La culpa es nuestra

Un día vinieron a pedirle a la Dayana que sea madrina del Benja. Ella había sido su maestra jardinera en un SEOS del Campo Pappa. El bebé se había encariñado con la “seño” y los papás le ofrecían el madrinazgo. Ella aceptó con la única condición de que le permitan ser una madrina presente, que le permitan llevárselo a su casa, estar con él los fines de semanas y verlo cuantas veces quiera. Más allá de los papeles, la Dayana quería ser una madrina real, de carne y hueso. Los padres aceptaron gustosos. Se llevó a cabo la ceremonia formal del asunto y a partir de ese día la seño pasó a ser la madrina del Benja.

El Benja vivía en una casa sin puertas ni ventanas, el contrapiso de cemento permitía que dentro no hubiese la misma tierra que en la vereda, o en la calle… vereda y calle inexistentes. La puerta era un marco, el nailon hacía las veces de cortina y se comía “la diaria” porque no había heladera para mantener los alimentos. El invierno se calefaccionaba con colchas y sopa caliente. El verano se refrigeraba con el viento y la cerveza. Lo maravilloso de la villa es que no hay diferencias entre el adentro y el afuera, para los niños que viven ahí todo es su hogar. Basta saber donde no entrar. La cumbia sonaba todo el día… eso hacía felices a los “wachines”. En ese hogar no solamente vivía el Benja y sus papás, sino abuelos, tíos y primos. Los padres eran dos chicos menores de edad, cuidaban autos en la San Martín Sur de miércoles a domingo. La abuela, devastada por la droga, no superaba los cuarenta y cinco años. Pero su semblante y su boca sin dientes la encuadraban en una mujer de sesenta… destruida. En sus momentos de lucidez intentaba llevar adelante la familia. Lo hacía como podía y más o menos atinaba. A veces. Las menos.

La Dayana era clase media, normal, laburante. De bebé se llevaba al Benja a su casa todos los fines de semana, cuando se hizo un poquito más grande se lo comenzó a llevar más días. Aún hoy se lo sigue llevando.

En la casa de la Dayana prácticamente adoptaron al Benja como un hijo. El nene llegaba desesperado porque sabía que habían cosas ricas para comer, juguetes solamente de él y una familia completa a su entera disposición. Le dieron la contención que cualquier persona consideraría como “normal” para un niño. Lo alimentaron, lo vistieron, lo hicieron jugar, lo llevaron a ver películas, espectáculos, shows para niños. Le enseñaron a andar en bicicleta, a usar los cubiertos, a compartir, a sentarse a la mesa a comer, a pedir “por favor”. Le sumaron a su léxico nuevas palabras, sin dejar de compartir entre risas sus “wachin”, sus “manso”, sus “llantas”, sus “rati”, sus “gato”. Fue un aprendizaje recíproco.

La familia de la Dayana jamás intentó borrar las raíces del Benja, sino que se las respetaron, festejaron y le mostraron que también había otra realidad. Jugaban con él a “esconderse de la policía”, morían de risa con sus anécdotas de la villa, lo hacían bailar cumbia villera y lo dejaban ponerla “al palo” cuando manejaban. El Benja fue creciendo como un niño feliz, sin más ni menos, con muchas más herramientas a su alcance que las brindadas por sus raíces. Vino Papá Noel, los Reyes y los ratones. Incluso la Dayana se lo llevó de vacaciones a conocer el mar en Chile y cientos de fines de semana a Potrerillos y Cacheuta.

En noviembre el Benja cumplió cuatro años. La Dayana le alquiló un pelotero, compró torta, hamburguesas, gaseosas y cervezas para festejar. Al evento estaban todos invitados, los familiares del Benja y la familia de la Dayana, entre ellos yo.

Punto aparte es recalcar el impresionante respeto que tienen en la villa por la gente como la Dayana. Ni hablar de los papás del Benja. La aman, admiran y apoyan en todo. Además de reconocerle en forma permanente la mano que les ha dado cuidando al Benja mientras trabajan… porque ellos creen que ese es el gran favor, no pueden ver más allá.

Entonces llegue al pelotero, con “motos pisteras y un Audi descapotable”… los juguetes favoritos del Benja. Y me senté a observar el panorama. En el cumpleaños estaban todos los amigos y familiares del nene. Los compañeros del jardín, que tienen la misma edad que él y son de la villa, y los primos, que tienen dos o tres años más, también del Campo Pappa.

Se me hizo un nudo en el alma. Una mezcla de sentimientos me vino encima. Fue la anatomía de un instante. En un momento todos los nenes estaban en el mismo espacio, todos de la misma edad, meses más, meses menos. Algunos jugaban, otros comían torta, otros miraban la piñata. La diferencia era un abismo. Me dio una felicidad enorme por ver al Benja tan grande, tan lindo, tan bien parado, tan despierto, dinámico, activo… bah… tan como un nene de cuatro años, como mis hermanos a esa edad o como cualquier pibito que solía ver. Pero ver a los demás nenes… fue terrible. No solamente por la diferencia de tamaño, peso y vitalidad, sino por las actitudes, la maduración, la lucidez… los nenes parecían de dos años o menos. Eran más chicos. En todo sentido. Las caritas, los bracitos, la lentitud para encarar la vida, la manera de jugar, la falta de creatividad, de imaginación. Y lo más fuerte de todo… el Benja era un nene feliz, se veía en su mirada, en sus mejillas rozagantes, se notaba a la legua. Se veía futuro en él. No digo que los demás nenes no eran felices, pero la mirada era distinta, no solamente la actitud. El Benja tenía herramientas adquiridas, naturalizadas, intrínsecas.

Habían nacido en la misma cuna, pero el Benja había tenido otras posibilidades y la diferencia entre él y los demás era un abismo. La vida del Benja iba a ser distinta para siempre, por siempre, su mirada iba a ser otra, su forma de llevar las cosas, de afrontar la realidad, iba a tener muchas más herramientas para encarar el futuro, para ser alguien, para procurarse lo que anhela.

Y me sentí culpable, culpable como persona, como sociedad, como hombre. Así que ahora me vienen a hablar y defender la “meritocracia”… concepto horroroso que alude a que cada uno tiene lo que se merece o que cada uno tiene que esforzarse por ganar lo que quiere. ¿Cómo no sentirme así cuando veo ese cuadro tan desparejo de oportunidades? ¿Cómo no lamentarme por esos nenes? A la Dayana jamás le importó que la familia del Benja sea pobre, ni que tengan problemas con la droga, ni que tengan planes sociales, ni que no sientan que “el trabajo dignifica”. Simplemente contuvo al nene, le dio lo necesario y le brindo el cariño y el amor que cualquier bebé necesita. Algo básico y natural.

Hoy el Benja es un negro hermoso, lleno de vida, tiene un futuro asegurado porque él mismo es capaz de construirlo, tiene herramientas, tiene posibilidades, tiene chances de ELEGIR. Cosa que ninguno de sus amiguitos y primos podrá.

Entonces, queridos lectores, la culpa no es de la abuela drogadicta, ni de los papás cuidacoches, ni de la villa que le tocó vivir… la culpa es nuestra.