Despertar

cama

por Hernán Devizia Arreyes

“Este espejo debe haber visto cosas extrañas, señor…”
L. Stevenson

 Un cuarto en penumbra.

Algunos orificios de luz en la persiana. Motitas de polvo suspendidos en los rayos de día. Manchas difusas en la pared opuesta, descienden milímetros, y una da sobre las agujas del reloj. Casi las siete y cuarto. Una chispa de sol, audaz, salta centímetros, una pestaña vibra.

Suspira. Se remueve en la cama. Entreabre los párpados (la chispa se ha esfumado).

Lentamente se incorpora, de lado. La cabellera oscura se resiste a dejar la almohada hasta el último instante posible. La modorra; respirar acompasado todavía; las cobijas deslizándose de su hombro, acariciándole el brazo.

Detrás, la silueta enmarcada en la puerta del armario abierto le copia también el gesto de extraer las piernas, bajar los pies al suelo. Un rumor de dedos buscando las pantuflas. Ahora los brazos que se extienden, se abren cuanto pueden y van subiendo en un gran arco que despereza, y el piyama que se repliega de las mangas y cae, se precipita piel abajo en destellos imperceptibles de ámbar, mientras el bostezo al cielo raso, los dedos que se encuentran allá arriba, se entrelazan, estrechan y separan de nuevo.

Se pone en pie, tambaleante. Arrastra las pantuflas. Más chispas de luz, la cabellera entre los rayos del día. Y las motitas que bailan detrás.