Tormenta de flores

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Ni la obscuridad de aquel laboratorio casero de fotografía analógica, ni la lúgubre luz roja que lo iluminaba, podían opacar el brillo de los ojos llorosos del artista. Mientras Martín colgaba las húmedas placas que había tomado en su último viaje, no pudo escapar al recuerdo de una de las decisiones más difíciles que tuvo que tomar.

En un pequeño pueblo cordillerano, al oeste del circuito de Los Siete Lagos, curiosamente cada  ocho años aproximadamente se producía un fenómeno efímero de una belleza indescriptible. La Tormenta de Flores se originaba en un momento mágico durante el invierno septentrional, en el que los cerezos liberaban sus flores al poderoso viento Koshkil que bajaba desde la cordillera vorazmente buscando los océanos.

El viento Koshkil es uno de los pocos céfiros que azotan a nuestras tierras. De cáliz irreverente y potencia desmedida, pone al descubierto la fragilidad de la creación humana en aquellas latitudes. Con temperamento patagónico y una fuerte identidad aborigen, el Koshkil se presenta como el recuerdo de los suspiros de los antepasados que moraron en esas tierras.

Allí mismo crecen en todo el pueblo hermosos cerezos fuertes y resistentes a todo tipo de tempestades. De tronco grueso y frutos jugosos, solo muestran su vulnerabilidad a través de su belleza. Unas pequeñas flores de color rosa pálido, adornan su estampa y llenan de júbilo a su paso tanto cuando crecen como cuando caen.

Violeta era la dueña de un coqueto anticuario sito en una de las callecitas peatonales cercanas a la plaza principal. Con sus 34 años y una eterna relación recientemente finiquitada con Octavio, su novio desde la secundaria, estaba completamente descreída del amor y dedicada de lleno a su trabajo. De padres separados y hermana divorciada y abandonada, su atención solo se centraba en Zoe, su pequeña sobrina y la luz de sus ojos.

Una tarde de invierno crudo y mojado, Martín –quien había viajado especialmente hasta esas latitudes en busca del fenómeno natural- se encontraba buscando un repuesto puntual para su cámara vintage Pentax, que se había mojado en una de sus excursiones. La única referencia que le habían dado como posible solución era un pequeño anticuario cercano a la plaza. Allí fue que conoció a Violeta.

Con solo cruzar la primer mirada ambos se pusieron de lo más nerviosos y su trastada conversación estuvo repleta de furcios. Se interrumpían al hablar, se confundían las palabras, se entorpecían el camino y se atropellaban constantemente mientras sonreían sonrojados.

Esa misma noche ambos se cruzaron en la taberna local. Martín llevaba ya unos días en aquel pueblo y conocía a un puñado de gente de lo más agradable. Entre algunas pintas de cerveza artesanal, su mirada no podía dejar de pasear por todo el bar, para terminar posándose siempre en los mismos ojos claros de aquella rubia del anticuario. Un poco de música y unos fuertes licores austríacos pusieron a todos los presentes de pie para homenajear la llegada del fin de semana.

Tras varios intentos de tomada de coraje y habiendo cruzado miradas y sonrisas toda la noche, finalmente el valiente fotógrafo decidió encarar la charla con Violeta. Le contó de su carrera de Licenciado en Economía y cómo la había abandonado por su pasión por la fotografía. También expuso alegremente su intención de retratar la mítica Tormenta de Flores, la que sería el broche final para su libro “Proyecto 366”, que constituiría un trampolín para su carrera profesional. Lo que curiosamente omitió fue el hecho de que estaba comprometido con Jazmín y que planeaba su casamiento para fin de año.

Los días se sucedieron y en cada uno de ellos, una nueva excusa lograba juntar a este par de tórtolos que seguían con la torpeza del primer día. Esa misma frescura que los hacía estallar de risa hasta cuando se besaban apasionadamente. Una mezcla justa de amistad, admiración y pasión era la combinación química perfecta para el desastre. Cada vez se hacía más difícil abandonar la cama que compartían, las despedidas se hacían eternas y cada tanto decretaban asueto en sus obligaciones para quedarse toda la tarde juntos frente a la chimenea y con una impactante vista al lago desde la cabaña que Martín había alquilado por todo el mes de Agosto.

Jazmín, mientras tanto esperaba pacientemente a su prometido en Buenos Aires. Ella entendía que ese viaje era parte de la profesión de Martín, pero el hecho de que se fuera un mes completo, no le gustaba mucho. Igualmente lo que le estaba empezando a preocupar seriamente eran los llamados cada vez más espaciados y menos efusivos de su pareja. Algo no estaba del todo bien y esa intuición rara vez fallaba. Pero finalmente entre las eternas guardias en el hospital y la época de exámenes, su cabeza tampoco podía estar centrada en una distracción tal.

La vida allá por el Sur continuaba como una novela romántica. Martín no se despegaba de Violeta más que para hacer algún contacto ocasional con su futura mujer. Había reemplazado los llamados, por simples mensajes y hasta correos con la excusa de no querer molestar a Jazmín con sus estudios. Ambos empezaban a darse cuenta de lo frágil de esa mentira.

