Dios misericordioso

cielo_e_infierno-1

por Vito Pallotti

No podemos establecer ni cuándo ni dónde ni quién describió (o inventó) la teoría de que el “alma” de todos los seres humanos tenía que ser “inmortal”. Lo único que podemos preguntarnos es: ¿por qué? Un regalo al parecer que demuestra el “amor” hacia nosotros de la divinidad.

¿Un regalo? ¿El amor?

Tratemos de analizar bien el tema. Las religiones que más demuestran estar convencidas de la existencia de esta alma inmortal te ponen de frente a la siguiente realidad: tu alma, post mortem, tendrá únicamente dos posibilidades de sobrevivencia eterna.La de “salvarse” y gozar del paraíso, o ir al infierno y sufrir para toda la eternidad. ¿Quiénes pueden salvarse? Sólo los que creen en el Dios “justo”. ¿Cuál es el Dios justo, verdadero, único? El Dios que cada una de ellas ha decidido que lo es. ¿Y todos los demás? Que sufran eternamente. ¡Por desgracia han elegido mal!

Examinemos la situación desde el punto de vista católico: Si relacionamos el tema hoy que somos más de 7 mil millones de “almas” sobre la tierra, ya podemos notar que por lo menos un 75% de los seres humanos parten condenados. Si consideramos, además, de que los cristianos bautizados son, un poco más de 2 mil millones pero están divididos profundamente entre los protestantes, los ortodoxos y los católicos (que se han incomunicado respectivamente durante toda la historia) nos damos cuenta de que los católicos representan una cantidad que no supera los 800 millones de personas.
Pero hay que considerar asimismo los que son católicos únicamente porque son bautizados pero no siguen las normas, no respetan los “mandamientos” de la Iglesia. Todos ellos serán (así está establecido) probablemente condenados. A estos hay que agregar a todos los que por uno u otro motivo mueren con algún pecado mortal, que seguirá el mismo destino.
¿Podemos, razonablemente pensar que, en presencia de todas las condiciones que inhiben a la “salvación”, el destino final de las almas sea mucho más probable el infierno?
Probablemente, siguiendo esta teoría del alma inmortal están más favorecidos los musulmanes que creen en Allah que en realidad sería el mismo Dios de los hebreos, Dios que nosotros llamamos Dios Padre; los musulmanes demuestran mas “devoción”, siguen los preceptos con más rigor y convicción. A este punto creo interesante citar las siguientes palabras de Voltaire: “Los que te incitan a creer en cosas absurdas, fácilmente te llevan a cometer cosas atroces”.

Las palabras, a mi parecer, son la cosa más importante que han inventado los seres humanos. La creación de las mismas me da la idea más concreta del infinito.Hemos agrandado el vocabulario, y por lo tanto la comprensión de las cosas de una manera formidable; por esta razón pienso que hay que respetarlas. Las palabras más pronunciadas para definir a este Dios que representan las tres religiones monoteístas: hebraica – cristiana – musulmana, son las siguientes: Justo, bueno y misericordioso.

Que, bajo un punto de vista se pueda definir “justo” porque premia a los que creen en él puedo aceptarlo; pero haciendo notar que no me parece tan justo condenar a todos los demás. Condenar, por ejemplo, a todos los que han nacido en zonas donde se siguen otras religiones; condenar a todos los que no cumplen con sus imposiciones por mil razones.
Tenemos el “libre albedrío! y, por lo tanto, podemos “elegir” entre el bien y el mal; los que eligen el mal… que sufran eternamente.

¿Que significa “tener el libre albedrío”? ¿Cómo puedes tenerlo sin cultura, sin educación, sin posibilidades económicas? Palabras “vacías” de significado muy discutible si pensamos en la casi certeza que tienen los desheredados de la tierra respecto a los pocos privilegiados que, en teoría, tienen una posibilidad de elegir.

Pero lo más increíble son las palabras “bueno y misericordioso”. ¿Cómo se puede definir un Dios de esta manera, cuando consideramos el hecho de que la condena al infierno es para todos los demás? Ser bueno y misericordioso tendría que significar que su actitud hacia los que no pertenecen al restringido grupo que lo ama, lo adora y le teme, sea comprendido y perdonado; en realidad más que definirlo en este modo sería mucho más indicado definir su actitud con la palabra “venganza”. Es vindicativo en sumo grado.Basta leer la Biblia o el Corán para darse cuenta de todas las atrocidades cometidas contra los humanos respecto a las pocas acciones en defensa y protección de los “elegidos”. No se conforma en dejar vivir y morir definitivamente a todos los que no creen o cometen “pecados”; les impone un alma inmortal para que puedan sufrir eternamente.

Para exacerbar más las cosas se han inventado un “pecado original” que ya condena a todos los que nacen. San Agustín hizo observar que los chicos no bautizados estaban destinados al infierno, pero eran privilegiados respecto a los otros condenados; serán lamidos por llamas “leves”. ¡Cuánta bondad, cuánta misericordia!

Yo no soy ateo y, por lo tanto admito que Dios pueda existir; no tengo pruebas ni de lo que sostienen los que creen, ni tampoco de lo que afirman los ateos y por lo tanto me profeso “agnóstico”; pero afirmo que un Dios como el que he descripto, me parece inconcebible a menos que se cambien los atributos que le han dado y que se admita que no puede ser definido en tal modo.

A este punto creo necesario preguntarnos: ¿estamos seguros de que estos seres humanos que han escrito estas historias puedan tener alguna credibilidad? ¿Estamos verdaderamente seguros de que el Dios que dicen que representan sea verdadero y creíble? ¿Estamos seguros de que estas personas “amaban y respetaban” la humanidad? ¿O es mucho más probable que la odiasen?

Creo razonable que se pueda pensar que, fundamentalmente, sea el odio el motivo dominante; y el dominio de las mentes a través del “miedo” al castigo eterno.
Una simple explicación que incluye el “poder” dominar a los ingenuos.
Y el poder es la droga más fuerte que algunos humanos conocen y actúan.

Termino, por ahora, citando las palabras de Proust: “Cada uno llama ‘ideas claras’ a aquellas que tienen el mismo grado de confusión de las propias”. Incluyo, naturalmente, las mías. Por lo tanto acabo diciendo: así, por lo menos, me parece a mí.