De antemano

Por Emi Sanchez

Me encontré en un mundo de desolación absoluta, de edificios desmoronándose, de personas en llamas, llorando, gritando. Gente rezando en las calles, gente confesándose ante un Dios que perdona, esa gente que sabe que no ha hecho nada más que el mal toda su vida y espera ir al cielo, “salvarse”, cuando solo le quedan despojos de vida.

Un panorama desagradable, con un olor pegajoso, casi palpable, olor a… a desesperación. Corrí, porque era lo único que podía hacer, me vi impulsado a hacerlo, parecía una lluvia de fuego descendiendo por sobre nuestras cabezas, note que no me había quemado ni una vez, aun así continúe corriendo sin rumbo por las atestadas calles en ruinas.

Repentinamente sentí una fuerza extraña que me sacudía el cuerpo, se me nubló la visión, ese mundo en ruinas desapareció. Un sueño. Era solo un sueño, pero más que un sueño era una pesadilla, una de esas que no se olvidan nunca. Sudor, sudor frio recorría todo mi cuerpo, lentamente me refregué los ojos sacándome las lagañas que me impedían abrirlos, y experimente la hermosa sensación liberadora que se siente cuando uno se da cuenta de que solamente ha estado soñando. Extrañamente el olor a azufre, el olor de mi sueño no había desaparecido. No le di importancia algo se debería estar quemando por ahí.

Abrí lentamente los ojos y lo vi. Vi la razón de que mi sueño se hubiera desvanecido, era mi mejor amigo. Me había zarandeado violentamente para despertarme del espantoso sueño, liberarme.

Adormecido y entumecido escuche atentamente lo que Felipe tenía que decirme:

– ¡Rápido, levantáte! Que todo se está cayendo a pedazos….