Esa, tu piel…

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Llegará un día en que tu piel parecerá cuero reseco,
funda de descarne dura, cuarteada,
y no habrá mano ni caricia que le vuelvan a erizar los poros,
los poros que serán hoyuelos,
microscópicas pinchaduras
por donde se va desinflando el alma.
Y cuando alguien te roce accidentalmente
y se sorprenda de la raspadura de su brazo
alardearás de tus viejos encantos,
de los hombres que fueron bebiéndote la savia.
Publicarás frenética tus amores de polvorosa y abrojos
cabalgando por llanuras donde al sol nadie compite,
con banquinas de pajonal amarillo y resolana
y aguadas de estancados verdines malolientes.
Aquella piel, de curtidos palos estirando
lo que la sal no quemó en los senderos ardientes de tus veranos,
aquella piel no se ablandará ya con la lluvia
ni tampoco con el rocío sonriente de una mirada que te quiere.
Aquella piel, cuando nadie lo note, aparecerá en la esquina del desván
donde el olvido fulmina la existencia de los espíritus
y deja momificadas los apoyabrazos enclenques de los sillones baqueteados,
polvorientos,
embichados,
y alardearás de tus viejos encantos,
de los hombres que fueron bebiéndote la savia.
Y morirás viva y calcinada
sentada a la lumbrera fulminante de la luz de la mañana
con el cuero sediento de una mano que te busque,
de una boca que se ría, que te cuente, que te cante,
y sin ese rocío sonriente de una mirada que te quiere…
sin eso tampoco.
Y así, muerta,
vivirás para siempre.