Tras sus pasos

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Sentado frente a la computadora, Manuel esperaba que una idea salvadora viniera a auxiliar su falta de inspiración. Ya había probado con distintos alicientes y nada parecía traer de vuelta ese golpe de energía que hace brotar por sí solas a las letras de a cientos.

Revisó nuevamente su escritorio tanteando para encontrar su viejo atado de cigarros y hacerse el enésimo café de la jornada. Nada, un papel arrugado daba cuenta de que el tabaco como la inspiración, se habían acabado. Fue hacia la cocina en busca de algo para masticar, pero solo encontró cosas saludables que a nadie le sirven.

No era hora para un trago todavía, pero ya no quería seguir tomando café. Quizás un paseo reavivaría la llama para poder empezar con esas líneas que lo tenían a maltraer. Buscó rápidamente una chaqueta de verano y se dispuso a darle un poco de vida a esas suelas que ya casi ni se gastaban estando enclaustradas debajo del escritorio de aquel departamento recoleto que otrora moraran sus abuelos maternos.

Al salir lo saludó a don Valerio, el viejo portero del edificio al que conocía de toda la vida. Manuel prácticamente se había criado de chico allí, ya que su madre lo dejaba al cuidado de sus abuelos cuando se iba a trabajar, por lo que compartía todas sus mañanas con ellos. Todavía recordaba las travesuras que hacía en el zaguán y los interminables cuentos de su abuela sobre el  Mono Relojero, sentados en la escalera de entrada de aquel lugar.

Bajó por Constitución hasta llegar al Parque Lezama. Un suspiro y una sonrisa le trajeron a la memoria las charlas con su abuelo en aquel bar del culto, el Bar Británico un café notable que había recuperado sus letras luego de la guerra de las Malvinas, allí pasaban largas tardes filosofando sobre la vida y la sabiduría. Apuró una rápida ginebra y saludó afectuosamente a Chicho antes de irse.

Mientras salía del café no pudo dejar de pensar en sus épocas de niño y en las aventuras junto a sus abuelos en la casa de fin de semana del Tigre donde ansioso esperaba a que llegara la noche para escuchar las mágicas historias a la luz de los viejos faroles de bencina a la vera del arroyo La Horca. Decidió que si iba a tener un atisbo de inspiración, claramente vendría de manos de aquellos recuerdos.

Buscó entre sus antiguas pertenencias para ver donde habían quedado las llaves de la pequeña casita del Tigre. Iría a pasar un fin de semana allá, para ver como estaba todo y de paso cambiar de aire para refrescar sus ideas.

Se tomó el tren de la costa hasta la estación de Tigre donde abordó una pequeña lancha taxi para dirigirse a destino. Era viernes por lo que todavía no había mucho tráfico marítimo en el río. Al llegar, se encontró con un panorama desalentador. Los pastos crecidos en exceso daban aspecto de jungla, al tiempo que las telarañas daban cuenta que hacía ya un tiempo que nadie aparecía por aquellos lados. Ya iba a hacer un año del fallecimiento de su abuelo y desde entonces nadie había querido ir hacia su refugio preferido.

Juntó unas pocas boletas de la puerta y comenzó a limpiar someramente para volver habitable el espacio que se disponía a usar. Bajó el bote que se encontraba colgado y decidió remar hacia “El Recreo” en busca de algunos víveres. Mientras remaba suavemente río arriba, las anécdotas parecían llover de a miles.

Los aromas lo transportaban años atrás y los recuerdos permanecían frescos como el primer día. Largos veraneos había pasado de chico allá, conocía la isla prácticamente de memoria. El reencontrarse después de tanto tiempo con sus antepasados, lo tenía a Manuel con cierta nostalgia.

Comenzó a revolver los cajones del antiguo escritorio de su abuelo. Encontró sus pipas y su tabaco todavía fresco. Intentó un par de veces prender una de ellas, sin éxito aparente. Siguió revolviendo y encontró la pistola Luger Parabellum con la que se había quitado la vida un año atrás en aquel mismo lugar. Ensayó una mímica de lo que hubiese sido quitarse la vida con ese arma, como si tal representación lograra acercarlo un poco más a su abuelo.

Su abuelo Vicente supo quitarse la vida poco tiempo después del fallecimiento de su esposa, con la que había compartido más de 50 años. Dejó una seca nota de despedida escrita a máquina explicando sus motivos y contando que ya su vida sin su mujer no tendría sentido alguno. Inmigrante de Prusia llegó al país a fines de la década del 40, dedicando su vida a la ingeniería química, trabajando para empresas extranjeras.

