El otro sueño

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— ¡Qué bueno está el asado! Marcos, ¿me pasás el suéter? Está ahí, en el bolso que tenés al lado tuyo.
–No, disculpame, ese bolso es de otro sueño.
–¿Cómo “otro sueño”? ¿De quién es?
–Es tuyo, pero no sé qué hace acá, es de otro sueño.
–Dale, forro, pasame el suéter…
–No puedo, Jorge.
–Matucho, ¿me lo pasás?
Pero Matucho no contestaba. Hablaba sin voz, con muecas entusiastas con los demás comensales.
–Jorge, te digo que el bolso está en otro sueño.
–Pero, ¿esto es un sueño?
–Y… parece que sí.
–Pero yo no estoy dormido.
–Bueno, no jodas más, Jorge.

La noche continuó entre cargadas y risas, y cantos desafinados. Cuando los primeros cadáveres florecieron como pequeños obeliscos en la mesa, llegaron los brindis, las palabras emotivas, y una brisa fresca contra la que el alcohol blindó en varios participantes, excepto en Jorge.
–Marcos, ¿me pasás el suéter?
–¡Jorge, no me rompas más las pelotas! Levantate y buscalo vos si podés.
Pero Jorge no se levantó.
–Sos un pajero, Marcos.

Me giré en la cama y pensé en que le iba a pasar el suéter a Jorge, que ya me tenía podrido. Pero a pesar de que lo intenté no lo conseguí. Realmente el suéter estaba en otro sueño. A pesar de tener los ojos cerrados sabía que aún no había amanecido. No encontraba un motivo para que yo pudiese alcanzarle el suéter a Jorge así que me volví a girar en la cama y traté nuevamente de alcanzarlo. Jorge me miraba dormido en la cama desde adentro del sueño. Ya no jodía tanto. Era tangible que no conseguía alcanzar el suéter.
–Bueno, dejá, Marcos…
Pero era cierto que no podía ser otro sueño. Me puse de pie y me fui hacia atrás de la escena. Realmente estaba en otro sueño, pero ¿cómo podía ser que se vea el bolso en el sueño principal? Desde ahí, desde tan cerca y sabiéndolo todo volví a intentar agarrarlo. La primera vez fracasé pero la segunda lo tomé con la mano y lo sentí tibio. Apenas giré para verlo a Jorge, vi el pasillo, vi la lamparita colgando de esa losa blanqueada a la cal, el piso de cemento alisado, las paredes descascaradas. Vi que todo había desaparecido y yo quedé solo en ese túnel de material, en ese pasillo oscuro apenas iluminado por esa penosa lamparita.

El aroma del cemento mojado, el eco del más pequeño sonido en aquella larga prisión… y supe que ya no estaba en mi sueño.
–Es tu sueño, ¿no, Jorge?
Pero Jorge no contestaba. Estaba fuera de mi vista preparando unos cuchillos. No lo podía ver en la escena, pero lo podía ver oníricamente en otra parte calculándolo todo. Y ya no me importó que no fuera de madrugada, y abrí los ojos. Y sí, era de madrugada. Algún resplandor vencía la negrura de la cortina. Y finalmente me levanté, y me fui a mear al baño.