Una tormenta perfecta

Navegaba hacía tiempo en un mar calmo y pacífico, azul, claro, fresco. Su barco era sólido, de buena madera, con detalles sencillos pero agradables, era un barco simple, pero firme y fuerte. No había habido exabruptos durante el viaje, una que otra filtración en el casco, algunos rasguños en la proa y el envejecimiento propio de la cubierta al sol todo el tiempo.

Iba solo en el barco, hacía las veces de capitán, de marino y tripulación. Surcaba mares serenos con un destino prefijado hacía años, un lugar al que creía que debía llegar desde siempre, casi sin haberlo pensado, seguro sin haber reflexionado sobre tal sitio… simplemente suponía que debía llegar.

Hacía tiempo que esquivaba una tormenta gigante, lejana y densa que explotaba de energía a los lejos, cargada de cúmulos, relámpagos y mucha furia. Había hecho varios rodeos, torcido el curso de antemano, viajado en círculos y hasta regresado en su andar con ánimos de esquivar la catástrofe, pero estaba ahí… ineludiblemente tarde o temprano se avecinaría contra él. Cuando la miraba se sentía ahogado por el pavor.

Una madrugada de abril, rompiendo la tranquilidad de la noche, un rayo arremetió contra el barco, incendiando parte del mástil y la vela principal. Salió aletargado de la tranquilidad de su alcoba y el paisaje lo apabulló… toda la cubierta estaba iluminada por el fuego. Logró apagar las llamas, pero no fue solamente gracias a sus esfuerzos, sino al viento y la lluvia que se habían desatado.

Miró primero hacia el cielo y luego hacia el horizonte… cayó en la cuenta de que su barco estaba entrando en la temida tormenta. Se apresuro hacia la popa, con ánimos de tomar el timón. Al llegar lo empuñó con vigor, tenía que virar, tenía que volver hacia atrás, regresar a la paz… entonces se vio preso del pánico. El rayo había incendiado la vela… el timón apenas torcía el rumbo del barco, que se encaminaba directo hacia el más electrizante núcleo de nubes.

Vino el miedo… corrió frenético por toda la cubierta, abriendo velas secundarias, intentando sujetarlas contra el viento para poder escapar, pero nada le permitía siquiera controlar el destino. Llegó a un punto de sentir tanto horror que se paralizó y caminó hacia estribor, donde había una rampa directa hacia el océano. Contempló el mar oscuro y violento aferrado a una cuerda floja, las olas estallaban contra la embarcación indefensa, el agua se arremolinaba bajo él… de arrojarse, en pocos instantes se vería sumido en el agotamiento y se ahogaría, podría cortar rápidamente el miedo… entonces otro rayo explotó cercano, una bocanada de aire, como un torrente feroz, lo inundó y le hizo entrar en razón, desesperado se alejó del abismo, separándose de los fantasmas de la muerte.

No había mucho para hacer… ya estaba sumido en la temida tormenta. El viento rugía furioso, la lluvia pegaba tan fuerte que dolía. Tenía tanto miedo… era víctima del terror. Su embarcación… aquella que había construido durante años, aquella que había dominado como un marino experto, la que había capitaneado a la perfección, sin errar el rumbo, sin daños ni imprevistos… su barco entero a merced del destino, de una tormenta inevitable, de la catástrofe. No había más nada que hacer… simplemente intentar resignarse y disfrutar del escenario.

Trepó por el palo mayor del mástil hasta el nido, con su camisa rasgada y descalzo, con temblores en las manos y lágrimas en la mirada, con el virus del miedo corriendo por sus venas, pero generando un torrente de adrenalina inefable. Llegó con los ojos entrecerrados, no quería siquiera observar el camino que estaba recorriendo en partes, quería llegar a la cima, abrir los ojos y ahogarse de un solo tirón de todo el espanto.

Se paró firme, abrió las manos de par en par, regalando su destino a la tormenta, resignándose a lo que fuese, gritó frenético a los cuatro vientos, intentando canalizar los nervios. Entonces sintió algo extraño… estaba preso del miedo, pero había decidido afrontar la tormenta… si. No podía escapar, no había opciones en eso; pero sí había decidido entre la vida y la muerte; entre aferrarse a un barco destruido, que no era más que madera o arrojarse a un mar bravío, que no era otra cosa que la muerte; había decidido quedarse, empaparse de la tormenta, hacerla suya y desafiarla. Había decidido disfrutar y dejar de sortear aquel espectro de miedo que hacía años lo acosaba, ahora venían horas turbulentas, tiempo de desconcierto y miedo, de furia y caos, venían riesgos e incertidumbres. Venía la duda… venía la vida.

Sabía que si salía de esta, sin dudas su barco iba a quedar roto, que ya nada sería lo mismo, pero que habría ganado mucho más de lo perdido, había atravesado el miedo… y eso lo hacía hombre y feliz.