El Puerto de los Tiempos

valparaiso

El sonido de un corazón cuando se rompe es tan particular, que solo aquellos que lo han sufrido pueden reconocerlo.

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Ya habían pasado tres días en que Marcos no salía de su cuarto. La ruptura con Marina lo había desestabilizado más de lo que hubiese podido reconocer. Con su vida encaminada hacia el matrimonio y con toda su existencia ligada tanto a Marina como a su familia, despegarse de la relación no iba a ser tan fácil como parecía.

Cuando Marcos se recibió empezó a trabajar en la empresa del padre de Marina y a ella la conoció casualmente por su hermano, quien era uno de sus compañeros del equipo de rugby. Por lo que su nombre y su rostro se le seguían apareciendo en todas partes.

Había tenido que cargar con sus cosas y partir nuevamente a casa de sus padres, dado que el departamento que compartían también era de propiedad de la familia de ella. Todos en su casa adoraban a Marina, en especial su madre que la había adoptado como a la hija que nunca tuvo, por lo que a cada instante le cuestionaban sobre la decisión de la ruptura y le insistían con una pronta reconciliación, aunque no sabían que había sido ella quien lo había dejado.

La vida en la Provincia se le estaba haciendo muy cuesta arriba. No solo encontrar un nuevo trabajo, sino salir a buscar un nuevo departamento, al tiempo que evitaba a una parte de sus amigos e intentaba recuperar a los que había perdido en esos 5 años de noviazgo absorbente que había tenido con Marina y en lo que había renunciado a muchos de ellos.

El llamado de su tío Jaime que vivía en Chile lo sorprendió gratamente, más aun cuando le ofreció quedarse unos meses cuidando su departamento en Valparaíso, porque él viajaría a Europa por negocios.

La propuesta era redonda por donde se la mirara. Marcos no tenía trabajo, ni hogar, ni nada que realmente lo atara a su ciudad natal, por lo que un tiempo alejado y con aires de mar le vendrían bien para despejar la mente y enderezar las ideas. Sin mucho pensarlo armó unos bolsos y esa misma noche estaba partiendo rumbo a la terminal de Valparaíso.

Ni bien llegó a destino el solo hecho de estar en otro país y con otra geografía le cambió el semblante sombrío que lo acompañaba. Una tenue esperanza gris se vislumbraba en el horizonte.

Era un Abril frío y lluvioso de esos ideales para sentarse a contemplar el paisaje y leer buenos libros. Si bien esa era una parte del plan, rápidamente Marcos se hizo un habitué de las largas caminatas reflexivas por el puerto en los que la soledad suele ser la mejor compañía.

Una y mil veces se encontraba a sí mismo derramando las lágrimas que no había podido soltar en su momento, pero que al fin y al cabo debían salir. Curiosamente esas lágrimas sinceras tienden a tener un efecto curandero y reparador en el alma del valiente callador de penas.

En una de sus habituales caminatas conoció a un personaje del que prontamente se hizo amigo entrañable. La gente del lugar lo conocía como El Observadicto.

Martín era un argentino exiliado en Chile que había dejado su vida allá para dedicarse de lleno a la fotografía artística. Y claramente no hay mejor lugar para eso que Valparaíso. Los días pasaban y sus caminatas se convertían en rituales al tiempo que Tincho le enseñaba las mañas y secretos para lograr capturar el momento perfecto en una instantánea.

Juntos recorrían los cafetines literarios de la zona donde ensayaban manuscritos apócrifos dedicados a la amistad y al destino. De a poco el hombre parecía empezar a reconstruirse.

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El corazón roto sana eventualmente, pero no hay como el dolor para enseñarnos ese valioso aprendizaje para madurar y saber perdonar.

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Era una tarde de martes como cualquiera y Marcos se disponía a armar un cigarrillo para acompañar el rato. Había dejado el café intacto, tal como lo había pedido puesto que cuando se le vino a la mente que ese día era el cumpleaños de Marina, decidió que necesitaba algo más fuerte. Recordó el consejo sabio de un viejo amigo, quien siempre sostenía que solo la ginebra podía acompañar el mal de amores y pidió una medida doble para ahogar el recuerdo.

