Un domingo cualquiera

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Domingo 10:13 de la mañana. Felipe se despierta sobresaltado, se levanta rápidamente de la cama, abre la ventana y arroja con toda su fuerza el Iphone último modelo.

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El día anterior Felipe se había despabilado un poco más temprano de lo normal para un sábado. A su lado Martina todavía dormía plácidamente. La miró fijo por un instante, le dio un  beso suave para no despertarla. Agarró silenciosamente su móvil para ver un poco la temperatura y desactivar el despertador, pero el sueño residual y la falta de coordinación hicieron que el aparato aterrizara directo en su cara, por lo que decidió que sería más inteligente levantarse y preparar el desayuno.

Hizo su repaso habitual por las redes sociales. Un poco de los mismos chistes de Whatsapp en todos los grupos silenciados. Una rápida recorrida por Instagram para ver los momentos felices de la gente linda, pero en versión sepia. Más rápida fue la pasada por Facebook, que ya se estaba quedando demodé y que solo servía para alojar memes, videos spam y frases de Coehlo. Por último recayó en Twitter para hacer un relevamiento irrelevante y exagerado de las noticias más apremiantes y las opiniones de un montón de gente que no sabe de nada y opina de todo. Afortunadamente todavía no entendía bien para qué servía Snapchat, por lo que podía disponer de algunos minutos extras en su día sin perderlos en aquella plataforma social.

Sus sentidos se vieron asaltados por el aroma del café recién hecho, mientras se disponía a colocar un par de rebanadas de pan de molde en el tostador. La mezcla de esencias iba invadiendo la cocina, al tiempo que sacaba un té de canela de los preferidos de Martina y cortaba las naranjas para preparar un buen jugo. La misma decisión de todos los fines de semana era si optar por la mermelada importada de grosellas silvestres o el dulce casero de frutilla de su suegra. Como siempre se hacía una de cada una.

La manteca era el permitido del desayuno por lo que mientras su dedo pulgar surfeaba hacia abajo para leer la versión digital del diario, la manteca se deslizaba suavemente por la crocante corteza de las tostadas recién sacadas, esperando ansiosamente los dulces seleccionados.

Abrió un poco las ventanas del departamento y el olor de la incipiente lluvia se coló entre las cortinas con una suave brisa cotidiana que refrescaba el ambiente. Una fina garua se podía percibir a trasluz, al tiempo que dibujaba mil figuras en las calmas aguas de la fuente que coronaba el patio central del complejo. No pudo evitar usar la cámara lenta para retratar tal belleza matutina y compartirla instantáneamente con sus amigos y seguidores.

A los pocos minutos varias notificaciones iluminaban la pantalla del Iphone dando cuenta que no era el único en pie a esa hora. Incluso una de Martina que al parecer ya se había despertado y esperaba ansiosa el desayuno mientras hacía su remolón digital, zambullida entre almohadas y almohadones.

Era el comienzo de una caprichosa primavera, por lo que antes de que el sol partiera el día en dos, era necesaria más de una prenda para sobrellevar con comodidad la mañana tempranera. De coloridos bóxers y con su antiguo buzo de Gap, que había resistido todas las grandes raleadas de su placard, ofició de mozo y chef para sorprender a Martina con un desayuno en la cama completo. Incluso con unos jazmines recién cortados para decorar la bandeja.

Un sonoro beso y una sonrisa que ocupaba toda su cara daban cuenta de que la sorpresa había hecho efecto. Claramente ese hermoso desayuno no podía pasar desapercibido por lo que Martina rápidamente le tomó una instantánea que luego retocaría y etiquetaría para que no se le enfriara su té.

Habiendo terminado el desayuno todavía quedaba algo de tiempo para ejercitar antes de armar planes para el almuerzo, por lo que decidieron acudir a su clase de entrenamiento moderno y polifuncional. Parecían sacados de una publicidad de Nike. Entrenaron duramente para “sacarse el viernes de encima” con sus coaches y su team. Una vez finalizado el bravo ejercicio y con caras desafiantes posaron junto a los demás gladiadores mañaneros entre pesas rusas y bandas de TRX. Un derroche de Me Gustas caía entre remeras Dri Fit y gorritas al tono.

