Cazadora de cabezas

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El sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse.
Friedrich Nietzsche

La seducción se dio como corresponde.
Primero empezaron las miradas entre el humo y la música del bar.
Luego fue acercarse y charlar, sin hacerlo, sintiendo la inminencia del sexo.
Él cerveza, ella Campari.
El humo se hacía música y la música se hacía humo.
Los parlantes temblaban con Smack My Bitch Up, de The Prodigy.
La boca de la mujer era más roja aun con el Campari; gotas bermellón caían hasta su barbilla, minúsculas, perfectas e impregnadas de su saliva.
Los sentidos de él estaban erectos.
Estallaron las feromonas.
Fueron al departamento de él, rápido, sin dejar de tocarse, de buscarse orificios y sudor.
Borrachos se tambalearon por la sala.
De la ventana entraba la música que escuchaba algún vecino sonámbulo, una voz casi palpable cantaba Nessun dorma, Turandot de Puccini.
Ella se derrumbó en en el sillón de cuero negro, y abrió las piernas; no llevaba ropa interior. Su sexo latía como un pulpo en las profundidades del mar.
Los neones verdes y amarillos intermitentes de los carteles de la calle inundaban con sus luces la habitación en penumbras.
Él cayó de rodillas hacia el abismo y le empezó a lamer la vulva torpemente.
Entonces los labios de la mujer se transformaron. Su sexo mutó a una boca de dragón, con dientes pulidos por tanto comer.
En dos bocados decapitó al hombre. Su cuerpo se derrumbó entre las convulsiones del estertor, mientras un chorro de sangre salía de su cuello, bañándole las piernas a ella.
La mujer tomó su cartera y sacó un paquete de cigarrillos. Encendió uno.
El humo se hacía música y la música se hacía humo.
Era temprano aun, ella podría seguir de cacería hasta el amanecer.