Labores del árbol encanijado

por Felipe Santa-Cruz

2013-09-18-22-09-29Caía la noche, pero muy despacito, como para no hacerse daño. Una viejecita gritaba a los árboles todo lo que se le ocurría, por lo que apenas repetía la misma frase una y otra vez. Los árboles la ignoraban, porque casi era la hora de expulsar dióxido de carbono, lo que resulta muy liberador para ellos, y llevaban todo el día esperando el momento.

Bajó la calle en busca de un naranjo encanijado y especialmente atento, con el que cada tarde compartía sus más íntimas dolencias (su escasa pensión, que apenas le daba para ir al casino cuatro días en semana, su difunto canario, su difunto gato —muerto por la ingestión de un canario caducado desde hacía un año—, su difunto marido, sus difuntos padres y su difunto todo menos una mecedora muy confortable incapaz —muy a su pesar— de morir). El árbol encanijado se enteraba de algo de cuando en cuando y trataba de asentir cuando tocaba. Luego, la viejecita se marchaba, y llegaba el turno de un borracho muy simpático que se dedicaba a abonar su pedacito de tierra con los más variados efluvios.

A veces el encanijado árbol se sentía muy indignado e iba a hablar con el alcalde y le pedía que le subiera el sueldo, que trabajaba como ninguno, que cada ser humano y animal que cruzaba la calle se entretenía con él y prefería su presencia a la de los demás árboles (que iban a lo suyo y no cumplían con su labor más que para salir del paso), que ya nadie podaba sus ramas y él tenía que pagarse la peluquería de su propio bolsillo, y eso era inadmisible, porque era como si un bombero tuviera que poner de su dinero para comprar el agua que se utiliza para regar los edificios cuando alguien fuma en la habitación y no hay más cenicero en ella que el colchón o las cortinas; y así hasta que el alcalde lloraba amargamente y llamaba a su esposa y le gritaba por teléfono que avisase al médico, que de nuevo le estaba molestando aquel árbol que ella sabía.

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