Las espinas y las rosas

floreria_virtual

por Gachy Ferrari

Sacaba las rosas del tacho con un movimiento mecánico. Una por una, con habilidad casi quirúrgica, iba retirando las espinas del tallo con la pinza que le había fabricado Manuel. No miraba el tacho, ni las rosas; tenía la mirada puesta en algún lugar del otro lado de la vidriera. La cabeza inmóvil, la vista perdida, mientras abajo las manos se movían laboriosas. Al tiempo que iba formando la pila de rosas sobre el mostrador frente a ella masticaba palabras en un susurro. Los dientes apretados detrás de los labios que se movían, las palabras refunfuñadas casi imperceptibles.

“Ahora me va a escuchar este Manuel… Yo no puedo seguir así… ¿Qué se ha creído…? Noooo, si se piensa que todo va a quedar así… está equivocado…” Repetía la letanía en su cabeza una y otra vez. Había pasado toda la noche dando vueltas en la cama con ese asunto en la cabeza. Había repasado el discurso cientos de veces, se sabía de memoria cada palabra, cada frase, cada punto y coma. Finalmente le largaría todo eso en la cara, todo eso que guardaba de tanto tiempo.

Cada movimiento que hacía para arrancar las espinas era minuciosamente ejecutado de memoria. Los dedos estratégicamente apoyados en la pinza en una mano, mientras la otra mano iba girando la rosa suavemente, tanteando sin ojos el tallo en busca de espinas. La pinza entraba sesgada en la raíz del pincho y con un movimiento certero que nacía en la muñeca, desprendía la espina sin dañar un ápice del verde tallo. Uno o uno, veinticuatro tallos girando en sus manos en una danza monótona al compás de sus pensamientos infinitos; el mismo movimiento una y otra vez, las mismas palabras retumbando como tambores en su cabeza, la boca repitiendo sin palabras un mantra inagotable, dibujándose en su mente como un mandala inextinguible.

Dejó la pinza a un costado y se limpió las manos en el delantal a rayas que le había comprado Manuel. Recogió la hoja de diario sobre la que había depositado las espinas tomando de a una las cuatro esquinas y juntándolas en el centro, formando una especie de bolsa. Con sumo cuidado giró el cuerpo a la derecha llevando la bolsa con espinas delante de ella hasta la caja donde iban los desechos. Bajó el cuerpo lentamente para que no se le cayera nada y depositó el paquete con suavidad. Le costaban los movimientos; sentía el cuerpo pesado, cansado por la noche sin dormir, agotado de tanto pensar. Se incorporó despacio, apoyándose en el borde del mostrador. Ni bien levantó la cabeza, vio a Manuel espiando a través de la vidriera.

Entró Manuel con un paso largo y firme, la mano en el picaporte abrió la puerta en un solo movimiento giratorio; de fondo, el tintinear del cascabel de la puerta acompañó la embestida y la vidriera toda se iluminó al tiempo que el sol afuera corría las nubes para acompañar a Manuel. Los dientes alineados aparecieron enormes en esa sonrisa; “Buenos días, su señoría,” soltó con los ojos brillantes. Alargó la mano delante de él y abriéndola como una bandeja dejó ver un bombón de azúcar con forma de frutilla, de esos que le gustan a ella. “Un bombón para otro bombón,” deslizó.

Contestó con un hola tenue, aunque no pudo esconder el rubor en sus mejillas. Tomó el bombón de su mano sin mirarlo a la cara; podía sentir aún el calor en su propio rostro. Pausadamente, puso el dulce en su boca y lo mordió en la mitad. Sintió los dientes hincarse en la suave gelatina roja, sus labios se cerraron sobre los pequeños granos de azúcar que lo cubrían, el ácido de la frutilla explotaba en su lengua y la saliva bañaba ya el festín. No pudo contener el suspiro mientras cerraba los ojos y sentía en su boca húmeda los labios tibios de Manuel.

En una mueca tosca tiró el cuerpo hacía atrás procurando alejarse. Manuel ya estaba detrás del mostrador buscando los papeles celofán para armar los ramos. Pasó frente a ella extendiendo los enormes papeles dorados como una cortina, acompañando su camino con el crujir del celofán y tarareando una rumba de moda. Dejó la estela su perfume en el aire; las flores lo seguían. Ella ya había separado los dos ramos y ordenaba las flores en cada puñado prolijamente. Manuel doblaba el papel en un triángulo y hablaba sin demora sobre la entrega, al tiempo que ella ataba los ramos con piolín de algodón y terminaba su bombón de un solo bocado. Manuel plegaba el papel brillante que chirriaba en sus manos alrededor de las rosas rojas. Ella cortaba la cinta de regalo mientras intentaba contener infructuosamente una sonrisa por la esquina de la boca.