La orden de los caballeros de la pluma gentil

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Corría un Martes entristecido de esos que suelen calar hondo en el alma penosa del escritor gris. Cuatro amigos de las letras se reúnen por enésima vez para intentar salvar al mundo de una aniquilación total de la originalidad de los textos aldeanos.

La provincia no acompaña, quizás sea por la época o quizás por la montaña. Pero el público se resiste a dejar “los jilgueros del amanecer y los tristes abriles de lluvia con el vidrio empañado como el corazón”; para trasmutar a un estadío paralelo de conciencia creadora de realidades no preconizadas por espíritus mezquinos. Es decir se resistía a soltar la poesía clásica y los cuentos, para conocer nuevas formas de escritura no contaminadas por las fórmulas sacrosantas.

 

El Tesorero de la orden fue el primero en asir la palabra al tiempo que explicaba lo difícil que resultaría sacar de contextos y de costumbres al asiduo lector coterráneo. Preocupado por las arcas de la institución y con un par de best sellers en puerta por parte de sus enemigos de la Asociación Pueblerina de Poesía Prestada (A.P.P.P.), entendía que había llegado el momento de animarse a realizar un quiebre de antología o arriesgarse a perecer con sus ideales impasibles en un mar de frustraciones reiteradas, cual si fuera un limbo de letras perdidas.

 

Bartolomé[1] era ya hace tiempo el Tesorero de la Orden. De cabello negro[2] como la noche era el encargado de sostener la balanza del hambre entre los presentes. Escritor de larga data, siempre había elegido el género del terror realista para espantar a sus lectores.

 

Luego fue el Dragoneante[3] quien empeñó la palabra dada. Era en el grupo el encargado de tomar las armas, emprender las lides y tanto más frecuentemente las ludes. De temperamento arrebatado sugirió imperiosamente que era tiempo de salir de la zona de confort. Elegantemente estoico propuso enfrentar al destino a capa y espada en una lucha hasta la muerte. Credo certe ne cras[4].

 

Benedicto[5] era el escritor de cabello rojo “bermellón”[6], un sencillo pero efectivo redactor y revisor de cuentos épicos y legendarios.  Muchos de sus escritos fueron llevados con éxito moderado a las tablas provinciales e incluso lograron protagonismo en algunos cortos independientes de jóvenes fanáticos. Su tesón como miembro de la orden la había hecho sobrevivir más de una vez a las incesantes batallas a las que se enfrentaba.

 

Con la muerte anunciada en puerta, el joven Secretario decidió por primera vez tomar oficialmente la palabra. Nada tenía que ver su falta de años con la madurez requerida para tan temido cargo, el cual desempeñaba con fluidez y empeño propios de un aplomado hombre de pluma. Sugirió tímidamente y con su voz entrecortada por los nervios de toda primera vez, que para lograr la tan ansiada redención sería necesario lo que durante tanto tiempo habían postergado casi al nivel del olvido. Era tiempo de liberar al Kraken[7].

 

Constantino[8] el joven secretario era el escritor de cabellos bayos[9], reconocido por sus colegas por su fina manera de encarar el embriagante género de la tragedia. Representaba respetuosamente a la muerte en todos sus sentidos, pero dándole distintos cálices que nada tenían que ver con la desaparición física de los personajes. Eran sus escritos los que habían devuelto a la vida a lo que quedaba de la antigua orden y les estaba dando esta última oportunidad de pelear por su vida, en el sentido coloquial.

 

Por último fue Tadeo[10] el Mago de cabello blanco, quien daría el veredicto final luego de las elucubraciones, disentimientos y alegorías desencontradas en un sinfín eufórico de vertiginosos espirales. Tadeo venía de otros valles por lo que su apreciación siempre había sido tomada en cuenta con mayor sigilo al momento de escudriñar las fauces del enemigo que se disponía a colonizar de “flores marchitas y versos a la luna”, la escena local de letras y letradores.

 

Tadeo supo ser mariscal de la victoria en reiteradas oportunidades durante su juventud, lo que le había valido merecidamente el más alto escaño en la orden. Narrador límpido e impío a la hora de decorar con detalles las ondulaciones de párrafos, se presentaba como un escritor de estilo con orientación purista.

 

La reunión no duró mucho. La atmósfera era tirante y se cortaba con una pluma. Todos sabían cómo debía terminar esa historia. La propuesta de Constantino era la única posibilidad para poder salir indemnes de tamaño brete. Las miradas se hacían cada vez más profundas y las amenazas pendían como espadas de Damocles[11]. La decisión estaba tomada.

 

El Kraken era el secreto mejor guardado de la Orden de los Caballeros de la Pluma Gentil. Protegido bajo el mayor de los celos y con un sigilo cuasi imperceptible, descansaba bajo los Siete Sellos. Era un conjuro escrito en sánscrito que debía ser pronunciado en conjunto por todos los integrantes de la Orden.

 

Era sabido que los sellos debían ser abiertos en el orden preestablecido y solo por miembros de la Orden conocedores de tal secreto y buriladores de las planchas del saber. El primer sello sería el que sembraría la duda entre los presentes. El segundo sello sería el que iniciaría una guerra interna. El tercer sello traería la discordia y por último el cuarto sello sería el definitivo que devendría en devastación total. Ellos tenían la potestad y el conocimiento para poder lidiar con esos cuatro sellos, pero quedaban los tres sellos superiores que formaban el triangulo perfecto de la santísima trinidad, que solo podrían ser abiertos por los antiguos soberanos de la orden que ya no se encontraban en actividad.

