Infinito

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Ayer fui a almorzar a un restaurant de bodegas de estos que pululan en Mendoza, mi hija se puso a jugar en el patio como si supiera que hay que aprovechar el templado medio día primaveral antes de que se transformen en un inferno cuyano. Lucía corría y trataba de subir a unos sillones. Ahí nomás se acercaron otros niños a jugar, eran varios, pero una me llamó la atención. Era rubia muy pálida, ojos claros bien grandes y con las cejas como si estuviera sorprendida de forma constante. Se acercaba tímidamente mientras hablaba sola. Tenía ese aire entre tenebroso y angelical que tienen algunos niños muy especiales y raros. Quizas estaba delante de uno de esos extraños especímenes que mucha gente no se cruza en toda su vida o que cuando lo hacen no le prestan suficiente atención. Esos niños sensibles, lúgubres e imaginativos que son la fuerza con la que Burton hace sus películas o por los cuales la británica J. K. Rowling en su archi best seller Harry Potter crea personajes como Luna.

Pero el encuentro con esta niñita no me trasladó a ningún libro de niños hechiceros ni películas góticas de niños eternos sino a un aula de tercer grado de el que su momento se llamó Magisterio, luego Escuela Superior de Formación Docente y actual Escuela Carmen Vera Arenas. Estábamos de prestados en las aulas disponibles del Colegio Universitario Central durante el turno tarde, antes de la inauguración de nuestro edificio propio dos años después. Ese año había aparecido una niña nueva en el curso…, Lourdes, mentiría si dijera que recuerdo el apellido. Lourdes era super palida, rubia, desaliñada y linda. Vivía como en otra dimensión, inventaba palabras, y salía con respuestas que causaban entre asombro, risas y burlas, recepciones típicas a un recién llegado a una edad en la que los niños (y particularmente las niñas) son tan crueles.

La maestra, mi querida Señorita Mirta, después de explicar el concepto de infinito preguntó al curso ejemplos de cosas infinitas. Alguien dijo “el espacio”, otro compañero dijo “los números”… Lourdes levantó la mano (siempre lo hacía). La señorita Mirta, que si mal no recuerdo tenía algun parentesco con este particular personaje y ya preveía una extrañísima respuesta, le preguntó con cara de resignación “¿A ver, Lourdes, qué ejemplo me podés dar de algo infinito?
-El humo de la pipa de mi papá.

Yo no compartí mucho con Lourdes ya que un año después nos separaron en dos cursos, ella siguió a la tarde, yo pasé a la mañana. Mucho no me acuerdo de ella, pero sin dudarlo un segundo creo que “¿Qué es infinito? El humo de la pipa de mi papá” es de lo más poético que he escuchado en mi vida.