Dos viejos zorros

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Abril, 14.

Una lágrima rodaba con pesadez sobre la mejilla del Padre Benicio, párroco de una de las iglesias más conocidas de nuestra Provincia. Ya era hora de dejar ese Pied à Terre clásico, en el que había vivido sus momentos de mayor plenitud.  Con sus sesenta años y una fructífera carrera eclesiástica que lo había ubicado en los estrados más encumbrados de la curia, se plantaba como el hombre que siempre había querido ser.

La policía científica había dejado un gran desorden en ese coqueto departamento de Emilio Civit, ya quedaría tiempo para recoger los últimos recuerdos desparramados por el piso, salpicados de rojo. Para lo que ya no quedaría más tiempo sería para unir los pedazos de un corazón destrozado para el resto del viaje. Todavía seguía sosteniendo con firmeza ese sobre lacrado.

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Octubre, 19

Todo había empezado allí mismo. A unas pocas cuadras, se erguía la casona donde hubo de morar Fernando Fader durante gran parte de su vida. Un palacete de estilo, que hoy habitaba una pareja chic, famosa por organizar los convites más notables de la Provincia. Allí confluían semana tras semana, artistas de todo tipo, literatos, políticos, empresarios, escritores, y un sinfín de amigos que se regodeaban con la dulzura de las mieles que solo esas juntas saben otorgar.

Aquel Jueves puntualmente era una reunión especial. Como siempre los invitados eran seleccionados con el mismo nivel de detalle y detenimiento con el que se que escogía tanto el menú, como la música que se escucharía.

Un reconocido médico, cabeza de uno de los Hospitales más importantes del país, junto con un indiscutido músico devenido en Director del Teatro Independencia, se sumaban al cheff de culto de la noche mendocina y un par de empresarios gastronómicos, que se contaban entre los distinguidos asistentes de aquella velada.

En el fondo y como una bocanada de aire fresco, llegaban entre risas y estridencias las historias de un adorable arquitecto y cónsul honorario que se robaba la atención de todos. Con una desfachatez justa entre la boca de Enrique Pinty y la presencia de Gino Bogani, de una estampa impecable, cortesía de un noble sastre uruguayo -vecino del lugar- combinado una pashmina de cachemir traída de uno de sus tantos viajes a la India, Antonio brillaba tanto como sus historias.

Sus miradas se cruzaron durante toda la noche. Incluso ambos se quedaron entre los últimos invitados para confluir en ese momento de intimidad entre los anfitriones y un puñado de los convidados de confianza. Sonrisas cómplices, miradas eternas y muchas más cosas en común de lo que podrían haber imaginado, fueron los ingredientes claves, para que esa noche la velada no terminara allí, junto a sus amigos.

Antonio y Benicio se conocían de larga data, incluso fue Benicio quien ofició la ceremonia de su casamiento. Lógicamente dicho matrimonio no estaba destinado a durar mucho más de lo que tardaran en darse cuenta de sus verdaderos sentimientos.  Por razones de trabajo de ambos dejaron de verse por casi 20 años.

Eso, y el pequeño desliz que sufrieron justo el año nuevo que Antonio se separó, allá por el año 90 y que decidieron festejar en Punta del Este junto a su selecto grupo de amigos. Entre afectuosos saludos de bienvenida del año a estrenar y numerosas copas en el haber de cada uno, este par de amigos terminaron profiriéndose algunos besos de lo más confusos. Si bien era un grupo abierto de mente, la idea del divorcio reciente y la profesión monástica de uno y otro protagonista, dejaron a más de un boquiabierto.

Al otro día todo quedaría en el olvido, culpando a las botellas y los excesos, pero entre ellos sabían que algo se había encendido y que sería muy difícil de apagar. La decisión de Benicio de aceptar el traslado como Obispo de una provincia aledaña, había calmado las aguas y dejado toda esa historia bajo el tapete. Por lo menos hasta esa noche.

Verlo conversar con la solvencia de un filósofo y reír con la inocencia de un niño, había despertado en el párroco nuevos sentimientos hacia su viejo amigo. Esta vez, con la madurez de la edad ya las decisiones no se tomaban a la ligera, ni presas de las emociones de un momento etílico. Esta ocasión era diferente, pero no podía dejar de sentirse curiosamente como un jovencito enamorado.

Para Benicio la vida nunca fue fácil, de padres estrictos y muy religiosos, su crianza fue de mano dura y entre varios hermanos varones y muy varoniles. Al cumplir 14 años ya sabía que las chicas no eran de su particular interés; en aquel entonces y con aquella familia, los chicos tampoco parecían una elección viable. Por lo que al momento de definir su vocación, con apenas 17 años ya estaba alistado como hombre de la Iglesia.