 

Por supuesto que ante la premura del caso decidieron con el perdón de los ausentes, hacer caso omiso e intentar abrir los restantes sellos del Kraken. Con algo de suerte –según lo que ellos creyeron- lograron descifrar gran parte de los misterios ocultos en tales compartimientos. El secreto se había develado.

 

El Kraken era un iniciador de obras de cualquier naturaleza. Era un mapa perfecto con manual de procedimientos incluido para poder realizar cualquier obra maestra solo completando y siguiendo los pasos indicados.

 

El primer paso sería realizar un escrito en conjunto. Todos los que hubieren abierto el secreto deberían participar de manera mancomunada y dejando el interés personal de lado, para la creación de la obra única y fundamental. El segundo paso consistía en mezclar la experiencia de los años y los largos escritos con la pasión y la energía de la juventud de plumas y las ganas de crear de los más nuevos. Sería una combinación infalible. Torpes principiantes junto a maestros cansados caminando a la par y creando una obra de arte nunca antes vista.

 

El tercer requisito sería buscar un tema que involucre tanto amistad, como religión, sociedades iniciáticas, amor, traición, muerte y un final inesperado. Con todo eso en marcha no habría forma de que tales letras no llegaran a lo más alto de la historia literaria local.

 

La combinación fue perfecta, tras dos semanas de retiro literario en las afueras de la ciudad el manuscrito ya estaba listo. La obra estaba terminada y cada uno de los que la leía se enamoraba cada vez más de ella, era casi enfermizo como de a ratos cada quien quería poseerla imaginando que todo hubiese salido desde su mente.

 

Las rencillas por los detalles finales comenzaron a acrecentarse. El color de la tapa, el orden de los nombres, la editorial que utilizarían, el momento de lanzamiento, quiénes hablarían en la presentación. Al parecer cada pequeño escalón se convertía en un escollo duro de superar y que agigantaba cada vez más la grieta entre los compañeros de Letras.

 

Ante la impavidez reinante y con los ánimos de punta decidieron colegiadamente que la única solución responsable sería entregar dichos manuscritos a los antiguos comendadores, que otrora hubieren ignorado para abrir los siete sellos y que ahora habría que suplicarles que guardaran el secreto y editaran a puertas cerradas el mejor texto que la historia literaria de la escena local hubiera conocido. No se podían arriesgar a enviarlo a una editorial amiga, ni siquiera hacerla ellos mismos. Ya era demasiado tarde, nadie confiaba en nadie, los celos eran enfermizos y esa dama de letras seguía danzando con miradas para todos.

 

Los tres soberanos grandes comendadores se hicieron presentes ante el primer llamado de emergencia. Ya suponían de donde venía la mano y como viejos conocedores les dieron los concejos justos que estaban necesitando para calmarse, reconciliarse entre sí y festejar ese éxito que ya estaba en puerta. Felicitaron a los autores y descorcharon las sagradas botellas del mezcal de la victoria que habían traído para suavizar la jornada de arduo trabajo.

 

El más viejo de ellos, un valenciano callado sirvió los siete cálices e invitó a realizar un largo brindis por la prosperidad de la orden.

 

A los pocos días y ya editado estaba en todas las librería del país el que sería calificado como el mejor texto del siglo, una inspiración para aprendices y maestros. La pluma más fina accesible para todos. El éxito ya estaba asegurado. Sobre todo lo que lo hacía más misterioso es que solamente estaba firmado con un triángulo perfecto parecido a una pirámide que encerraba dentro a una pluma, sin ningún nombre aparentemente.

 

El periódico local anunciaba en primera plana el éxito rotundo del libro del siglo llamado Ropa Sucia, en tanto que en la vigésima página y en la parte inferior en un pequeño recuadro descansaba tímida una noticia de policiales en la que cuatro amigos escritores habrían cometido aparentemente un suicidio conjunto bebiendo una extraña sustancia similar al mezcal.

 

Notas:

[1] Ref. Apóstol Bartolomé o Nathaniel. Santo de las Pieles.

[2] Referencia a los Jinetes del Apocalipsis. El caballo negro que representa el hambre. Capítulo VI del Apocalipsis.

[3] Soldado distinguido que hace las veces de jefe de la tropa.

[4] Del Latín “Creo con certeza que no existe ningún mañana”.

[5] Sumo pontífice que guió a la cristiandad durante el primer conflicto bélico universal.

[6] Referencia a los Jinetes del Apocalipsis. El caballo rojo que representa la guerra. Capítulo VI del Apocalipsis.

[7] Criatura marina de la mitología escandinava que emergía en forma de calamar gigante y atacaba los barcos.

[8] Constantino Emperador Romano, restaurador de la religión cristiana. Fundador de Constantinopla.

[9] Referencia a los Jinetes del Apocalipsis. El caballo bayo que representa la muerte. Capítulo VI del Apocalipsis.

[10] Judas Tadeo era uno de los discípulos de Jesús de Nazareth, que formaba parte de los 12 Apóstoles.

[11] La espada de Damocles es una frase acuñada para ejemplificar el peligro que se instala en aquellos que ostentan gran poder, pues no sólo pueden perderlo de golpe, sino incluso pueden perder la vida.