El Patio de Tango

patio-tango-2

 por Cristian Martínez Klein

El bueno de Oscarcito repasaba una vez más la barra del mejor Patio Tanguero que supo tener nuestra Provincia. Un garito como los de antaño forjado entre los arrabales, con pisos regados de cañas, vinos y ginebras, sembrados con finos tacos de stilettos entre colillas y sudor. Las épocas de gloria de aquel gazapón flotaban como una leve bruma de recuerdos al tiempo que las persianas se iban cerrando para no volverse a abrir nunca más.

Las mesitas cafetineras para el cortao mañanero ya no convocarían a esas tertulias de entre semana en las que se debatía sobre actualidad, economía, polleras y deportes. Grandes personajes solían pasear sus mañanas por el Patio de Oscarcito, desde políticos en reserva (aquellos que no están ocupando un cargo, pero que nunca dejan la rosca), pasando por los charlatanes, prestamistas y vende autos con sus papelitos de colores, la pandilla de abogados penalistas, que cortaban el feca con un chorrito de whisky nacional para envalentonar las audiencias; y por supuesto los buscas de siempre que andaban olfateando changas entre charlas de chantas.

Escritores de todo tipo, a los que Oscarcito siempre les hacía descuentos como si fuera su mecenas, se pasaban tardes enteras mirando las hojas del otoño y dedicando poemas etéreos a las mozas del local quiénes con una sonrisa cómplice siempre aceptaban de buen agrado el respeto y la galantería de los poetas de vereda. Cuando estos ajustados autores solo pedían un café chico para aguantar unas cuantas horas Oscarcito les mandaba siempre algún bollo de la mañana con jamón y queso porque sabía que probablemente esa fuera la única comida fuerte de aquellos enamorados de la luna.

Los muchachos de La Logia iban a tener que buscar otro reservado para sus reuniones semanales. Oscarcito les sostenía la vela los Lunes que era la única noche que cerraba el Patio y les permitía sus convites de ritual, con la privacidad que requería el caso, al tiempo que les preparaba el puchero especial para cuando terminaban con sus idílicos planes de conquistar el mundo entre malletes y mandiles. Varias veces lo habían querido hacer parte de su selecto grupo pero Oscarcito solo se limitaba a decir en sorna que él era solo un simple cantinero indigno de tales loores. Todos sabían que no era así.

Aquel billar en el fondo ya no daría más albergue a las rateadas mañaneras de sueños pueriles en el que los pibes de La Privada, pavotes para el levante todavía, invitaban unas fichas y algo más a las chicas de La Pública que ya conocían más la calle con sus diecipico que muchas matronas yuyetas de añares llevar. Pebetes de corbatas escocesas verdes y azules pedían pista cortejando a nereidas de cortísimas faldas, coloridos cabellos e ideas de ensueño. Los primeros cigarrillos compartidos que bajan la presión y apuran una tos atragantada iban a tener que buscar otros lugares para hacerse notar.

La rocola del pasillo -solo para entendidos- funcionaba con un par de golpecitos suaves en lugares clave por lo que solamente era un puñado de conocedores de tales mañas los que oficiaban como DJs de monedas y aprovechaban para bañar con su música todo el local. De camino se abría el biorsi colmado de interminables historias mezcladas de artistas e invitados de Oscarcito. Todas las paredes de ese pasillo infinito estaban repletas de fotos que sacaba su sobrino, el Flaco, en su famoso Proyecto 366 que reunía a los grandes personajes que visitaban aquel cubil.

El Patio ofrecía funciones de Tango de Jueves a Domingo, siempre por la noche. Los Jueves de trampa eran para taitas y compadrones, aires arrabaleros que abrían cancha y colmaban el local noche a noche mientras de fondo los músicos a la gorra interpretaban Tango Canyengue, desafinado y calentón. Nunca faltaba la trifulca de chamulleros de alma que defendían su territorio y sus conquistas, pero rara vez pasaba de un par de empujones y pecheadas patanchas con más promesas y amenazas que puños en el aire.

Los Viernes de Milonga eran célebres en la Provincia. Era la noche estrella para el Patio. Largas colas de parejas, amigos y desconocidos aguardaban su turno para poder ingresar al antro que había hecho famosas las noches de tango. Artistas invitados y espectáculos rotativos daban vida semana a semana a ese pequeño matute con sabor a Cumparsita. Siempre regado de las mejores bebidas y con un sonido casi profesional el Patio brillaba como el lucero de la cuadra dándole vida a toda la zona.

Los Sábados eran reservados para parejas. Solamente sonaban Tangos de Salón y un 2×4 apretado y a contrarreloj amelazaba el ambiente de romance al tiempo que ardían las velas y volaban las promesas. Más de una vez se detuvo la música repentinamente para que algún caballero se arrodillara y pidiera la mano de su dama en aquel patio al tiempo que el público presente se batía en aplausos y festejaba brindando con eternas rondas de invitación a cargo de la casa, a la felicidad de los enamorados.

Los Domingos eran de Turistas con clases de Tango para todo Público. Con fusiones de Tango Nuevo y Tango Fantasía se invitaba a los entusiastas de este baile a acercarse y aprender un poco de la cultura tanguera, sus orígenes y sus movimientos. Rubios torpes y gorditas de cachetes colorados se mecían sobre la pista al tiempo que reían y se fotografiaban con sus ojotas coloridas y sus tragos tropicales. Todos contentos terminaban ensayando una mezcolanza tribal de tango, vals y cha cha cha.

Luego de los días preestablecidos para el Gotán, Oscarcito se reservaba los martes y miércoles para ofrecer funciones de música y teatro a costos muy accesibles para darle las primeras armas y oportunidades a los nuevos talentos provincianos. Más de un consagrado había transpirado las tablas del Patio de Oscarcito en sus comienzos y cada vez que volvían a la Provincia aprovechaban para darse una vuelta por “su casa” y saludar a quiénes otrora hubieren sido sus primeros espectadores.

Y así era que esa tasca tanguera se había convertido de un truhán juntadero de malandras, en un hogar para el encuentro, la música y el arte. Jóvenes y viejos, pobres y ricos, soñadores y mundanos, de día y de noche, todos confluían sin distinción en aquel lugar rasero y equitativo que tantas veces había soñado Oscarcito.

Una tarde gris y traicionera de invierno, decorada con una fina garúa, Oscarcito se encontraba luego de repasar la interminable barra buscando tras bambalinas entre el escenario y el cortinado unas cuantas bolsas de consorcio llenas de mantas y abrigos para llevarles -como todos los años- a los chicos del orfanato. Estaba a punto de terminar de cargarlas cuando de repente comenzó a sentir un fuerte dolor en el pecho que lo tumbó del escenario al tiempo que su mirada perdida en el cuadro del Zorzal se iba esfumando con su último aliento.

“Oscarcito había sido abogado del alma y viudo de profesión”, comenzaba rezando el réquiem preparado para la ocasión. Dueño del bulín más célebre que el tango pudiera haber elegido en esta Provincia olvidada, era un amiguero recalcitrante y buenazo para la charla profunda de café amargo. Aquella noche junto a su partida lloraron los oxidados bandoneones su ausencia indicando que ya era tiempo de Volver al Sur, a Media Luz y con la frente marchita por aquel Caminito, Uno que lleva al Naranjo en Flor de mi Buenos Aires Querido y hacer el Cambalache con Malena, esa Muñeca Brava que ofrece la Última Copa, Por Una Cabeza. Es nuestra última curda. Adiós Muchachos. A Dios, Oscarcito.