Escribidores

pluma

De vez en vez, una idea socarrona se cuela en el inconsciente del amante de las letras y le hace creer por momentos que puede llegar a ser pulida de manera tal que algún libro quiera tenerla como suya. Son momentos mágicos en los que el escriba de a ratos siente que puede soñar con dar vida a través de las letras.

Son esos instantes de ensueño en los que unos tecleos torpes y desafinados suenan como una orquesta sinfónica. La L en manuscrito con su doble rulo anima al entusiasta a querer seguir dibujando trazos que se conviertan en poemas. Es ese relámpago antes de la tormenta que nos dice que podemos escribir sobre la lluvia.

Son esos lugares que nos trasladamos cuando el corazón se rompe y se nos otorga una licencia criminal para describir esos sentimientos. Es creer que Abril y Septiembre son meses mágicos y que el otoño es particular para el amor. Que las hojas cuando caen tienen otro sabor para el que sufre y que los vidrios empañados acompañan al dolor del llanto sordo.

Son esas sensaciones de que los bares de culto y los cantineros viejos son siempre mejores escenarios que plazas y restaurantes para el chamullo aventurado del sinsabor abandonado. Que el tango dignifica el dolor y que las plumas pueden detener la salida del sol, para que las noches sean eternas entre faldas de nereidas matriarcales que más que meretrices muchas veces son enfermeras.

Son esos pensamientos que aseveran que el cigarro es saludable para paliar la soledad y que el whisky barato le hace honor al desamor. Es saberse dueño de los sonetos prestados por los colegas que supieron hacer de sus garabatos ordenados una profesión loable. Es creer que los tres puntos suspensivos justifican cualquier duda…

Son esos tropiezos que uno da cada vez que es publicado, con cada comentario que no fue y con cada ilusión que no será.Con cada lectura que no llegó a su debido destinatario y cada intención que quedó trunca y sin poder explicar.Porque el que dice que escribe para sí mismo, miente con la mayor de las vanidades.

Es el café amargo que se amarga más con la nostalgia, la cual además de ser un recurso facilista, también es una patada al pecho del “escribidor” cuando recuerda esa nota o ese libro que llegó a buen puerto y que fue reconocido como tal. Esos pequeños grandes éxitos que uno añora con más entusiasmo que cariño en lo más profundo de sus entrañas.

Es ese preciso instante en el que uno tiene que despedirse del manuscrito porque es tiempo de volver a las labores cotidianas. Es tiempo de volver a ser un ser humano más. Es tiempo de dejar las letras para otro momento y ponerse a trabajar.

Por eso de tanto en tanto, cuando un comentario sincero y desinteresado cae como una gota de agua en el desierto, se siente como un bálsamo para las manos del escritor amateur que de vez en vez suelta por momentos la pala, para empuñar -con más esperanza que experiencia y con más ilusión que sapiencia- esa pluma torpe pero con resilencia.