La vida es bella

Por Lorena Inzirillo

Ya llegó a los pulmones y al cerebro, Lore —su voz en el teléfono sonó débil y cargada de angustia.

La sangre se me heló en las venas y una sensación de mero terror me invadió desde las entrañas.

Esperame, voy para allá —le corté enseguida y salí a toda prisa.

Bajo un manto de lluvia, con el corazón adolorido y enjugándome las lágrimas conduje hasta su casa. Era una mañana de otoño, gris y fría que no olvidaré. Con la mirada perdida en el tráfico me preguntaba qué debía hacer cuando la viese, qué debía decir. ¿Qué era lo mejor para ella? ¿Cómo iba a ser capaz de reprimir las lágrimas, de refrenar el impulso de abrazarla y decirle lo mucho que lo sentía? Y en medio de tanto desconcierto me conminé a actuar de manera natural, como si nada pasara.

Cuando llegué, toqué apenas la puerta y la abrí, como de costumbre siempre abierta invitándote a pasar. Atravesé el living, seguí por el pasillo y la encontré en la cocina sentada a la mesa, junto a la ventana. Con el mentón apoyado en la palma de la mano y la mirada fija en un punto del jardín. ¡Tan distinta! Más delgada, pálida, con el pelo revuelto y la ropa desaliñada. Al verla, se me encogió el corazón y al intentar controlar el llanto, se me anudó en la garganta. Al parecer no me había escuchado entrar. Pronuncié su nombre, giró hacia mí, sus ojos oscuros como el cielo de esa mañana, y esbozó la sonrisa más triste del mundo.

Dejé mi abrigo en el respaldo de la silla, me acerqué, le rodeé los hombros con el brazo y la besé en la frente, con un beso prolongado de compasión infinita.

¿Qué querés tomar? —preguntó con la voz cambiada, algo ronca, y se levantó para poner agua a calentar. Noté que arrastró los pies al caminar y tuve la impresión de que había envejecido diez años desde que la vi hacía quince días.

—Lo que vos tomes —sonó mi voz temblorosa.

Mirá que yo voy a tomar un té de jengibre. ¿Te gusta? —dijo con cierta dificultad, como si le faltara el aire.

No lo he probado nunca, pero ahora es un buen momento —y me arrepentí al instante de lo que dije. Claro que no era un buen momento. Y presentí que así iba a ser. Un encuentro de frases inapropiadas, en medio de una inusual incomodidad de cuidar las palabras para no lastimarla.

La seguí en busca de dos tazas que puse sobre la mesa, mientras ella me contaba de las bondades del jengibre.

Es buenísimo para el dolor de garganta, te lo alivia bastante —dice colocando en cada taza una cucharadita de un macerado de jengibre, limón y miel.

Últimamente nuestras charlas rondaban esos temas acerca de la alimentación sana y orgánica para prevenir enfermedades. Se había obsesionado con esos hábitos, aferrándose tanto a ellos como si la fueran a salvar. Daban muestras de esto la mesada atestada de frutos secos, frascos con almendras, nueces, variedad de semillas, todo sumergido en agua porque así intensificaban sus propiedades. Y en el piso una caja repleta de verduras y frutas orgánicas. Era tal su manía, que parecía que los habitantes de la casa fueran de la tercera edad.

La tetera silbó, me apuré para ahorrarle el esfuerzo y vertí el agua en las tazas. Ella puso las cucharitas, el azúcar negra, porque aseguraba que los procesos que tiene la blanca hacen mal para la salud, y un platito con galletitas saludables de arroz.

Nos sentamos enfrentadas y para mitigar la tristeza, comenzamos a hablar de cosas triviales: del frío, de la rareza de las lluvias continuas en Mendoza, de la humedad, de lo cargado que estaba el limonero,… lo que fuera con tal de no mentar la enfermedad. Hasta que de pronto cayó un silencio tenebroso, como si viniera acompañado por la muerte y un escalofrío me recorrió la espalda. En ese instante supe que mi dulce amiga iba a morir. Me hubiera gustado abrazarla fuerte, pero me la quedé mirando, ella con la vista fija en el jardín. Y en la imperiosa necesidad de rescatarla de las garras de la muerte, le pedí al cielo que hiciera el milagro.

También supe que esa charla iba a ser la última con plena conciencia de su parte. La última vez que la vería lúcida antes de sus delirios, alucinaciones y sus falsas esperanzas. Después vendrían los días en los que la cuidara de los progresos indignos de la muerte. Y entonces anhelé fervientemente atesorar en mi memoria sus palabras, sus gestos, su voz, su mirada y que perduraran para siempre. Luego los recuerdos más antiguos, desde los tiempos del secundario, se hicieron vivos de repente y se me agolparon en la mente.

Nos quedamos largo rato sin hablar, las dos tomando el té de a pequeños sorbos. Al fin comprendí que lo más digno era no decir nada. Que bastaba con acompañarla, sintiendo su dolor como propio para que ella percibiera mi amor y mi pena. Y poco a poco volví a sentir, aun en medio de ese silencio amenazante, la comodidad de siempre, esa que sólo la hace posible la confianza de una amistad sincera y perdurable.

De pronto ella habló, sin apartar su vista de aquel punto fijo del jardín, con esa voz que no era su voz, con una voz que parecía venir desde las tinieblas:

Me la pasé postergando lo postergable y ahora la vida se me escapa de las manos. —Hizo una pausa y luego añadió—: Dejé de soñar, Lore.

Me estremecí. El dolor me quemaba por dentro. Sé que cuando se pierden los sueños se muere. Y sentí que se estaba yendo, y que se iba ir antes de irse. Busqué palabras de consuelo, de aliento, que sonaran convincentes:

¡Hacele frente, no le aflojes! Tenés que ser fuerte y seguir luchando, rendirte es lo peor que podés hacer.

Ella giró, me devolvió una mirada sombría e incrédula y volvió su vista al jardín.

La quise desviar del tema y le pregunté si el perro que estaba afuera pegado a la puerta, bajo el alero para no mojarse, era un allegado nuevo. Su espíritu noble y amante de los animales atraía a perros de la calle, a los que amparaba y les daba de comer.

No, hace dos semanas que llegó, hambriento y lleno de pulgas. Le puse ese chaleco porque tiritaba de frío —su voz seguía sonando triste—. El nuevo allegado es aquel —y me señaló en la dirección hacia donde tuvo la vista fija todo el tiempo. Era un pájaro negro de pequeño tamaño, estaba entre dos macetas y se picoteaba bajo un ala—. Escucho su chirrido desde temprano y me asusta. Pero lo dejo, no me esfuerzo en espantarlo —dijo, con amarga sonrisa, sabedora de su destino.

Alargué mi mano por encima de la mesa y la apoyé sobre la de ella.

No tiene importancia, es sólo un pájaro —mentí intentando, sin éxito, ocultar la impresión que me causó la visión de aquel ave.

Ella, obviando mis palabras, se llevó mi mano a los labios, la besó con dulzura y con los ojos cerrados la acarició con su mejilla, en un gesto como si ella me consolara a mí.

Mmm, ¡qué rico perfume! —Alzó los ojos y me miró—. ¿Cómo se llama?

¡Qué ironía!”, pensé. Y con una sonrisa compasiva le contesté:

— La vida es bella.