El reparador baño juntos, lleno de besos, de vapor y con un inconfundible aroma a lavanda del jabón de Martina, dejaba los deberes del fin de semana terminados y rasaban el camino de allí en adelante para el disfrute y la bacanal.

Con un sol vencedor que le había ganado la batalla a la débil lluvia matutina, partieron lookeados al tono hacia una feria de comidas cool, donde habían acordado encontrarse con amigos.  Una vez allí y como si fuese un catálogo de Ray Ban, el grupo de amigos se retrató con una selfie que daba cuenta de su presencia en aquel lugar y de las delicias que habrían de degustar. Un #Hashtag del evento y las etiquetas de los participantes inundaban nuevamente las redes a su paso llenándolas de corazoncitos.

Ya era de tarde y la tertulia sibarítica había finalizado. Regresaron a su hogar para disfrutar un poco de su casa y de ellos mismos. Decidieron aprovechar el sol que iba cayendo para tirarse en los sillones rústicos del patio hechos con pallets reciclados al igual que la mesa. Felipe decidió continuar con la lectura de “Mendoza Tiembla”, el libro de su amigo Rumbo, en tanto que Martina con los auriculares se recostaba sobre su pierna y tomaba cuidadosamente una tierna placa que retrataba tanto el momento como la decoración vintage reciclada del patio de su casa, con un bol de cerezas de fondo. Lluvia de aprobaciones digitales de cuentas de decoración, alimentación saludable así como  de amigos y seguidores.

Una siesta entrecortada y ya era tiempo de volver al ruedo. Uno de sus grandes amigos se casaba. Lustre a los zapatos, estreno de camisas, y trajes de corte italiano que hacían juego con el espectacular vestido de Martina daban rienda suelta a lo que sería una larga noche. Una autofoto en el enorme espejo del mueble del living, reflejaba el glamour pretendido con las vestimentas de gala. Nuevamente con el hashtag de #Fulanito&Fulanita se compartían y megusteaban las fotos relativas al evento.

Llegaron nuevamente a destino luego de una extenuante jornada festiva y llena de fotos. Entre la ingesta de alcohol y el día completo de planes, los dos cayeron planchados en su cama, no sin antes dar el último vistazo a sus perfiles, las instantáneas en las que ya habían sido etiquetados y una rápida pasada a lo que había sucedido durante su ausencia.

Ya dispuesto para dormir, Felipe siempre se tomaba unos minutos para reflexionar sobre su día y sobre su existencia. Miró a su alrededor esos libros que todavía tenía pendientes de terminar, en el patio se veían las dos bicicletas fixie que había hecho restaurar, con una capa de tierra por la falta de uso. Miró la pequeña moto Vespa a la que le estaba debiendo unos cuantos kilómetros de paseo, desvió su mirada al rincón del cuarto donde la guitarra electro-acústica se había convertido en un adorno, más que un instrumento musical.

Abrió el cajón de la mesa de luz para guardar el teléfono ya silenciado y cargándose y pudo ver de refilón ese cuadernito espiral y la pluma que le había regalado su tía cuando se recibió. Ese cuaderno era el borrador del libro que había comenzado a escribir hace un largo tiempo y que había prometido terminar antes de fin de año. Revisó la fecha de la última entrada de la cual ya habían pasado cuatro meses.

Dio media vuelta para darle el último beso de buenas noches a Martina, pero ella ya se había dormido esperándolo que terminara de “operar” con su telefonito. Angustiado frunció el ceño para no pucherear, le dedicó una última mirada de odio a su móvil que no paraba de iluminarse con cada interacción social y se durmió al romper el alba con los dientes apretados y el alma estrujada.