El último café

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Corría un abril arrepentido, de esos que calan hondo en la memoria del guapo capeador. Ya habían pasado 19 días de aquella complicada traición y ese tiempo lo tenía a Alberto más reflexivo que melancólico.

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Su pasado de malandra allá por los valles del Uco lo había expulsado hacia la gran ciudad donde hubo de emprender el noble oficio de cafetero. Caminador y charlatán no tardó en hacerse un buen nombre entre los garitos locales del centro provinciano. De orgullo poblano, lengua portuaria y perseverancia minera, Alberto Ristretto era un referente local del sano hábito del feca al paso.

En el Este lo esperaba todavía Marta, novia eterna y matrona de faldas llevar, junto al pequeño Julio, su primogénito que curiosamente había nacido en Agosto. Se le podía tildar de muchas fechorías al peculiar Alberto, pero nunca se pudo decir que no era un procreador proveedor. Religiosamente una vez al mes enviaba unas remesas de las monedas que juntaba, en remises truchos que viajaban a sus antiguos pagos.

Alberto era un compadrón de los de antes, bueno para las riñas, la caña fuerte y las historias ajenas.Respetuoso como un peón, trabajador incansable como una torre, pero con mente de alfil, siempre veía cada día de su vida como una nueva oportunidad de progresar.

Pasaban los meses y Alberto ya se había hecho habitué de una de las esquinas más codiciadas del centro de la provincia. Bancarios madrugadores confluían al romper el alba con los últimos borrachines de plaza y algunas trabajadoras de la calle con el rimmel corrido. Se creaba un momento mágico en el que una buena jornada de jolgorio se cerraba con el aroma a cardamomo del café, el mismo que apuraba el laburante oficinista para despertar las neuronas antes de ingresar a la demoledora rutina.

Y así fue que con sus primeras tres décadas y media conoció a un gestor devenido en politiquete de poca monta, al que le fiaba los cafés de los lunes porque no cobraba hasta entrada la semana. La vida quiso que ese buen hombre terminara ocupando un cargo político de esos que se reparten para equilibrar favores dudosos y su primera medida fue llevárselo a Alberto para la función pública.

La calle lloraba por las acequias de ese miércoles ruin en que Alberto la abandonó por el confort y la aburguesada idea de seguridad. Ese día Luna y Sergio (Sheila de noche) se encontraron en la esquina con el Tano, un bancario viejo de temprano levantar y Martín, un fotógrafo local que gustaba de las tomas matutinas en las que el centro todavía era propiedad de la jornada anterior. Caminaron una larga cuadra hasta el siguiente puesto y brindaron con un cortado humeante por la prosperidad su cafetero de culto.

La vida en el Ministerio no tardó en volverse un automatismo peligroso para el mañoso trifulcador esteño. Su rutina habitual le recordaba a su antigua querencia y de tanto en tanto le hacía piantar un lagrimón aislado en la pequeña cocina de un piso alto de aquella dependencia. Las suelas ya no se gastaban con anécdotas, ahora resbalaban en cera brillante, mientras los cafés sin historias volvían en tasas sordas con el fondito sin terminar, bien del feca que viene de arriba.

Los días corrían cansinos mientras edulcoraba su ritual, engañando a la vida y haciéndole creer a sus antiguas anécdotas, que ese nuevo estilo de vida lo saboreaba al igual que el azúcar. Estaba sentado en su cama en la pensión en la que vivía a la vuelta de la terminal de ómnibus. Un gazapón de antaño a donde hubo morado otrora su abuelo Pepe, el más bravo de los Ristretto, al que la abuela lo había echado a palazos, dejándole nada más que el alazán que lo sabía llevar después de las curdas. La decisión estaba tomada. Era momento de decir basta.

Sin mucho meditarlo apuró el paso hasta el Ministerio para comunicar su decisión de partir. Ya eran las 19 horas y solo quedaba un mínimo de personal de guardia. Entró como siempre sin golpear a la oficina privada, cuando de repente vio lo que no debía. Uno de los principales asesores felizmente casado con la contadora del área de Compras, se encontraba sobre la mesa de conferencias, trenzado con su secretaria, conocida por ser una de las tantas minas del Vicegobernador.

De repente su posición de negociación había cambiado por completo. Guardó su nota de renuncia y esperó que el asesor se terminara de vestir para comenzar una larga charla sobre su futuro dentro del Estado. Alberto en los años que llevaba en el Gobierno ya sabía de clases, adicionales al salario, así como de cargos fuera de nivel. Un carguito de esos en cualquier otro Ministerio y se salvaría para el resto del viaje.

La conversación fue rápida dado que entre la vergüenza y la experiencia del asesor no había mucho más para platicar. Una breve negociación y ambos acordaron el nuevo destino de Alberto, volvería a sus antiguos pagos del Valle de Uco con un cargo de Director. Su sonrisa era indisimulable. El Asesor le ofreció una elegante pluma MontBlanc para que firmara allí mismo su solicitud de traslado.

Para cerrar la reunión el Asesor le pidió a Alberto un último café. Gustoso y presuroso Ristretto fue a la cocina para prepararle un buen cortado de máquina bien espumoso, casi como si fuera de barista italiano. Estaba con la mente puesta en sus antiguos terruños y en lo que haría cuando llegara allí con su nuevo cargo. El ensordecedor sonido de la máquina lo trajo de vuelta a la realidad. Presuroso tomó la taza y se dirigió por el desolado pasillo hasta la oficina principal. Ya no quedaba nadie más que él, el Asesor y quizás la humillada secretaria.

Al entrar al despacho notó que la puerta del privado del Asesor se encontraba cerrada, tocó un par de veces y no tuvo respuesta. Decidió entrar igualmente.

La taza cayó estruendosamente contra el piso estallando en mil pedazos. Alberto se mantenía inmóvil ante la escena escalofriante que estaba contemplando. La pluma MontBlanc que hace instantes había utilizado para firmar su pedido, se encontraba enterrada en el cuello de la bella secretaria, cuyo cuerpo sin vida yacía en un charco de sangre en el medio del despacho.

Todo se volvió borroso, la sangre y el café se mezclaban en el piso. Alberto quitó desesperadamente la pluma del cuello de la muchacha, al tiempo que un chorro de sangre fresca lo salpicó por completo. Sin saber bien cómo reaccionar, salió corriendo en busca de ayuda.

En ese preciso instante un policía que había recibido un llamado anónimo, tacleaba al desafortunado Alberto cubierto de sangre y con la pluma todavía en la mano.

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La prisión no es lugar para pichones. Alberto Ristretto claramente no era uno.