¿Vamos rumbo a una sociedad tartamuda?

Mendoza año 1992

Mi abuela, que se llamaba Cruz y tenía Alzheimer, me contó una vez una historia que pasó cuando ella era joven, en Maipú; yo la escuchaba a medias, porque estaba viendo Mazinger Z y las tetas de Afrodita. Me dijo que siempre que había un fallecimiento, consecuentemente había  un velorio. Iba todo el mundo, como digno evento social que es; entre ellos siempre iba, invariablemente, el Lucio. Peinado con glostora y la camisa blanca con las alpargatas despeluchadas, el Lucio tenía una mala costumbre, la de robarse las flores de las coronas para regalárselas a su madre. A pesar de las vigilancias extremas nunca pudo ser agarrado con las manos en la masa y tuvo el privilegio del beneficio de la duda.

Un día un grupo de justicieros creó una artimaña por lo demás infalible para sorprender al Lucio y hacerlo caer en el escarnio general. En el próximo velorio, uno se escondería dentro del nicho del cementerio correspondiente, y dejarían allí una tentadora corona repleta de flores frescas, la carnada perfecta.

Cuando apareció el nuevo muerto se congenió con la familia del fenecido el acto de justicia. El Flaco Narváez tuvo el privilegio de ser quien se metiese en el nicho. Así lo hizo y se dispuso a esperar. En todo pueblo hay un personaje que generalmente tiene las facultades mentales disminuidas, o sea que le falta una hilera de ladrillos en la pared; por esa época era el Antón, chiquitito y flaquito como una paloma. Inofensivo e inocente caminaba por Maipú, recibiendo monedas de un público espontáneo a cambio de imitar, muy a su manera, a una paloma. En eso venía el Antón, por el cementerio, ensayando su acto colombófilo, cuando vio la corona de flores, y su cerebro de pájaro le dio la orden de acercarse a comer algunas. Y cuando lo hizo el Flaco Narváez sacó el brazo a través de la corona y lo tomó del cuello al Antón al grito de: Dejá eso ahí, que es de nosotros, los muertos. No hubo manera de explicarle al Antón que ningún muerto lo había tomado del cuello. Mientras el Lucio siguió gozando del beneficio de la duda por siempre.

Quedó en estado catatónico un par de días y cuando habló, lo hizo tartamudeando. Gracias al susto que se pegó no solo era el tonto del pueblo, sino también el tartamudo.

II

Mendoza año 2020.   

La sociedad estaba harta. Por Facebook y por Twitter se expresaban. Robos, asesinatos, violaciones, todos impunes ante la inacción de la policía, que cada vez se veía más desbordada ante el avance de la delincuencia. No funcionaban las leyes, los cercos electrificados, los perros guardianes, los fiscales, los móviles policiales. El engranaje de la justicia estaba sin aceite. Los delincuentes entraban y salían de la Casita de Piedra como si fuese un bar en momentos de dos por uno, caminaban por las calles como bandidos en un western spaghetti, bamboleando las tumberas en un costado, mirando amenazantes. Un bello caos.

Se pensaron soluciones. Más trabajo; más educación; más contención; más mano dura; la bendición del Papa Francisco; elegir a la Reina de la Delincuencia e integrarla en la Fiesta de la Vendimia; independizar el departamento de San Rafael y hacerlo una provincia aparte (esto no tiene nada que ver, pero ellos siempre lo piden) ponerle a cada habitante una cámara GoPro en la frente para así poder monitorear sus movimientos y anticiparse a un delito; mudar toda la provincia de Mendoza a la isla de Svalbard, en Noruega, donde parece que el índice de delitos es bajo y encima tienen un rey que se llama Harald y es rubio y de ojos celestes. Ninguna alternativa parecía ser viable, aunque se pensó mucho el tema de Noruega. Entonces, el dueño de un frigorífico devenido en político pensó en voz alta que a los caballos con una pata lastimada se los sacrificaba. Algunos tenían la honradez lastimada, sin posibilidad de curación, entonces por qué no sacrificarlos.

– Claro – dijeron los medios. Y la gente también dijo claro. Pena de muerte, pena capital; el medio no importa, importa el fin.

El último ajusticiado fue un chileno llamado Juan Rodríguez, en 1902, acusado de matar al matrimonio Elías, gente para la cual trabajaba. Cinco Mauser a cuatro metros le hicieron atragantar la última cena. Ahora que habían pasado 112 años reflotábamos el castigo. Multitudes salieron a las calles a festejar, cual mundial ganado o fallido y cantaban: mirá mirá mirá, sacale una foto, ahí están los delincuentes con el culo roto. Felicidad popular absoluta.

Había que elegir un método. La horca, el pelotón de fusilamiento, meterle la cabeza abajo del agua como a los gatitos, la cámara de gas, la guillotina, la inyección letal, el hacha, el garrote vil, la lapidación, la hoguera, la silla eléctrica; los pasamos por la rueda, los crucificamos, los desmembramos,  los empalamos. Había que elegir uno o, por qué no, implementar todos en su justa medida. En público en la cancha de Talleres en la calle Minuzzi, a todo el mundo le queda cerca; en privado se podría usar el despacho del gobernador en el cuarto piso de la Casa de Gobierno.

Entonces, al azar, entre tanta variedad se eligió al reo que sería el primero en tener el privilegio de ser ejecutado por la sociedad. Fue un tal Flores, que había cometido una aberración digna de ser castigada con la pena de muerte. Flores siempre se proclamó inocente, lejano al lugar de los hechos, pero según la policía científica eso era imposible. La ciencia lo avalaba, además del testimonio de unos vecinos.

El castigo fue impartido en el cuarto piso, usando un balde con agua, como con los gatitos. Flores corrió la misma suerte que el chileno en 1902. La sensación de satisfacción por un trabajo bien realizado era general.

Entonces ocurrió lo impensado, lo inverosímil: el verdadero autor de la aberración cayó ante la justicia, delatado por su madre. La policía científica avaló mediante un nuevo cabello encontrado en el lugar del hecho que Flores era inocente, un tanto tarde para él.

Habíamos matado a un inocente. La ética, la moral y el dilema de que si la vida es sagrada o puede ser sesgada en compensación por algún acto cometido quedaron nulas. Habíamos matado a un inocente.

III

Mendoza año 2014

Ese es el tema, pasamos de crear un tartamudo a ponerle un sobretodo de madera.

Pero ¿cómo estar totalmente seguro de la culpabilidad de alguien? ¿Y si es un inocente? ¿Y si en la futura galería de la muerte, en la Boulogne-sur Mer, un condenado clama por su inocencia siendo esta real?

Con la pena de muerte no hay vuelta atrás. Entonces yo no pido pena de muerte, ni digo lo mato yo mismo. No inventemos a un Carlos de Luna o un Edgar Tamayo. No involucionemos como sociedad.

En EEUU se han ejecutado 1386 personas, desde 1976 hasta la fecha, de las cuales dos se sabe que  eran inocentes.

¿Qué pasa¿ ¿Son pocos dos? Si uno ya es mucho.

No vaya a ser cosa de que algún día nos quedemos tartamudos.