El poder del poder

Potestad, Potencia, Posibilidad, Capacidad o facultad de ejecutar una acción.

Querer es poder: Tantas acepciones se le pueden endilgar a esa frase latiguilla y salida de los primitivos libretos de autoayuda. Si uno es un seguidor de las letras romances podrá decodificar esa máxima, como que el querer a una persona, nos otorga potestades. Otros más exegetas de la estructura lingüística, pueden sostener que desentrañando la verdadera interpretación de esa frase, al hombre solo le basta fijarse correctamente sus objetivos para poder alcanzarlos. Yo puedo- I pod.

Yo sostengo que no. Y no porque me guste ser un ancla y tirar constantemente hacia abajo, pero cuando pienso más de un minuto en lo que implica el poder en sí mismo, entiendo cada vez más que no solo basta con querer, sino que hacen falta una suma de factores exógenos que nada tienen que ver con la buena voluntad o los deseos intrínsecos del sujeto “querendón”. Por lo que entiendo que esa es una verdad a medias y como siempre sostuve, las verdades cuando son a medias, valen tanto como las mentiras. El poder radica en uno mismo, la dificultad es saber encontrarlo.

Poder y dinero: El poder y el dinero suelen ir de la mano, pues las sociedades post-modernistas se han encargado de relacionar íntimamente la posibilidad de adquirir bienes y servicios, mediante el intercambio de metales, con la idea de poder. El dinero es un ingrediente fundamental, mas no el único para lograr el ansiado poder. Muchas veces es el paso siguiente a quienes supieron desarrollar grandes fortunas. Ya no es la avaricia la que guía sus deseos, sino la ambición. El dinero deja de tener importancia y el poder empieza a ser el nuevo Norte. El dinero no da felicidad, pero ayuda a superar el complejo de su ausencia.

Poder y seducción: Sin dudas y como sosteníamos anteriormente, el poder tiene esa virtualidad de presentarse como un objeto de deseo. Y justamente por eso es que seduce la idea de tenerlo, así como seducen las personas que lo tienen. Nos cansamos de ver gente muy poco agraciada exteriormente, que desarrollan un fulgurante y novedoso sex appeal frente al sexo opuesto (ahora frente al sexo que prefieran). Esto no es obra de la casualidad, ni es por la mezquindad propia de los espíritus débiles, es una cuestión incluso de determinación genética a la auto-preservación. Estar cerca del líder de la manada. Para tener poder, se necesita poder tener poder.

Liderazgo y poder: Siguiendo con la temática del liderazgo, el mismo se encuentra íntimamente ligado a la idea del poder. Pues será el líder de un proyecto, de un equipo o simplemente de un grupo, quien detente el mayor de los poderes. Ese poder de mantener a todo el conjunto unido y tirando hacia el mismo lado, el poder de triunfar con sus ideas por convencimiento y no por imposición. El poder que logra la obediencia por el respeto y no por el miedo. Y será el líder, quien -como su raíz etimológica nos invita a reflexionar-  aquel que lleva las “lides”, las “litis”, o sea un sujeto activo que enfrenta sus escollos, sus batallas. El poder es tomar el miedo de los demás en nuestras manos y mostrárselos.

Poder por el poder mismo: El poder atrae mas poder. Ese círculo vicioso se convierte en el principio del fin. Pero no del fin como “término” sino del fin como “telos” (objetivo). Comienza a delinearse una especie de estrategia o política diseñada en torno del poder, intentando detentarlo en la mayor cantidad de ámbitos y de la manera más absoluta. Puesto que quien acostúmbrase a llevar las riendas en un tumultoso y mullido variopinto de situaciones y ocasiones, tiende a estimar controlarlos en el resto de las circunstancias regulares del normal desenvolvimiento de la cotidianeidad.  El poder debilita a quien lo tiene y no lo usa.

Poder y destrucción: Como otrora refiriésemos respecto de la virtualidad y viabilidad del poder, la coyuntura de la que partiéramos demostraba que de la mano de su esplendor se descubría el mecanismo necesario de desactivación y destrucción. Pues no será hasta la llegada del punto cúlmine del apogeo del poder, que se abrirá la tentación de la trampa más perfecta de Belcebú, la Vanidad. Y así, de la mano de la seducción, de los recursos ilimitados, del dinero sin importancia, del liderazgo y del poder por el poder mismo, llega el límite que la propia naturaleza humana predispone frente al tiranismo absolutista potencial. No existe ni el bien ni el mal, sólo el poder y aquellos demasiado débiles para ejercerlo.