La chica de las frases

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–¿Usted es el profesor Belisario Ramírez?
–Sí, soy yo.
–Disculpe que lo moleste, profesor, pero ¿usted conoce a Patricia San Martín?
–¿Patricia San Martín…? La verdad, oficial, tengo muchas alumnas, me suena ese nombre pero…
–Patricia San Martín es una de las recepcionistas de la editorial donde trabaja.
–¡Ah, Patricia! Sí, le ruego me disculpe, es que no conocía su apellido… Patricia… ¿Pasó algo con ella, oficial?
–Bueno, desapareció de su casa y se desconoce su paradero.
–Qué pena… Le tengo mucho cariño, es una chica muy simpática, muy…
–Sí, por eso lo vengo a ver, profesor.
–¿Por qué?
–Es que… no es una desaparición muy común. Patricia desapareció de su casa aparentemente por la ventana, y sin dejar rastro.
–¿Se tiró por la ventana?
–Eso es lo que pensaría cualquiera que viese su casa, sin embargo no hay cuerpo ni señas de haber caído a ninguna parte.
–Es extraño –dijo el profesor ahora con una actitud más desconfiada-. Y ¿por qué me buscan a mí, oficial?
–Porque entre las cosas que quedaron al lado de la ventana abierta, había unos textos que aparentemente son suyos, unas citas.
–¡Las frases! Sí, yo le dejaba cada tanto una frase.
–¿Una frase de qué?
–No, no. A ver… Le cuento. A mí me gusta mucho escribir, y tengo la costumbre de imprimir los cuentos y dejarlos en mi oficina. Patricia muchas veces los leyó, por supuesto que con mi permiso, y un día… je…
–¿Un día?
–Un día… un día me pidió que le dejara una frase.
–¿Qué le dejara dónde?
–No, no. Que le escribiera una frase. Que le regalase una frase.
–Pero una frase…
–Una frase, oficial. Una frase linda, bien construida, una frase de algo interesante, o algo lindo… Una frase. A ella le gustaban algunas frases de mis cuentos y me pidió eso, y a mí me emocionó porque Patricia es una mujer sumamente dulce, es muy tierna, es una mujer muy sensible, y que se detenga en algo que yo no había notado, o no había puesto en valor en mis cuentos, me conmovió. La cuestión que le expliqué que no sabía qué frases le podría dejar que le interesasen, y me dijo que cualquiera estaría bien. No entendí del todo su propósito, pero hice lo que me pidió, de todos modos un pedido así es algo irresistible para cualquiera.
–Y ¿cómo se dieron esas entregas?
–Cada vez que sabía que la iba a ver, antes de llegar a su mostrador, pensaba una frase.
–¿Una frase sobre qué?
–¡Una frase cualquiera, oficial! No me haga explicárselo de nuevo…
–No, no, disculpe, es que es algo extraño…
–Poco común, diría yo.
–Sí, poco común. ¿Le molestaría si le leo alguna de sus frases? Mire, hay algunas frases que sugieren volar o tirarse y mis superiores quieren que se las lea para ver qué piensa usted al respecto. A mí esto me parece innecesario, pero es lo que me pidieron. ¿Tiene usted problema en que…?
–Para nada, léame las frases, oficial.
El policía le hizo señas a otro policía de menor rango que esperaba mudo detrás de él, y este le dio unos papeles.
–A ver… “No tenía sentido lavarse la cara con agua fría aquella mañana, para tratar de despertar del sueño enamorado, de la onírica mirada de aquella mujer real que lo hacía sentir planeando por encima de los techos de los problemas del mundo”.
Ramírez sonrió.
–Es una linda frase –dijo Ramírez.
–Sí. ¿A usted le sugiere que esta frase es una invitación a planear sobre los techos de los…
–¡Pero no! ¡Por favor! Patricia es el romanticismo por antonomasia. ¡Ella me hacía volar cuando me pedía esas frases! Yo sólo describía lo que veía.
–Le digo otra.
–Por favor.
–“En lugar de un botón, el cuello de su blusa se sujetaba por una cinta de satén púrpura, que se anudaba con un moño exagerado, tal vez para que por fin le agradezca aquella entrega, desate el envoltorio de su blusa blanca y, volviendo a forzar los ojales de su camisa sacando lentamente botón por botón, lo conociese todo, lo descubriese absolutamente todo sobre el placer y las cosas que me daban alegría”.
Ramírez bajó la mirada tratando de disimular una sonrisa satisfecha.
–¿Y estas frases estaban dónde, me dijo?
–Al lado de la ventana, con un mate, el termo, un banquito… Acá va otra. “El viento le había susurrado todo, le había explicado los motivos, le reveló los engaños, le mostró las actitudes que tantas veces había pasado por alto, le silbó las risas que entonaron en su honor mientras dormía, y los brindis a su nombre cuando sus cuerpos desnudos manoseaban obscenamente su confianza… El viento no calló nada, le entregó todo lo que en sus brisas cargaba, y cuando por fin terminó, sólo quedó el frío, el batir de su pelo en la ventisca, y el silbido agónico del aire descuartizado sin piedad por un alambre”.
Ramírez con una indisimulable sonrisa miró al policía con algún color en sus mejillas .
–¿Y por qué me lee estas frases, oficial?
–Me preguntan en la jefatura si usted cree que ella estaba pasando por un momento emocional delicado y que estas frases pudieron…
–¡Pero qué estupidez! ¿Me permite esas hojas, oficial?
–Sí, tome.
–“Detrás de cada libro que atesoraba en su biblioteca, él le había dicho que le dejaba el áurea de su ánimo, que había pintado con rocío imperceptible en cada tapa, en cada lomo, su espíritu mordaz y su soberbia, un bosquejo colorido de su psique burlona e irreverente, aunque ella, con la cara enterrada entre sus sábanas, buscaba retenerlo en el olor, ya casi suave, del sudor que la tarde anterior él se secaba de la cara…”…, “Dos disparos quebraron el silencio en la distancia, y ella supo que su perro nunca más volvería a mirarlo buscando compartirse aquellos dolores inaguantables que les quitaban el aliento; a él su cáncer de huesos, a ella esa úlcera sangrante del alma…
–¿Sabía si ella tenía cáncer, Profesor?
Pero Ramírez evitó el disgusto de contestar algo a quien no se daba cuenta ni tenía la capacidad emocional para entender ni sentir lo que tenía en sus manos.
–“Y encontró una carta entre sus papeles. Una carta común. Una carta con un sobre blanco y de unos meses atrás. Y la abrió y encontró manuscritas por él las palabras que estaba esperando desde hacía tanto, tanto tiempo, y que ya pensaba que jamás recibiría: Te amo. Te amo mucho, hija mía. Papá.”…; “Y el doctor le explicó que no eran cataratas, sino que no veía con claridad porque entre el cristalino y la retina había una persona, un chico que le sonreía y le prometía que regresaría por ella, y que como prueba de su regreso le dejaba un pedacito de su alma en la mirada. Y ella le dijo al doctor que sí, que ya lo sabía, y que lo vuelvan a dejar ahí porque ella veía perfectamente. Y le volvió a repetir que lo que ella necesitaba era un cardiólogo.”… “Cada mañana que te veía, lo volvía a entender todo.”…
–Profesor…
–“Si ya sabías que el mar era salado, ¿para qué trajiste ese balde? Bueno… no sé… No sé si es tan raro. También sé que estás enamorada de este tipo, y no me preguntés por qué, pero sigo viviendo.”… “…entonces se elevó por el cielo aquel paño inmenso y blanco formando un domo monumental de género ascendente, y el sol se volvió difuso tras la sábana, y el cielo de género nunca se nublaba, y entre las cuerdas casi imperceptibles que se alzaban desde los extremos, la canastita de Vladimiro subió eyectada hacia el cosmos pálido de aquel cortinado celestial y volvió a caer sin saber nadie bien cuánto duró tras su trágica muerte aquella tan pobre hazaña.”… “Ninguno lo dirá jamás, pero yo no soy ninguno, y se lo digo: usted fue el patrón fundacional con que se comenzó a comprender a qué iba esto de la belleza.”…
–Profesor, gracias, puede quedarse con las fotocopias…
–“¿Y si te dijera que este mundo lo imaginaron otros? ¿Y si te revelara que lo que vos vivís es el pensamiento de personas aburridas y pequeñas…? ¿Y si te venís conmigo a un mundo de avioncitos de papel que trazan regueros azules de polvo de tiza por el aire, y que vamos juntos, tomados el uno del otro de cara al viento mientras debajo los presidentes de un mundo enfermo nos bombardean con denuncias ideológicas…? Si te dijera eso y me dijeses que sí, ¿cuánto tiempo tardarías en volver a abrir tus ojos…? ¿Cuánto tiempo estarías dispuesta a volar trazando estelas en los mares del viento? ¿Cuánto tiempo soportarías estar conmigo?”… “Tus noches…, tus noches mirando la luna se sumaron, y Dios ahora te hace entrega de este gélido otoño blanquecino.”…”Si la guerra diese un fruto, un mínimo fruto, un fruto incluso a pesar de tanta muerte, un fruto insignificante…, si lo diera, entonces habría alguna esperanza.”… “Yo no sabía del aroma a café tostado de tus manos, no conocía el perfume del pan de miel que lleva impregnado tu delantal. No tenía idea de que en el brillo de tu mirada todavía se pueden leer los cuadernos de cocina con que gratinaste la infancia de tantos chiquitos risueños y felices en todos estos años…