Verla a Violeta semidesnuda simplemente cubierta con un viejo cárdigan, preparando el desayuno con dulces de sauco y tazones interminables de café, mientras las primeras luces que rompen el alba se colaban a través del tragaluz que se imponía en la buhardilla de aquella cabaña de ensueño, había dejado a Martín en una situación de jaque.

Tanteó en la mesa de luz entre sus libros y sus lentes y dio con la vieja cámara Pentax. Esa imagen merecía ser retratada, sin importar el destino final de la misma, en ese preciso momento Martín se sentía feliz y quería recordarlo, como mejor sabía, a través de su arte. Un click sonoro y sin flash y ese instante de felicidad quedaría congelado para siempre.

Esa misma tarde de Domingo, el Koshkil empezó a soplar con más fuerza de lo normal. Al parecer era el momento esperado por todos. Vecinos de la zona, turistas ocasionales y prácticamente todo el pueblo se había reunido en el Cerezal, una de las calles de tierra más viejas que conducía a la zona de montaña. Alrededor de las cuatro de la tarde una fortísima ráfaga bajó por la montaña e hizo estallar las copas de los cerezos en millones de florcitas conducidas por el viento. Era como una tormenta de nieve, pero en vez de copos caían flores. Era el fenómeno más impactante que Martín había visto en su vida. Atónito y sin poder creer lo que estaba viviendo tomó raudamente su cámara y comenzó a disparar a los árboles, a las montañas, a los niños jugando, a los animales correteando y por supuesto a Violeta.

Cubierta de flores que caían del cielo, usando todavía el viejo cárdigan de Martín y con la sonrisa más hermosa, la figura danzante de Violeta había conquistado por completo el corazón del fotógrafo. La escena no podía ser más perfecta. Su vida no podía ser más perfecta en ese momento. Tenía todo lo que siempre había soñado y eso lo atormentaba profundamente. 

Esa misma noche de Domingo antes de disponerse a ir a dormir a lo de Violeta, Martín decidió llamar a su prometida. Jazmín estaba en casa, preocupada y al borde del llanto. Los exámenes no habían ido tal cual esperaba y la angustia de su ausencia lo empeoraba todo. Un sentimiento de culpa lo rodeó por completo y por un instante solo quería estar allí con ella para abrazarla y consolarla. Sus ideas desorganizadas golpeaban su inconsciente al tiempo que cedían ante los mandatos pétreos de las relaciones estructuradas.

Entre llantos y frustraciones Jazmín le comunicó que tenía decidido irse hacia el Sur a buscarlo, porque no aguantaba más la distancia. El momento crítico solo duró unos segundos. Martín no podía permitir ese viaje. Luego de murmurar algunas cosas, le terminó contando que el objeto por el que había realizado el viaje se había cumplido, por lo que no sería necesario quedarse hasta el fin del mes y que como ya estaba cansado del lugar, él sería el que regresaría a Buenos Aires. La noticia fue tomada igualmente bien y la conversación terminó con sendas promesas de amor.

Ni bien cortó el teléfono, su rostro se tornó pálido y sudoroso. Preso de su propia cobardía o atado a su propia valentía, la decisión lo había dejado totalmente descolocado. No podía creer todavía lo que había hecho. De repente esa cabaña de cuentos, se convertía en una casa de terror. Nada tenía sentido si no estaba acompañado de Violeta. Apuró un pequeño vaso de Kirsch para pasar el mal trago, pero la bebida que se había convertido en su aliado de culto, sabía a metal y a decepción. Luego de que las náuseas se pasaron, logró enderezar un poco su semblante y dirigirse a lo de Violeta a contarle lo sucedido.

Una vez allí, entremezclando excusas y explicaciones inentendibles, le relató lo sucedido con Jazmín. Ella con una sonrisa de esas que solo salen a la luz cuando se intenta disimular un corazón roto, le susurró entre lágrimas que era la decisión correcta.

Era increíble, era un ángel en la tierra. Con el corazón en la mano, todavía le regalaba una sonrisa, le entendía sus excusas y lo perdonaba. Lo consoló durante toda la noche, lo besó y le contó historias sobre cómo su amor sería eterno, y que solo los amores incompletos son los que se eternizan como ideales en el subconsciente, hasta que se quedó dormido en su regazo.

Al otro día ya en el avión de regreso, Martín miraba con asombro entre los vendajes el tatuaje de una pequeña flor violeta que se había hecho esa misma mañana antes de partir. Ya habría tiempo para explicar eso también.

Pasaron los meses y aquel fotógrafo se encontraba mirando con nostalgia esa misma flor que se había tatuado en la muñeca izquierda, la misma mano en la que llevaba su anillo de casado. Un sentido beso a la muñeca fue la cábala elegida para recibir el premio más importante de fotografía de toda su carrera, por el célebre retrato de “La joven sonriente en medio de una Tormenta de Flores”.