el alma. Un pintor de los cuadros de anhelos y lapidador de las esperanzas fútiles. De firme derecha para la pluma y de noble corazón para las verdades redentoras. De las noches de letras siempre fue amo y señor. Y cuando los abriles grises quisieron despedirse una vez más, debieron solicitarle el debido permiso para soltar la última lágrima detrás de algún vidrio empañado, al guardián de aquel cofre de trozos de corazones rotos y soberano restaurador de letras perdidas.

Noche a noche leía esa pequeña carta de despedida que rezaba: “Solo el amor cuando es incompleto, puede ser romántico. Nunca pude olvidarte. Carpe Diem”.