Ramírez levantó la mirada, y la gente había cambiado. El ambiente era otro, miró su reloj y notó que había estado leyendo y releyendo aquellas frases por horas. Miró su bolsillo chiquito del saco y encontró una tarjeta. “Sargento de policía Abel Gutiérrez”. Tomó su celular y lo llamó.
–Profesor, disculpe, le avisamos que nos íbamos, pero usted…
–No se preocupe, oficial. Lo llamo porque ya sé lo que le sucedió a Patricia.
–¿Qué le sucedió, profesor?
–Patricia se desvaneció. Seguramente todavía esté ahí, sentada junto a la ventana, leyendo las frases, o recordándolas, o viviéndolas, y se haya vuelto sol, o luz de tarde, o tal vez se volvió el aliento final de lo que… ¿hola? ¿Oficial…?

Ramírez bajó el celular y comenzó a caminar hacia la puerta. “Estamos tan lejos de comprender la física cuántica, las múltiples dimensiones, los ejes cartesianos dentro de otros ejes cartesianos… ¿Y cómo van a entender estos idiotas a Patricia…?

Y salió a la calle y, mirando el viento de frente que le soplaba en la cara, cerró los ojos y gesticuló un beso lento con sus labios. “Te espero en el monumental universo que se nos declare presente en la próxima frase”, le dijo. Y, silbando, se subió al 45 y se marchó.