Durante años pensó que podía controlar y reprimir su impulso humano de la mano de la fe católica y de los santos evangelios, y vaya que dicha promesa había logrado tomar vuelo. No fue sino hasta esa noche de jueves, que sus ropas caían por primera vez frente a alguien. Un huracán de miedos y emociones, inseguridades y decisiones recorrían el cuerpo desnudo del monseñor. Todos esos años de encapsulamiento de los deseos más primitivos, tomaron fuerza en ese instante para dejarse llevar por las suaves caricias de Antonio. Después de esa noche nada sería lo mismo.

Los días pasaban como una primavera eterna, los viajes juntos, las excusas infantiles y los secretos entre voces, hacían de esta nueva relación, una historia de adolescentes. Las miradas atentas de todo su entorno, tanto laboral como familiar habían puesto en alerta a la feliz pareja, que solo dejaba la actuación puertas adentro de un recoleto departamento que había rentado Antonio en Emilio Civit, para que fuera secretario privilegiado de ese amor.

Nadie podía sospechar nada, seguían repitiéndose este par de viejos zorros. Todas y cada una de las partes de la relación constituían un tabú. Ni la familia de Antonio, sus hijos sus hermanos, sus colegas ni por supuesto nadie desde el lado de Benicio, podían siquiera sopesar la idea de esta incipiente relación.

Ya no podía ocultarse más el hecho de que a los dos se los veía más radiantes que nunca, en buena forma, tanto física como anímica y rodeados de excusas inverosímiles y misteriosos planes. Solo tenían tiempo para los mentados ágapes de jueves entre amigos donde escondían todo lo que podían sus secretos y verdades.

Pero los amores cuando son tan fuertes y tan intensos, quieren ser gritados a los cuatro vientos. Cuando el sentimiento es tan real, nadie en su sano juicio puede solaparlo. Los ojos hablan por si mismos, la expresión es inconfundible y el solo hecho de mirar a la cara a la otra persona, basta como declaración universal e inequívoca, ante testigos propios y ocasionales.

Antonio, que era el más decidido para abrir su secreto a su entorno y a la sociedad, ya había anticipado todos los posibles escenarios de tamaña decisión. Él, por su situación familiar era, en teoría, el que debería enfrentar el mayor número de explicaciones y correría con la carga probatoria de decirles a sus propios hijos y nietos. Tamaña tarea para un Pater Familias de tradición cristiana y formación marista.

Por el otro lado, la carrera de Benicio había sufrido un fuerte cimbronazo por su intempestivo regreso a Mendoza, dejando su puesto como Obispo de su Provincia asignada y lo había ubicado en la mira respecto de la altura de su cargo. Él había soñado claramente con un final distinto. Al fin y al cabo había dedicado cuarenta y tres años a esa bendita carrera. Lamentablemente en la vida eclesiástica las oportunidades reales empezaban después de los 60 años, completamente distinto a lo que sucede en el resto de las profesiones. Pero la idea de una vida junto a Antonio suavizaba la decisión de perderlo todo y renunciar a sus aspiraciones. Al fin y al cabo ya fuera por una cosa o por la otra tampoco había mucho que perder.

Aquella tarde de Abril corría el décimo cuarto día de un letargo veraniego con mañas casi otoñales, que permitían a las ventanas permanecer abiertas, al tiempo que la sueva brisa que sacude elegantemente las hojas de los árboles, se colaba de lleno entre las livianas cortinas.

La pesadez de Benicio para dar cada paso hasta llegar al departamento, tenía que ver con una misiva que había recibido esa misma mañana desde la Capital. Al parecer con la elección de un nuevo Obispo, venían flagrantes oportunidades para migrar a otras latitudes y él había sido uno de los pocos seleccionados. Era la culminación perfecta para su carrera, lo que siempre había esperado.

Al llegar al coqueto apartamento Antonio lo esperaba con una pícara sonrisa y una copa de Beaujolais, para brindar que había tomado la decisión de contarlo todo y empezar una vida juntos. En cada uno de los aspectos de la vida, el timing es fundamental.

La feroz discusión a que dio lugar la decisión de Antonio, solo empeoró al ser sazonada por la noticia de Benicio. No fue hasta que Antonio se paró hacia el baño, que ambos pudieron parar un momento. Unos minutos pasaron, parecían una eternidad. Aquello se había salido de control. Al fin y al cabo Benicio nunca se había sentido tan pleno, la decisión estaba tomada. Guardaría esa carta como un lindo recuerdo y comenzaría una nueva vida junto a su compañero.

Ya calmado y sentenciado, fue a buscar a Antonio al baño, para disculparse y transmitirle su proyecto.  Cada paso que daba lo llenaba más de orgullo y de felicidad por tamaña decisión. Miles de historias se sucedieron en unos pocos pasos. Pero cuando llegó a la puerta del toilette, notó que algo se escurría entre sus pies.

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El amor como el vino, va añejándose para decantar las pasiones y establecer un sabor redondo y duradero. El de ellos no fue un amor violáceo intenso con vivos frescos de notas de sabor variadas; ellos tenían un amor rojo fuerte llegando a bordeaux, aterciopelado (no solo por sus cabelleras) y espeso, muy espeso, igual que la sangre.