Triple crimen en Mendoza: ¿por qué se producen y qué podemos hacerlo para evitarlos?

“Ni reir ni llorar, sino comprender” Baruch Spinoza

El problema de la política es que el pueblo habla en abstracto y pide medidas concretas. Las personas quieren seguridad, salud, educación, todo junto y en cualquier orden,  pero no sabe cómo conseguirlo; solo quiere tenerlo. No sé lo que quiero, pero lo quiero ya” sintetizarían los Sex Pistols.

Las manifestaciones se crean por un problema en concreto aunque pocas veces se puede materializar en una medida factible y de corto plazo. El problema es que los grandes temas tienen su origen en factores multicaules, tienen que ver con casi todos los temas de la sociedad: la educación, la urbanización, la presión fiscal, el modelo económico. Todos esos cambios, además, llevan tiempo para crear un cambio en la sociedad.

Los políticos reaccionan ante las marchas tomando medidas inmediatas y visibles para la población en general en un intento de sosegar la demanda popular y no ver disminuidos sus votos en las siguientes elecciones. Pero esas medidas son ornamentales, sólo sirven para ser exhibidas detrás de un vidrio. Incluso esas medidas apresuradas son casi siempre contraproducentes para la sociedad.

Ejemplo: si el pueblo exigiera seguridad e hiciera grandes movilizaciones para pedir un cambio en dicho tema, lo único que lograría sería una solución momentánea; seguramente tendríamos sólo más policía en la calle al cabo de unos pocos meses. Pero al ser una medida implementada para el visto de la sociedad, van a dejar la implementación de la medida en segundo lugar. Los policías estarían mal equipados, mal pagos y estarían destinado a ocupar zonas marginales de las urbes donde la corrupción policial es moneda corriente, con lo cual solo aumentarían los intermediarios entre los delincuentes y las autoridades gobernantes. Así al cabo de algunos meses habría que volver a salir a la calle.

Otros de los problemas de legislar en base a las demandas populares es que los funcionarios nunca crean leyes en función de un estudio sistemático del problema y su equivalente solución, sino que se redactan las leyes en base al buen o mal visto social teniendo en cuenta sólo los ojos del lector común y corriente. Esas leyes son fácilmente distinguibles comparada con las normas bien escritas; cualquiera las puede leer y reírse un rato si conoce aunque sea un poco de la jerga jurídica.

Esas normas están redactadas como si fueran poesía, llenas de floripondios y palabras usadas en las marchas. Abundan términos como igualdad, belleza o fraternidad, freses hermosas pero carentes de significado técnico y de imposible implementación en la realidad. Parecen que le sacaron la rima a una canción de Silvio Rodríguez y la pegaron a la ley.

El resultado de estas reacciones es espantoso para la sociedad pues por más bellas palabras usadas en las normas lo cierto es que esa misma ley va a tener que ser interpretada por un juez a la hora de emitir un fallo.

Sobre todos en sociedades como la nuestra que están basas en el derecho romano el problema de redactar normas en función de sosegar a la sociedad es que al crear una ley ambigua la misma va a dar múltiples interpretaciones y cada juez va a decidir la pena que quiere para el mismo delito. Acto seguido, vamos a tener a varias personas recibiendo condenas distintas por un mismo acto, lo cual sólo va multiplicar el delito hasta el infinito.

En Argentina el problema está por partida doble pues hay dos posturas contrapuestas creciendo conjuntamente en nuestro derecho y ninguna de las dos le hace bien a la sociedad: primero, el feminismo aboga por la suba exponencial de las penas en delitos que atenten en cuestiones de género; segundo, contrapuesta con la primera, el garantismo, que estimula bajar todas las penas de los delitos por considerar la prisión como inhumana y al delincuente solo como un producto de la sociedad donde vive. Estas dos posturas radicales están intentando entrar en nuestro derecho a presión y sólo generan un sistema jurídico esquizofrénico, contrapuesto entre sí, estimulando cada vez más delitos por la falta de coherencia en un sistema jurídico armónico.

Peor aún, la reciente preocupación por la vulnerabilidad de las mujeres en nuestro país esta ocasionando cada vez haya más noticias en la televisión y se tienda a intentar resolver todo en programas de chimentos. El caso más reciente, el hombre que mató a tres mujeres estimula lo peor de nosotros.

La sociedad está perdiendo la paciencia. Algunos políticos ya están intentando proponer leyes más duras para capitalizar el malestar social. Ya se está hablando de elevar las penas y hasta de la pena de muerte.

Quizás es difícil entender que cuando un marido mata a toda su familia y se suicida, cuando una madre viola sistemáticamente a su hijo, cuando una persona realiza actos con tanta maldad que se presume como un ser perverso, eso no implica que el asesino sea un delincuente. La mayoría de esas personas están locas, y los locos no tiene moral, no tienen capacidad de discernimiento; están enfermos, que es muy diferente a ser un delincuente en su sano juicio. Esa gente no tiene que estar en la cárcel, tiene que estar en el psiquiátrico. Y está mal que intentemos legislar las conductas de una sociedad entera a base de uno o dos psicópatas de turno.

Aunque aumentemos las penas de esos delitos hasta el paroxismo instalando incluso pena de muerte a delitos menores nada va a cambiar. Esas personas están mal de la cabeza; no pertenecen a la cárcel.

Entonces ¿por qué hay cada vez más locos que matan a sus mujeres y sus hijos?

El anterior gobierno que estuvo gobernando el país los últimos doce años cambió la ley de salud mental e instauró un nuevo sistema de salud calcado del sistema inglés de Margaret Thatcher, uno de los sistemas más conservadores del mundo y más opresivos en cuanto a la salud mental de los enfermos se refiere. Por consiguiente, muy de apoco vamos tener más enfermos mentales en la calles, vamos a tener más homicidas en las calles, más muertes. Y nosotros, el pueblo, en vez de pedir un cambio en la ley de salud mental, vamos a querer más mano dura mientras que el otro bando los garantistas van a pedir leyes suecas para una sociedad que se parece más a la mafia napolitana.

En quince años vamos a empezar a ver chicos que llevan armas a la escuela y matan a sus compañeros y nuestra única solución, como hacen los yanquis, va a ser tener más policías y detectores de metales en la escuela. En vez de mejoras nuestras cárceles vamos a convertir la institución educativa en una celda; la escuela, en vez de enseñar matemática va a ser un manual para volverse loco.

Si seguimos así pidiendo legislar en base a los crímenes de unos cuantos loquitos, en vez de preocuparnos por su salud mental y atacar las causas de su locura vamos a tener más leyes creadas para enfermos mentales. Y con el tiempo, al tener un derecho que trate a los ciudadanos comunes como locos, nos vamos a trasformar en justamente eso: en una sociedad de enfermos.