Entre frutillas, gorriones y un aire acondicionado

Toll y Pinedo

(Esta historia está basada en un hecho real, aunque los nombres son ficticios. La secuencia de los hechos y los lugares fue levemente alterada para preservar el anonimato de sus protagonistas. O por lo menos el del supuesto Enrique)

 

Enrique y Paula juntaban frutillas y moras de unas plantas silvestres que crecían en las orillas de las vías del ferrocarril que iba a Puente Alsina desde ahí, desde Aldo Bonzi. En realidad Enrique juntaba las frutas porque conocía cuáles eran las buenas, las malas, y cuáles no eran frutas, ya que Paula había sabido recoger piedritas o cascotes de dudoso material en sus canastos. Cada mañana la bruma los envolvía en la larga caminata que ambos hacían tomados del brazo y cantando en voz bajita y ronca de sueños frescos por las vías hasta detenerse en la curva, entre el cruce de Castro Barros y el Camino de la Virgen María, cerquita de la estación Ing. Castello. Allí Paula sacaba un termo de café con galletitas y le servía a Enrique mientras que este, en cuclillas y con el canasto de lado, juntaba los frutos que la naturaleza les entregaba para su subsistencia.

Enrique era un hombre de corazón abierto y generoso. Sus ojos húmedos y penetrantes buscaban permanentemente el dolor ajeno para endulzar sus almas con una frutilla o un par de moras. “No estés triste. Tomá, acá tenés una frutilla”, decía, y nadie escapaba al encanto de su ternura sin devolverle una sonrisa. Compartía lo que no tenía y todos en Aldo Bonzi lo amaban, aunque no hay mucha gente en Aldo Bonzi. Bah, él vivía en Toll y Gral. Pinedo, y ahí no vive mucha gente.

Paula tenía la mirada del deseo. Sus ojos parecían haberse lavado las lagañas de la inocencia y miraban atravesando a las personas. Podía vestirse con harapos que a la semana los ponía de moda. Todo le quedaba atractivo. No poseía una figura exuberante, sino que su cuerpo era el necesario, como todo en su vida. Su voz podía desaparecer tímida en los juegos para niños de una plaza, o hacerse notar perturbadora en la cumbre nevada y gélida de una cordillera. Su cabellera calculadamente despeinada la hacía verse adecuada juntando frutillitas en las vías, o con una copa de vino una tarde en el patio de Feliciano en la fiesta de su cumpleaños.

Feliciano, vecino de Enrique y Paula, tenía un quiosco en Aldo Bonzi, a doce cuadras de su casa. Era el más adinerado de la calle Toll, que es una cortada de cincuenta metros entre Pinedo y Pilcomayo. Feliciano hacía unos años que había cambiado el horario del quiosco para pasarse un rato al menos viendo a Paula salir de su casa con Enrique tarareando olor a limpio y ondulando su cuerpo a cada paso. Feliciano celaba de aquella bruma que la manoseaba obscena y fantaseaba con el día en que se le de la oportunidad para olerle la piel desde más cerca.

Él vendía en su quiosco las frutillas y moras de su parejita de vecinos por monedas miserables, y no comprendía de qué vivían. En la cuadra se comentaba que a la tardecita, cuando el sol destilaba la sangre de los obreros en el cielorraso astral del conurbano bonaerense, Paula salía a su patio de tierra y escombros y cantaba una melodía que sólo los gorriones conocían, y entonces ellos le servían el alimento que los mantenía con vida. Pero Feliciano no se convencía de aquella historia, y un día en que Enrique le llevó las cajitas con sus frutos para vender, le preguntó.

¿Y ustedes no se mueren de hambre vendiendo estos frutitos pedorros?”, y Enrique le confirmó la historia de Paula y sus amigos gorriones, y le dio detalles de un lomo a la Eduardo VII con papas noisette que le trajeron unos tordos la semana anterior del que aún continuaban ponderándolo por las noches, antes de sumergirse en las sábanas para rozarse la piel con sus miembros cansados y calientes. Y mientras Enrique narraba los secretos de alcoba Feliciano miraba con rabia a Langosta, su perro color tierra que lo miraba triste, siempre triste. “Y ¿cómo hacen los gorriones para ayudarlos a pasar este calor insoportable de enero?”, le preguntó Feliciano. “No, Paula se lleva mal con estos calores…”.

El jueves que le siguió al lunes en que Feliciano habló con Enrique, un camioncito llegó a la calle Toll con un equipo que no se podía saber a ciencia cierta si era una pequeña torre de enfriamiento industrial o un equipo gigante de Aire Acondicionado. Seis personas entraban y salían con herramientas y Bobcats de la vivienda de Feliciano. Terminaron entrada la noche, y cuando se fue el camioncito el olor del gasoil quemado quedó estático en el aire caliente, y Paula le comentó a Enrique que los gorriones se tuvieron que ir, que no podían entre el calor y la falta de oxígeno. Esa misma noche Feliciano habló con Enrique y Paula, y los invitó a festejar su cumpleaños, que era ese mismo jueves.

