La imposibilidad del Marketing

por Cristian Martínez Klein

En estos días de estupidez crónica, replantearse la propia existencia pareciera hasta necesario, para no sucumbir ante los imperativos sociales de rito. Nunca fui un convencido de la masificación, ni de los contenidos empaquetados. El hecho de sentirse una oveja más del rebaño es un poco vilipendiante para el propio carácter del ser humano, único y razonador.

Pero, como hubiésemos analizado otrora en otros escritos, el mismo miedo hace que la gente se vaya reuniendo, agrupando, masificando y vulgarizando, hasta llegar a conformar una horda ramplona informe y con una anomia tal, que sólo el “qué dirán” será la ley primera. Y así la gente se preocupa más en ser “la envidia de los demás” en vez de buscar su propia felicidad.

Y en este sinfín de locuras, de idas y vueltas y la llegada de la era de la incomunicación en las comunicaciones, se nos presenta el principal gestor de nuestros deseos… El marketing. No quiero decir con esto que la publicidad sea mala ni mucho menos. Incluso es necesaria y es parte de nuestro ser desde los comienzos. Pero las fallas en la educación, la involución de la familia y los diversos cambios sociales, han hecho de una cosa tan inane como la publicidad, un monstruo generador de presiones, mandatos, ansiedades y frustraciones.

Como Ud. ya habrá comprobado a esta altura es imposible seguir al pie de la letra lo que las distintas campañas de publicidad nos presentan como deseable, o como objetivos a conseguir. Para eso tendría que ser soltero de los 18 hasta los 30, ganar un sueldo de gerente, tener autos de presidentes de empresas, motos de corredores de carrera, muchas mujeres (que obviamente no fueran novias) hermosas, dispuestas a pasear en yate, mientras usa el desodorante tal o los anteojos cuales, al tiempo que fuma los cigarrillos cool. Para luego casarse y formar una familia tipo con dos hijos, dos rurales forras y un labrador. Comprar una casa en un barrio privado, tener seguros de todo, dejar de fumar, vacacionar en Disney y comprar una lancha.

Como vimos, para poder alcanzar las metas que nos propone la sociedad a través del marketing y de las campañas publicitarias ¡no alcanza la vida! Los tiempos no cierran. Y eso lógicamente comienza a crear en nuestras poco adiestradas existencias, ciertos sentimientos de inferioridad o inseguridad respecto a lo que deberíamos estar logrando y no podemos.

Íntimamente ligado al concepto anterior, se encuentra la sensación de insatisfacción crónica respecto de la propia vida, por no poder o no saber disfrutar de los logros o conquistas diarias, dado que siempre hay que mirar nuevamente hacia el frente en búsqueda de nuevos desafíos, en los lugares más recónditos del planeta, mientras volamos por tal aerolínea y usamos tal perfume.

Claramente se puede ver que, de todo lo se nos presenta como esencial para nuestras vidas, nada tiene que ver con la realidad. No es lo que uno realmente necesita. Pero la culpa no es del publicista, no es del marketinero, ni tampoco del empresario. Menos aún del estado en intentar regularlo ¡La culpa es 100% nuestra! Es consecuencia directa de nuestra vagancia, de nuestra flojera. Estos fenómenos estupidizadores suceden porque nadie se molesta en parar un momento la pelota y reflexionar. Siempre es más cómodo seguir al cardumen.

Estos procesos de aniquilación de las ideas, de imposición de costumbres y mandatos sociales, no son mas que una construcción propia de una asociación clandestina entre aquellos sádicos que desean tener el control y aquellos borregos que disfrutan ser controlados. Es una ficción barata, conformista y banal que no lleva sino a grandes picos de ansiedad, que a la postre son calmados con placebos. Frustraciones falsas, falacias incontables, control de la matriz y remedios sin males. Es la clara imagen de Quimera y Belerofonte.

De la mano de las nuevas maneras de interrelacionarse e interactuar a través de los distintos medios de comunicación (destrucción) masiva, los fenómenos de las redes sociales, la inmediatez en la información y las distintas nubes de datos, reconocimientos, locaciones y el “Brave New World” que anticipara Aldous Huxley, en medio de todo eso, queda nuestra conciencia olvidada, postrada, nuestra ética bastardeada, nuestros principios trocados, el salvajismo de traje y corbata, y las nereidas en los anunciadores diciéndonos que todo va a ir bien si seguimos su canto seductor.

Y una vez más caemos en esa horripilante dependencia, que no lleva sino a un naufragio constante que retroalimenta el consumismo desmedido y a la vez lo hace ser parte del mismo, generando un helicoide de pánico por no pertenecer y llevando al sujeto racional a un estadío de “racionalizado”. En otras palabras, hacen sentir al “educando” que realmente se lo está instruyendo para ser un hombre libre, al tiempo que manipulan el significado de Libertad. Esencialmente me dicen lo que tengo que querer y como llegar a conseguirlo. Es quizás -si se quiere- el concepto vertido en “La Aldea” de M. Night Shyamalan.

¿O Uds. en serio pensaban que Isaac Asimov realmente hablaba de robótica en vez de antropología? Cuando se aburran de la pastilla azul (éxtasis, Viagra, blissful ignorance), prueben la pastilla roja. Nos vemos en 1984…