La Catacumba Literaria

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Me detuve un momento, saqué la mirada del texto y pensé que debía escribir una nota con aquella cantidad de citas que marqué en cada párrafo del librito. Michel Houellebecq era un gran descubrimiento. Lo conocí, o supe de su existencia mejor dicho, cuando el atentado de la revista Charlie Hebdo. Él presentó su libro “Sumisión” el mismo día de la masacre, y en la redacción, en el momento fatal en que irrumpen los asesinos, el periodista sobreviviente del atentado Laurent Leger contó que en ese preciso momento hablaban de él, de Houellebecq.

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Michel Houellebecq

El mundo como supermercado” es una recopilación de notas suyas publicadas en la década del ’90, un libro –esto pensé yo cuando lo empezaba a leer- que habla sobre nada, sobre lo que le pasaba tal o cual día y que él cumplía en transcribir en las revistas que lo contratasen. Pero me equivoqué. O no, o tal vez no me equivoqué, tal vez era así, pero esa cabeza de Houellebecq es un estanque sereno en el infierno que refleja fiel y sin distorsión -excepto por la estela piadosa y ondulante de la poesía- la realidad que no vimos en aquel tiempo y que vivimos ahora, en la segunda década de este insípido milenio. En el libro aún no habla del Islam, que es lo que hoy le da la fama que tiene.

Marqué otra más de las tantas páginas que quería recordar y continué leyendo hasta que el subte llegó a mi estación y me bajé. A la vuelta no me pude sentar pero me acomodé entre los caños y una puerta y volví a ponerme en las retinas de mi nuevo amigo Michel, cuando en una de las tantas estaciones entró una mujer y se paró delante de mí. Como no había mucha gente en el vagón, la miré por si la conocía, pero ni procesé aquel rostro y volví a la descomposición como de fracaso triste que le producía el Arte Contemporpáneo a Houellebecq, cuando entendí que sí conocía a esa mujer. La vuelvo a mirar. “¿Beatriz Sarlo?”, le pregunté.

Al principio no supe qué decirle. Le conté que la admiraba, que siempre leía sus artículos, y que me sorprendía verla en el subte. “Todos los días me tomo el subte”, me contestó. Después de algunas frases producto de mi sorpresa me preguntó sobre lo que leía y nos pusimos a hablar de Houellebecq. Yo le contaba que estaba muy gratamente sorprendido de este pensador francés, salvando su presente postura sobre el Islam, ya que ella me recordó aquella faceta de inmediato. Hablamos un rato de este libro, de Houellebecq y de su pesimismo, y lo que permite un viaje en subte de dos paradas para alguno que otro pensador contemporáneo más, hasta que me dio el pie para preguntarle qué pensador me recomendaba leer.

Sarlo y Valencia

Beatriz Sarlo y el que suscribe en el subte

“Bauman”, me dijo. Y me llené de orgullo. Zygmunt Bauman. En septiembre del 2015 escribí un artículo (Interregno: el mundo entre lo que fue y lo que nunca termina de llegar) donde hablo del “Interregno”, que es un viejo término sobre la Roma Antigua que Bauman usa para referirse a su Modernidad Líquida. Con una indisimulable sonrisa le dije que lo conocía. “Entonces…” me dijo dos nombres pero no los pude entender. Los repitió, pero avergonzado tuve que insistir mientras buscaba papel y birome para tomar nota. Y los volvió a repetir, y la puerta se abrió, y con el aire fresco se fugó parte del vaho cálido del vagón, y entre esos alientos se desvaneció uno de aquellos nombres. El otro, Agamben, “¡Sin hache!”, me aclaró ella ya sobre el anden, lo pude anotar.

Me iba a volver para mirarla cuando una persona se me para delante. “¿Era Beatriz Sarlo, no?”. Sé que puede resultar inverosímil, pero cuando lo miré no tuve ninguna duda de que era Chayanne. Ahora, mientras escribo este artículo, lo busco en internet y no, no era. Pero era más que muy parecido. Probablemente la confusión también se dio porque me habló con un acento marcadamente mejicano.

Sí, era Beatriz Sarlo”, le digo, “siempre leo sus artículos, fue una grata sorpresa encontrarla en el subte”. Entonces nos pusimos a hablar sobre ella, sus ideas políticas, sobre su historia. Me llamó la atención que la conociera tanto siendo mejicano (en la conversación me confirmó que lo era). Evidentemente era un gran lector. Al llegar a la estación 9 de Julio le dije que bajaba. Muchos hacen trasbordo a la línea C, ya sea para ir a Retiro o para retomar cualquiera de las otras líneas así que no era raro que bajara conmigo, sin embargo cuando 

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Chayanne en los subtes porteños

me vi con él en el andén hablando de escritores sentí una alarma de peligro. El tipo era tan llamativo por ser igual a Chayanne que me parecía rara la situación. Y como todos los porteños de Buenos Aires, empecé a mirar para atrás y para adelante. Sin embargo yo, como él, también estaba muy entretenido con la charla sobre escritores. Él me contó que hacía unos días estando en Méjico un amigo lo tentó para ir a una charla de Ricardo Piglia, a la que por algún motivo no pudo ir. Al día siguiente se venía para la Argentina y, haciendo el Check In… ¡Ricardo Piglia! Lo mismo que yo no pudo no saludarlo, y aprovechó la coincidencia para empezar una charla con él. Y así hablamos de una u otra cosa más, lo que se puede hablar entre un vagón que se abre en la estación 9 de Julio de la línea D y el túnel de desvío de las escaleras que conducen al ramal que va a Retiro, donde le di una palmada en el hombro y lo despedí.

¡Espera!”, me dijo (sí, no me dijo “esperá”, me dijo “espera”). Yo lo miré, él estaba fascinado. Extrañamente siendo yo tan desconfiado entendía perfectamente esa fascinación. Los libros me han provocado estas situaciones en muchas oportunidades. Se reía. “Decime en dos palabras qué tal es Houellebecq”.

Hace algunos años, cuando yo vivía en Tandil, me pasó que una noche a las 23 horas los choferes de ómnibus de larga distancia hicieron un paro sorpresivo con duración incierta en la Terminal de Retiro. Antes de que se cumpliese una hora del inicio de la medida imaginando que estaríamos allí hasta altas horas de la madrugada muchos se habían acomodado en el suelo y se habían armado en grupos donde se compartía el mate y las

Giorgio Agamben

Giorgio Agamben

galletitas. Siempre me pareció una obviedad “La Autopista del Sur” de Cortázar por estas cosas. Yo no recuerdo cómo (probablemente por el libro que leía) comencé una charla con un tipo que sabía mucho. Me habló de tantos autores, los categorizó muy bien, me contó que en su familia leer era prioritario y que las bibliotecas en sus casas eran un problema, me sugirió que ignorara al Juan Pablo Feinmann de la tele y que leyera una de sus novelas, y si los choferes no hubiesen regresado de pronto a los colectivos nos habríamos pasado la noche entera solo disfrutando de aquella caserita crítica literaria.

No es un gran escritor, es un pensador, un observador, un poeta, un pesimista que habla de este tiempo habiendo escrito aquellas cosas hace más de veinte años…”, y le conté un poco más, y supe que se podía quedar ahí detenido en aquel pasillo varias horas más, como yo. Sintió como una traición cuando le di una palmada en el hombro y doble hacia la otra escalera. No me di vuelta, pero nunca lo vi irse.

Ahora, mi prioridad es resolver qué leer de Giorgio Agamben, y regresar cuanto antes a las ruidosas catacumbas literarias de Buenos Aires.