Antes de entrar les había llamado la atención que Feliciano no tuviera amigos. Aunque no era una persona simpática, y tenía su cuerpo casi deforme por andar encorvado insultando a las comadrejas que se le afincaban debajo de un viejo carrilín de mermelada a granel que guardaba en su cochera, uno siempre tiene un amigo, dos… Feliciano abrió la puerta. La sorpresa de verlo con una campera con corderito, pantalón grueso, medias, borceguíes y gorrito duró dos segundos. Luego, una ola polar los invadió aún estando fuera de la casa.

Pasen”, dijo, y les proveyó de unos sobretodos de grafa reforzados y pantalones y gorros blancos para cámaras de frío. Los ojos de Paula se perdieron en los detalles. En un estante del living Feliciano tenía libros, fotos, carne picada, leche y unas empanadas. Cada vez que abría la ventana del living se prendía una luz acuosa escondida en una garganta de yeso en el cielorraso. Los burletes de los cerramientos eran triples y si se cerraban había que esperar unos treinta segundos para poder volverlos a abrir, y la mesa ratona era una parrillita de alambre grueso blanco donde convivían un cenicero, dos libros decorativos, media tarta pascualina con huevo y dos presas de pollo aún con su envoltorio de telgopor y celofán.

Cuando Enrique le comentó algo Paula no pudo escucharlo fascinada viendo el vapor blanco que salía de su boca. Feliciano los invitó a sentarse pero les advirtió que cada once minutos debían moverse porque a los doce minutos comenzaba el proceso de hipotermia. Lo había aprendido con Langosta, su perro, que ahora estaba como embalsamado sobre un estante de la cocina sujetando unos papeles. “Dormía en la cocina cuando prendí el aparato…” explicaba simulando pesar. Y luego les dio unas copas de vino que alzaron por sobre sus cabeza, y Feliciano sonrió, Paula mantuvo su boca entreabierta, y Enrique… estornudó.

A la mañana siguiente Enrique salió sólo a juntar frutillas porque Paula dijo sentirse mal por el cambio brusco de temperatura, pero le preparó un bolsito con el mate y las galletitas. “Vas a ver que te va a ir mejor hoy, no vas a tener que cargar conmigo que soy un lastre inútil”, le dijo ella mientras lo empujaba hacia afuera de la casa. La mañana siguiente Paula tampoco fue porque se le hizo un agujero en su pantalón, dijo, pero no de los agujeros que estaban, sino uno accidental y debía coserlo. A la mañana siguiente tampoco, y cada vez que volvía Enrique la notaba radiante, contenta, y sobre todo… fresca. “No sabés lo bien que me hace pegarme una duchita fría, Quiquesito”, pero Enrique sabía que el agua de la ducha salía tan caliente que lavaba la yerba, sin embargo callaba.

Fue antes de que comience febrero. Los pájaros insistían con agitar las alas en ese oxígeno caliente, y caían sin resistencia como piedras en polvareda. Enrique volvió con las frutillas y, como ya se había hecho costumbre, Paula no estaba aunque al rato apareció. Venía de afuera.
–Enrique, perdóname, pero no puedo mentirte más. Estoy saliendo con Feliciano.

–¿Con Feliciano? Pero, Paula… Si Feliciano es una mala persona, además está maltrecho, tiene el aliento del agua estancada, se baña con lejía y bicarbonato de sodio… ¿Qué tiene él que yo no te haya podido dar, mi vida…?
–Enrique, sé que no es moralmente elevado lo que estoy haciendo pero me voy con él… porque tiene aire acondicionado.
–Mentira… Me estás mintiendo, decime la verdad, ¡por qué te vas, Paula!
–Es la verdad, Enrique. Esa es la verdad. Mentira es que la comida que comimos me la traían los pajaritos, pero ese es un secreto que me voy a guardar para siempre.
–Paula, no me dejes…
— Enrique, sos muy bueno, pero me voy. No me banco más este calor.
Paula cruzó la calle y entró a lo de Feliciano.

Los fríos de este Julio fueron más crudos que lo usual, sin embargo, estoica, Paula sale cada mañana de lo de Feliciano y lo acompaña al quiosco. Al inmenso aparato de aire acondicionado ya no se lo escucha rugir. Una gitana que le tiró las cartas a Sergio, un vecino de la cuadra, le auguró unas tres noches de sexo apasionado con Paula, y que luego ella se iría de Aldo Bonzi para siempre, y que sólo se volvería a escuchar hablar de ella una sola vez más. Y que él, Sergio, conocería a un tipo que lo involucraría en política y se volvería un próspero empresario. Y que Feliciano lo mataría de dos balazos al enterarse de la aventura con Paula y escaparía a Ecuador. Y que a los pocos meses todos en la calle Toll ya habrían olvidado para siempre esta pequeña historia.