De tu mano

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Jugábamos a caminar de la mano, la edad nos perdonaba de cualquier comentario mal intencionado, aunque para mí no era lo mismo hacerlo así, sin su mano caliente. Juntos exploramos los arroyos de la zona de Cangallo, los senderos de tierra que se sumergen en las cuadras de La Constancia, los interminables boulevares del camino a Tandileofú, los verdes sembrados de Cerrillada, el caserío de Fulton, el poblado de Gardey… Pero crecimos, y las manos siguieron calientes y sudorosas, aunque ya no eran lo mismo. Nuestras manos empezaron a hablar más que nuestras lenguas y las miradas, inundadas de culpa cambiaban el rumbo hacia donde se encontraba el otro. Hasta el beso, ese pequeño roce de nuestros labios que se mostraban más sabios que nuestros miedos. Un día nuestras manos se soltaron. Corrimos desesperados en busca de otras manos, de otros hombros, de labios húmedos, de pelos revueltos, y nos llenamos de historias que sepultasen aquel calor con que se contagiaban nuestras manitos desde aquella infancia.

Un día nos volvimos a ver. Ella en su mirada tenía metros y metros de relleno enterrando el calor de aquella mano del pasado. Me evaluó desde sus nuevas historias, desde su nuevo territorio habitado, y no le gusté. Y a mí me dio pena. Soy el único que conoce realmente qué sabor tiene su boca, pero esa boca, la que se reía de verdad, la que ella hoy, entre tantas capas de nuevas experiencias, verdaderamente añora. Yo no enterré ese beso. Puedo vivir sabiendo que mi verdadero piso está varios metros por debajo de donde camino. Allí, si Dios lo quiere, descansaré algún día.