¿Y si un día los hombres quisieran parecerse a las mujeres?

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por Lorena Inzirillo

Jamás hubieran imaginado, aquellas vanguardistas que comenzaron la lucha por ese ideario de igualdad en derechos y beneficios, que el movimiento que crearon se desvirtuara en tantas modalidades tan diversas, algunas conflictivas, otras absurdas y hasta hostiles; convirtiéndose, con el correr del siglo, en uno de los asuntos sociales más controversiales y polémicos.

Yo me declaro feminista defendiendo la igualdad en cuanto considero que donde una persona, sea hombre o mujer, tiene derecho a algo, entonces todas las demás también lo tienen, y repudio todo dominio social de un género sobre el otro. Además valoro esas características femeninas de la mujer y esas masculinas del hombre, que nos ha regalado la naturaleza y no las impuestas por la sociedad.

Es sabido que a lo largo de los años la mujer ha ido librando batallas por la equidad y avanzando hacia lo político y social. Pero a medida que fue ganando terrenos ha ido perdiendo otros, a causa, por un lado, de renegar de su esencia femenina por querer parecerse al hombre, y un gran resentimiento hacia ellos por el otro.

Hay mujeres que han llevado el concepto de igualdad a un punto tan extremo que intentan igualarse al hombre imitándolo. Y yo me pregunto: ¿Es tan bueno lo que hace el hombre, por más que lo avale la sociedad, como para querer imitarlo? Este empeño inútil y desgastante en igualarse al hombre a costa de nuestra esencia, está arrojando como resultado una mujer cada vez menos femenina, porque confunde la feminidad con sumisión y debilidad. Y acá creo que está el origen de que la mujer femenina se haya convertido en una minoría exigua.

Es penoso que la imagen de la mujer, la belleza de nuestra condición, esas cualidades gentiles y únicas, la elegancia, delicadeza, sus modales suaves,… se haya ido rindiendo a un nuevo estilo que bordea lo masculino. Me pregunto si esta evolución social de la mujer no ha alcanzado un punto por demás absurdo. O, ¿dónde termina la liberación sexual femenina y comienza lo vulgar, esa vulgaridad corrosiva que nos humilla y empobrece, nos denigra, nos limita y vulnera a nosotras mismas?

Si defendemos el feminismo, defendamos entonces lo femenino y la feminidad, fíjense que es una familia de palabras que van de la mano y un concepto no es sin el otro. Y para esto hay que dejar de imitar al hombre siendo cada vez más mujer.

Pero hay otro tema mucho más complejo y sensible, por el que vale la pena luchar, y es el del resentimiento instalado en muchas mujeres, provocador de una eterna competencia y enfrentamiento con los hombres. Esto se puede comprender porque antes de los resentimientos ha habido un maltrato. Y acá debo decir que me solidarizo con todas y cada una de las mujeres que viven o han vivido experiencias violentas, con las que padecen abusos o los han padecido de niñas, porque al cerrar los ojos puedo imaginar el tormento. A ellas me uno fraternalmente y como mujer que no está exenta, en los reclamos de justicia y respeto que engloba el #Ni una menos.

Sabemos que nada bueno surge del resentimiento, por el contrario, es generador de odio y enfrenamientos y hay que sanarlo porque las mujeres nos merecemos vivir en plenitud. Los resentimientos nos debilitan, y la debilidad es nuestra peor enemiga. Mientras más compitamos con el hombre y más lo imitemos, más energías gastamos y más débiles nos volvemos.

Pero lo difícil es reconocer que es a causa del resentimiento que se ha caído en desconciertos terribles, como confundir caballerosidad con acoso, cuando en realidad no es más que amabilidad y respeto. Aquel que es caballero, lo es con todas las mujeres, no sólo con las que le despiertan cierta atracción sexual. Admito que están los que actúan de ese modo porque pretenden ciertos favores de las mujeres, pero no me estoy refiriendo a ellos.

Es a causa de habernos sentido desvalorizadas y discriminadas que se nos ha virado el sentido común y hemos caído en cosas tan absurdas que rozan lo irrisorio, como ensañarnos con nuestro lenguaje y pretender cambiarlo por ejemplo, gastando una vez más nuestras energías en un lenguaje no sexista con usos tan ajenos como dificultosos para emplearlo, como cambiar la “o” por la “@” y que ésta se pronuncie “e”. Imagínense a una maestra frente a un aula diciendo “niños y niñas”, o peor aún “¡niñes!”; además de ser agotador y ridículo, se perdería la practicidad del lenguaje genérico y efectivo. Demos gracias de que los hombres no han pretendido volverse moralistas y hacer lo mismo con las palabras que terminan en “a” y que incluyen a ambos sexos. No deberíamos detenernos en este sinsentido que nos convierte en un hazme reír. Si nos preocupa el lenguaje, entonces deberíamos centrarnos en intentar erradicar el léxico machista, ese que denigra a la mujer, como cuando nos llaman “puta”, contra esta cultura patriarcal sí que vale la pena luchar.

Luchemos por una sociedad más sana y justa, por el respeto mutuo, por un mundo menos agresivo, para que nadie nos moleste en las calles, pero no contra nosotras mismas, no reneguemos de nuestra condición. Lograríamos mucho más usando nuestro inmenso poder de ser mujer.

Menos mal que todavía a los hombres no se les ha ocurrido igualarse a las mujeres, aunque pensándolo bien, si el número de feministas que quieren parecerse a los hombres va en un terrorífico aumento, sería la única solución que vislumbro para mitigar la hostilidad de este mundo… una pena para las que nos sentimos eternamente atraídas por esa cosa linda que tiene lo masculino.