En la casa vecina todavía vivía el viejo Hans un viejo borrachín forzudo como un oso y parco como la noche. Gran amigo de toda la vida de su abuelo, compañeros de buque en el que llegaron al país, se hicieron inseparables compinches y construyeron sus refugios de fin de semana como dos casas gemelas. Decidió llevar la ginebra que había comprado en el Recreo y sorprenderlo con su visita. El buen Hans nunca despreciaba una oportunidad para beber.

De buen agrado el vecino lo recibió con un fuerte abrazo y rápidamente lo invito a comer a su hogar. Descolgó uno de sus famosos jamones de ciervo del ahumadero que tenía en el techo, al tiempo que preparaba dos grandes tazones de café con leche y unas enormes tostadas con manteca para recibir ese famoso jamón.

Charlaron largo y tendido toda la tarde en el living de Hans y recordaron viejas andanzas con su abuelo Vicente. Repasaron libros de la biblioteca y recuerdos que habían traído de su Europa natal. Incluso Hans tenía una pistola Luger Parabellum idéntica a la de su abuelo. Cada uno de ellos las había hecho grabar con las iniciales de los nombres de sus hijos. Las de su abuelo con una V. y una C. por Virginia y Concepción, y la de Hans con una A. y una H. por Adolf y el pequeño Hans. Le preguntó por ella, pero la respuesta fue cortante. La había tenido que vender por problemas económicos. La charla se desacompasó un poco con el momento incómodo, pero igualmente arreglaron para cenar juntos esa misma noche en la casa de Vicente.

Nuevamente al regresar a la casa, Manuel continuó ordenando y archivando las pertenencias que quedaban. Encontró la antigua máquina de escribir Remington de su abuela, la misma con la que hubo de escribir su abuelo la carta final. Curiosamente su abuelo no era de escribir mucho en aquel aparato del infierno como le solía decir él. Siempre fue un enamorado de las cartas de puño y letra, incluso les mandaba a sus amigos y familiares misivas especiales para las festividades.

Decidió distraer su mente de ese macabro recuerdo y buscar algunas cajas para guardar las cosas de valor y regalar lo que no se usara. Hurgueteó dentro del placard de aquel cuarto e incluso debajo del sillón a ver si encontraba algún contenedor. Al sacar la mano rozó algo extraño en el piso. Corrió el sillón para ver mejor y dió con un extraño pestillo levantado sobre el entablonado, tiro de él y con un ruido seco una de las tablas saltó dejando al descubierto algunos viejos documentos.

Los retiró rápidamente y trató de descifrarlos, eran fórmulas inentendibles y palabras en otro idioma. Pudo reconocer algunas palabras en alemán y algunos símbolos químicos extraños como los que se ven en las películas. Varias cartas, todas ellas en alemán, incluso una dirigida a sus hijas de su puño y letra. Lamentó no haber estudiado el idioma en aquel momento. Leyó el nombre de su madre y de su tía en el sobre y la palabra Gefahr en rojo. Luego la buscaría en el diccionario, ya que ni siquiera la podía buscar en internet porque su teléfono no tenía señal allá.

Recordó que todavía tenían el viejo teléfono a disco, por lo que decidió llamar a su madre para preguntarle sobre dicha carta y los documentos tan bien guardados, casi escondidos. En la casa contestó su padre, al parecer su madre estaba en un cumpleaños y llegaría más tarde. Le comentó sobre lo que había encontrado, pero su padre, al igual que él, no hablaba una sola palabra de alemán. También le comentó sobre la pistola del abuelo que había encontrado y sobre si podía conservarla.

Extrañado su padre le contó que ellos tenían la pistola de su abuelo dado que la policía se las había devuelto una vez finalizada la investigación sobre la muerte voluntaria de Vicente. Se le heló la sangre. Cuando estaba por preguntarle si estaba seguro de tal afirmación, la comunicación se cortó. Intentó volver a marcar pero el teléfono estaba muerto, no tenía tono.

Miró por la ventana y se acercaba rápidamente a la puerta su vecino Hans unos minutos antes de la hora pactada.

Mientras colgaba el teléfono rabiosamente, buscó nuevamente en el cajón hasta que dio con la pistola. La escrutó minuciosamente y su respiración casi se corta, mientras escuchó como la puerta de entrada se abría lentamente.

Se leía claramente A. H.