La Brigada

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Se abre el portón automático de la casa de Martín, un ingeniero común y corriente residente de Barrio Privado. Son las 3:45 de la mañana de un Martes de primavera tardía. La camioneta negra con unas conocidas iniciales en las puertas descansa luego de una intensa y ajetreada “vuelta”.

Cuatro hombres de mediana edad descienden del vehículo suspirando y reviviendo los acelerados momentos recientemente vividos. Gonzalo -el mayor de ellos- un próspero productor musical, se dirige hacia la lavandería para enjuagar las ensangrentadas miras telescópicas y los visores nocturnos. Facundo, el escribano del grupo, prende el fuego en la parrilla y comienza a arrojar la ropa utilizada esa noche. Fabricio por su parte, un simpático empresario de camiones, se dedica a revisar cuidadosamente el vehículo en busca de marcas o salpicaduras mientras borra todas las huellas.

Una extraña sensación de tranquilidad bajaba por sus cuerpos. Ya todo había terminado.

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La Brigada -como los hubiera denominado la prensa local- era un grupo de amigotes de toda la vida cuyos destinos se habían visto teñidos de sangre creando así un vínculo a fuego entre sus integrantes.

La tragedia sobrevino una tarde otoñal de Viernes en el que una de las esposas del grupo festejaba su onomástico en una coqueta pastelería del barrio. Mientras las damas disfrutaban tranquilamente de una tarde de té y agasajos un puñado de maleantes armados tomó por asalto el local. Entre el nerviosismo del forcejeo y el exceso de estupefacientes en el cuerpo de los malogrados asaltantes, las mujeres se vieron presas en medio de una balacera que terminaría con sus vidas así como la de otras tantas personas.

La liberación de los sindicados como responsables de los hechos luego de dictada la Falta de Mérito por un juez en extremo garantista fue el detonante para que una noche de locura entre llantos de recuerdo y reverberancias de odio la bizarra idea de Martín comenzara a tomar fuerza entre los afligidos presentes. Y así fue que esa misma madrugada comenzó a cranearse lo que a la postre sería la organización criminal mejor orquestada de un tiempo a esta parte.

Cuatro amigos sin nada que perder, cuatro bestias sin dueño, cuatro tipos con muchos recursos y con una terrible sed de venganza iban a comenzar una interminable carrera para dar con quienes hubieren ejecutado a sangre fría a sus mujeres.

La tarea no era sencilla, armar un grupo Comando no es cosa de todos los días. Pero con la motivación correctamente enfocada, sumada a un firme entrenamiento físico y mental, convertirían a un grupo de inofensivas bachichas de oficina en un cuarteto de asesinos internacionales. El desafío había comenzado.

La preparación física arrancó sin levantar mucha sospecha. A la vez que comenzaban a instruirse semanalmente con clases de tiro práctico junto a un amigote Fiscal, se entrenaban  en combate cuerpo a cuerpo y Krav Maga con Omar, un agente encubierto del Grupo Especial de Seguridad (G.E.S.). Nuevas compañías cuidadosamente seleccionadas que servirían como informantes y salvoconductos.

Martín se había convertido rápidamente en un hábil tirador y se defendía muy bien en combate. Bajo ninguna otra excusa hubiera podido superar esos –no tan aislados- arranques de ira y los –cada vez más frecuentes- ataques de pánico. Su casa completamente desolada se había convertido en la base de operaciones. Todavía seguía almorzando semanalmente en lo de su suegra.

Facundo, el escribano, se había logrado amigar muy bien con el Krav Maga y sabía empuñar con firmeza las armas cortas, por lo que junto al Ingeniero constituían la fuerza de choque. Refugiado en el alcohol y las drogas blandas tras la pérdida de su mujer, solo la idea de venganza pudo rescatarlo de tales vicios y encaminarlo como una máquina asesina.

Gonzalo en cambio era un tirador natural, había competido de joven con carabinas por lo que a la hora de buscar una función no dudó en convertirse en el Snipper del grupo. Entre la ansiedad y el exceso de calmantes su atención estaba mermando en la cría de sus pequeños hijos, por lo que este nuevo emprendimiento le había devuelto la compostura tanto en su trabajo como en su vida cotidiana.

