Una noche más

nina-durmiendo

por Male Cardini

Una noche más me encuentro entrando a tu cuarto.

Como tantas noches que pasaron y tantas otras que vendrán, me agacho a levantar juguetes que entorpecen mi camino. Los dejo en su lugar para que descansen y esperen el nuevo día que viene lleno de aventuras y emociones que vos inventarás para ellos.

Te miro y como siempre me pregunto que soñarás. Acerco una silla y mi mano acaricia tu frente, tu mejilla y tu manito.

Hace ocho años que tengo este ritual espontáneo, esta ceremonia que me llena de placer. No importa el día que yo haya tenido, si bueno o malo, desde que llegaste a mi vida que este momento en el que te veo dormir con una sonrisa es mi azimut.

Pienso en lo que nos pasa, en el poco tiempo que pude darte hoy. Sueño en que mañana pueda darte más y de esta forma lleno mi caramañola de todo el amor que tengo por vos.

Me gusta verte dormir. Imaginar qué soñás, qué te hace sonreír en este momento. ¿Sabes que estoy aca acompañándote? ¿Me sentís? ¿Sabés que aunque hoy te haya retado, puesto en penitencia y sermoneado, te quiero más que a nadie ni a nada en el mundo?

Qué difícil es ser mamá. Con una frágil carbonilla pretendemos pintar una acuarela. Aunque pongamos todo nuestro esfuerzo por supuesto que nos frustramos fácilmente. No nos damos cuenta que con nuestros errores y falencias nuestros hijos son felices iguales. No tenemos que ser perfectas. Ellos quieren una mamá. En la letra chica no piden que sea perfecta. Sólo con ser una cuña a su vida se conforman.

Pero mientras te miro ahora, tan placida, dormida, mi cabeza no para de girar. Es como un molino de viento; lleno de miedo, incertidumbre, culpas. Rápidamente uno se pone a pensar en todo lo que falla, en todo lo que no puede cumplir, en lo que le gustaría modificar… Y las lágrimas asoman por mis ojos.

Que impotencia tiene uno como padre. Cómo nos gustaría dar todo y más de lo que podemos para que esas criaturas chiquitas que nos creen dioses sean felices y puedan realizar todo lo que se propongan.

De pronto, me veo en la necesidad de acostarme al lado tuyo. Te necesito cerca, pegada. Yo soy la adulta, pero necesito de tu pequeñez que me da fuerza, que me llena. Te acomodo los breteles de tu camisón y me acurruco a tu lado. Busco tu calor.

Te abrazo y acaricio a tu oso que te acompaña desde que naciste. Él es un testigo silencioso que me acompaña y entiende mis lágrimas que todas las noches brotan mientras te miro dormir.

Definitivamente la noche no es cosa buena, pero el tenerte cerca me ayuda a alejar mis miedos. Inmediatamente empiezo a calmarme, a sentir una paz indescriptible que sólo vos podés darme aunque no te des cuenta que lo hacés. Respiro profundamente y siento tu olor que me llena el alma, y empiezo a abandonarme en este estado tan sereno, no quiero despegarme de acá.

El canto de la torcaza me vuelve a la realidad; está amaneciendo y empieza noviembre. He pasado toda la noche despierta a tu lado, pero no siento el cansancio que tenía cuando entre a tu cuarto. Al contrario, el verte dormir, el que me hayas acompañado en esta noche con mis miedos e inseguridades me han llenado el alma y dado fuerza para seguir.

Te doy un beso para despertarte, hay que ir al colegio. Abrís los ojos feliz de verme.
Es increíble que no te des cuenta que yo soy la persona más feliz y plena de tenerte en mi vida.