Luego de finalizado el lúgubre momento de autoflagelo  decidió que era tiempo de algo más esperanzador, cruzó la calle dispuesto a conocer una pequeña librería que vendía solo libros usados, que se encontraba a un par de cuadras.

La pequeña librería de culto se llamaba Crisis, nunca un nombre mejor puesto para ese momento. El ambiente tenía cierta mística que solo tienen las librerías de libros usados, porque allí cada ejemplar tiene su propia historia a cuestas y viene acompañado de sentimientos. Cada libro está cargado de emociones de su anterior propietario y a veces cuando pasan mucho tiempo al lado de otros libros usados se contagian de algunas historias y crean juntos una mejor.

En el momento en el que estaba por tomar un ejemplar del Monte Análogo de René Daumal, una suave mano hizo contacto con la suya. Levantó rápidamente la mirada y vio que del otro lado del mesón una pequeña rubiecita con cara de intelectual y lentes de marco grueso estaba sosteniendo el otro extremo del mismo libro.

Con una sonrisa tontarrona se disculparon y ambos se ofrecieron a entregar el libro al otro. Pero luego de una serie de insistencias de parte de los dos, decidieron que lo comprarían a medias y que lo compartirían una vez que el otro lo hubiese terminado. Cruzaron sus números de contacto y cada uno partió sonriente por su lado. Astutamente él le había dado la posibilidad que fuera ella quien se llevara primero el libro con la condición de llamarlo cuando lo terminara para poder entregárselo. Una estrategia bien lograda.

Hay quienes sostienen que a veces son los libros los que recomiendan personas, Marcos por su parte sostenía que los libros lo buscan a uno, y este parecía ser un claro ejemplo de lo que estaba sucediendo con Flor, la dueña de esa sonrisa inquietante. Y ambos bien sabían que en el fondo ellos también eran un par de libros usados.

Las olas pegaban violentamente contra el paredón del puerto. Una fuerte tormenta se avecinaba y los trabajadores portuarios se apresuraban para descargar los barcos, mientras la vida seguía mágicamente sin que a nadie pareciera importarle su presencia en aquel paraje.

Con el tiempo Marcos había aprendido a disfrutar la posibilidad de ser invisible en aquel extremo del mundo en el que nadie lo conocía y que a su vez le permitía el encuentro con otras almas perdidas, tal como la suya. Ese había sido el caso de su nuevo mejor amigo Martín el fotógrafo y ahora también Flor, la chica de la librería que había logrado que su corazón quisiera salir de nuevo a jugar.

Adaptar su vida a Valparaíso no le había costado mucho trabajo. Incluso la armónica que alguna vez aprendió de joven a tocar, se había convertido en su nueva compañera y sin quererlo había terminado formando parte de un grupete de amigos que tocaban entre semana en los bares del centro.

Como todo en la vida había llegado el momento de decidir. Esos pueblos mágicos de ensueño tienen un tiempo para ser vividos, pasada la maravillosa experiencia uno tiene que tomar la decisión de continuar con la aventura o agradecer al mar y volver a la vida que uno tenía.

El puerto marcaba la hora de regresar, puesto que no se puede vivir eternamente en un sueño, a veces es necesario despertar. Eventualmente o uno se pone detrás de la barra  y deja de ser cliente para ponerse a atender, o se buscan nuevos destinos.

Pero ¿quién dijo que despertar de un sueño o volver a la vida “real” es lo que todos anhelan? Apuró raudamente el cortado con un sorbo rápido y decidió llamar a su tío para comunicarle que se quedaría en Valparaíso. Su adorado tío que contaba con más noches que la luna ya lo sospechaba y le había conseguido un trabajo temporal para empezar su nueva vida. Ya estaba todo listo y en marcha, incluso se encontraría al otro día con Flor para intercambiar el libro y almorzar juntos en el Cerro Alegre, otra linda coincidencia nomencladora, como el día en que se conocieron en la librería Crisis.

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La cicatrización de las heridas, es el tiempo que nos da la vida para hacerle entender al corazón que la razón no siempre tiene razón.

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Sonó un mensaje en el teléfono de Marcos, era Marina…