Fabricio, si bien se estaba separando al momento de la desgracia, había quedado sumido en una fuerte depresión que lo había postrado en la cama y le había hecho perder la patria potestad sobre su único hijo. Su nuevo rol en La Brigada, le había hecho recobrar por momentos cierta esperanza en recomponer su ánimo y recuperar a su vástago. En su caso la sensibilidad no le permitía empuñar un arma, por lo que la función de chofer comando, le encajaba a la perfección.

Y así pasaban los días en los que por la mañana ejercían sus profesiones, de tarde entrenaban y de noche actuaban, esperando para encontrar la oportunidad de su tan preciada venganza.

Gracias a la ayuda de sus nuevos y estratégicos amigos no tardaron mucho en completar la inteligencia para dar con el paradero de la banda de maleantes. Al parecer éstos también tenían montada su propia organización criminal. Drogas, armas, robos e incluso abusos sexuales se contaban entre los prontuarios de esos malvivientes. El proyecto de repente parecía mucho más ambicioso y peligroso. Era momento de practicar con otros potenciales “Clientes” de la misma calaña antes del enfrentamiento decisivo.

Las dudosas muertes comenzaron a sucederse. La prensa ya no hablaba más de ajustes de cuentas en los barrios. Se remarcaba un recurrente modus operandi: misma cantidad de personas uniformadas, mismo vehículo, mismas balas. Todas las víctimas contaban a su vez con jugosos prontuarios.

La gente comenzaba a emocionarse con estos nuevos justicieros. La prensa rápidamente los bautizaría como “La Brigada”. El apoyo a través de las redes sociales era imparable. La sed de venganza al parecer era mucho más compartida de lo que se creía en un principio. #UnoMenos se había convertido en T.T. (Trending Topic) a lo largo de todas las redes. Incluso comenzaron a brotar grupos de pseudo imitadores que apaleaban cuida-coches y limpiavidrios sin piedad para luego subirlos a la web cosechando la admiración de todo el público.

La redada policial no tardaría en llegar. Una vez que La Brigada comenzó a sentirse imparable y comenzó a dejar algunos rastros, las modestas fuerzas policiales locales con un sencillo juego de acción y reacción lograron atraparlos in fraganti y detenerlos a todos.

El juicio y la condena en tiempo record desataron la ira de una sociedad que aclamaba a este nuevo grupo elite de justicieros “matachorros”. Algo estaba cambiando en el pensamiento del hombre común y corriente. Nuestro sistema penal ya no representaba los intereses de la gente. Los malvivientes libres y los justicieros presos.

Los políticos, incómodos cuando se les preguntaba por dichas situaciones, recurrían a eufemismos helicoidales para responder acerca de la realidad que se estaba viviendo. Las marchas contra la inseguridad ahora se convertían en marchas de apoyo a La Brigada. Un nuevo movimiento social se estaba gestando en las entrañas de la ciudad y ese fenómeno se estaba contagiando a todo el país.

Para el traslado a la cárcel de máxima seguridad de los miembros de La Brigada hubo que esperar a la noche y recurrir a un operativo encubierto especial de seguridad con el apoyo del Grupo G.E.S. por miedo a los disturbios que pudieran suscitarse. Cuatro camionetas negras en convoy salían a toda velocidad cortando la noche.

Al llegar a la bifurcación que los llevaría hacia la Penitenciaría, el convoy se detuvo sorpresivamente para reorganizar los vehículos. Omar, su instructor de combate y ahora flamante propietario de una casa en un Barrio Privado y una empresa de camiones, les guiñaba por última vez al tiempo que les daba las llaves de una de las camionetas equipada con armas automáticas, visores nocturnos, y fusiles de asalto con miras telescópicas.

EL destino estaba sellado. Eran asesinos, prófugos de la justicia. No quedaba otra opción que terminar todo esa misma noche. Al romper el alba tendrían que desaparecer para siempre, pero en ese momento todavía quedaba pendiente una última misión.

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Una vez más La Brigada ocupaba la portada de los matutinos. La noticia de una fuga espectacular y la ejecución tipo vendetta en la propia guarida de los cinco maleantes, otrora procesados por el crimen de la coqueta pastelería, pasaría a los anales de la historia en el que unos héroes anónimos, darían comienzo a un nuevo orden social.

La desconfianza en las fuerzas de seguridad sumadas a la inacción de un sistema judicial obsoleto, habían ayudado a desatar una guerra civil encubierta. La división de la sociedad se había instalado.

La realidad no daba tregua. Ellos o nosotros. Matar o morir.

Ordo ab Chao.