La foto de perfil de Frida Kahlo

 

Hay un dicho muy frecuente en la actualidad que dice que “nadie es tan lindo como su foto de perfil (de facebook, twitter, instagram) y nadie sale tan mal como en su foto de documento”. Una frase que representa lo que somos.

No sorprendo a nadie si digo que las redes sociales sólo muestran la mejor cara de nosotros, sean en el sentido literal o metafórico. Tampoco sumo en nada si agrego que ni siquiera queremos exponer lo mejor de nosotros, sino que, incluso, hacemos lo posible para mostrar una persona distinta a la que somos.

Esas cosas están en la boca de todo el mundo desde el furor de las redes sociales. Quizás es el problema más comentado en la actualidad, el problema de identidad: quiénes somos y cómo queremos vernos frente a los demás. Pero no es malo bajar los humos del problema y recordar que esto pasa desde tiempos inmemoriales, que las redes sociales son una herramienta que amplifica un sentimiento que ya existía en nosotros con anterioridad, y no es raro repetir este mismo patrón en todos los ámbitos.

Por ejemplo, cuando vamos a un boliche y hablamos con una mujer, ella está tomando una impostura ficticia. Al menos que tomaras de forma natural que se saque el corpiño y sus pechos te hagan recordar la planicie de la llanura, o si no te sorprendiste cuando se sacó los tacos y quedó al nivel del mar, la persona del boliche no es un fiel reflejo de ella misma. De igual modo pasa con cuestiones ajenas a lo físico, cuando el Mercedes Benz nuevo con el que le prometimos pasarla a buscar al día siguiente, solamente es real porque la línea 67 cambió de flota.

Las personas siempre intentamos mostrar lo mejor de nosotros. La única diferencia con el pasado es que ahora, con las redes sociales haciendo de mediador entre nosotros y los demás, estamos todo el día preocupado por vendernos a los demás. No importa si estamos cansados de nuestro trabajo mientras viajamos en colectivo o si estamos solos y tristes en nuestra casa, en cualquier lugar podemos sacar el celular y escribir una frase vacía  para hacerle creer a las personas que estamos satisfechos con nuestra vida. Ahora, ni siquiera podemos ser nosotros mismos en la soledad.

Los estragos de querer mostrar algo que no somos están a la vida de todos. Todos algunas vez conocido a alguien que es furor en las redes sociales, una de esas minas que tiene un ejércitos babosos de poniéndole “Me gusta” a esas frases suyas — frases de Buda o Confucio pero adjudicadas al pobre Bob Marley—, con el solo fin de congraciarse con aquella esbelta figura a la cual se imaginan inalcanzable. Pero también sabemos que, cuando llegamos a una situación íntima con aquellas pequeñas personalidades del mundo virtual, cuando la propia situación del acto amerita que se muestren tal cual son, terminan por transformarse en un gatito asustado. Lloran, tartamudean, y todo ese halo de perfección se desvanece por acto de magia al instante de tocar un mínimo de intimidad.

Yo les aconsejaría a esas personas que vayan a un museo y vean toda la colección de un solo artista, cualquiera sea, lo importante es que vean tantos cuadros posibles de un solo pintor, desde sus inicios hasta su consagración. Van a notar cómo fueron pintando distintos cuadros con el paso del tiempo, ciertas etapas que se repiten en todos ellos.

Al comienzo de sus carreras, en sus juventudes, todos estaban muy influenciados por otros pintores, los cuales querían imitar hasta el más mínimo detalle. Van Gogh, por ejemplo, intentaba copiar el aire nostálgico de Rembrandt, Dalí se exigía ser como Velázquez en su cuadro las Meninas, y Picasso era una apagada copia de Goya.

Todos los pintores querían dibujar como sus maestros por considerarlos perfectos, insuperables. Pero, al igual que tuvieron su etapa de imitación, todos descubrieron su estilo luego de este periodo. Más interesante aun, es que todos lo hicieron de la misma forma, con un mismo cuadro: todos descubrieron su estilo por medio de un autorretrato. Momento en el cual, de ahí en adelante, empezaron a dibujar como ellos y no volvieron a caer en la tentación de imitar a otro. Pintar un autorretrato para descubrirse, un hecho tan bello que es una metáfora en sí mismo.

Es una buena forma para descubrir que, por más estudios que dedicaran en aprender la técnica de sus maestros, su única virtud era ser ellos mismos; que los genios no son grandes a pesar de sus defectos, sino gracias a ellos.

Eso pasó con casi todos. Frida Kahlo fue una de las pocas pintoras que no tuvo el periodo de imitación tan marcado. Ella tuvo, eso sí, una pequeña ventaja, que le sirvió para saltarse esa etapa.

Cuando tuvo un accidente de tráfico que la postrada en su cama durante varios meses, incapacitada siquiera de mover el cuello a otro lugar que no fuera el techo de su pieza, Frida le pidió a su padre que le pusiera un espejo en el lugar donde estaba el candelabro, como un intento de menguar el aburrimiento de estar mirando todo el día un objeto inmóvil. Su padre, que la mimaba en todo, le cumplió el capricho. Frida pasó así el resto de su larga internación, mirando su figura, todo el día y en toda hora, sin poder escaparse de ella misma. Luego, pidió una hoja y un lápiz, y se puso a dibujar. Dibujo lo único que veía, su única fuente de inspiración, que era ella misma. Se dibujó sufriendo, con caños terapéuticos clavados a su cuerpo, con su única ceja subrayando la frente, con todas sus imperfecciones faciales sobresaliendo en el rostro; se dibujó única y hermosa, irremplazable, tal cual ella era. Eso va más ella del físico; es el fiel reflejo de haber encontrado eso intocable que llevamos dentro. Quizás, si todos fuéramos tan valientes como ella y quisiéramos dejar una marca en este mundo de la misma forma, nuestra foto de perfil y del documento seria la misma.