Un crimen necesario

Comoda-01

Empujó la cómoda hasta la vereda. No le importó que alguna de sus cuatro patas se quebrara aunque la excelente calidad del mueble garantizaba una resistencia a prueba de torpezas. Una vez en la vereda pensó en volcarlo. Ya empezaba a sentir el frío en la espalda, no debía detenerse, así que movió la punta en la misma dirección de la vereda y continuó empujándolo hasta el poste donde unas tablas y dos estantes de guillermina reventados por la humedad agonizaban la espera del basurero. Un último empujón y listo, ahí quedó. Mal estacionada, cruzada un poco en la vereda, un poco en el cordón. Un sonido sordo y lejano en el cielo y levantó la mirada. Las nubes estaban grises como manchas de una acuarela triste. Estaba por llover y volvió a mirar la cómoda.

La gente pasaba y no se animaba a detenerse, pero miraban aquella proeza con desconcierto. No había que ser un genio para ver que aquella cómoda valía mucho dinero. Una gota, dos, tres… Abajo del árbol la lluvia no cayó con tanta furia como sí lo hizo sobre la cómoda. Los estantes de madera terciada sangraron marrón y lloraban su desprecio, pero la cómoda todavía no absorbía ni uno sólo de los chorros que reventaban sobre ella. Buena madera, pensó ella apoyándose con una mano sobre aquel roble viejo. Cuando la lluvia ya la había manoseado íntegra por todos su cuerpo fue que notó el cambio de color en una de las esquinas de la cómoda. Estaba chupando agua. Sí, finalmente iba a pudrirse. Uno de los despreciables estantes se quebró sólo e hizo el sonido de un género mojado cayendo sobre el pavimento. Un sonido blando, un sonido que a nadie dolía.

La cómoda ya mostraba sus esquinas mojadas. Se la veía viril, potente, erguida porque sí, porque no había sido hecha para doblarse entre zócalos podridos y cenefas dobladas. Pasó una pareja corriendo tapándose con una campera usada de paraguas y la miraron, miraron la cómoda, y luego a ella parada en el roble, bañada de pies a cabeza, en silencio mirando el elegante mueble empaparse. Amagaron a detenerse, pero se miraron y continuaron. Un trueno rompió la magia y le recordó que llovía. Recién ahí se sintió incómoda por el agua filtrándose por toda su ropa y se incorporó, se cruzó de brazos pero continuó mirando la cómoda. Ahora sí se la veía de color más oscuro. Había absorbido bastante agua. No lo resistió y agarró una de las tablas que había en ese rincón del desprecio y la levantó como el hachador que tiene que partir un nogal en un solo golpe, sólo que al bajar sus brazos la madera paupérrima se destrozó y voló en esquirlas de corcho pegandose en ventanas, parabrisas y su ropa. La cómoda no mostraba ni siquiera la mancha de la madera, ni una mínima muesca de un golpe. Sin embargo ella se sintió mejor. Se sintió mejor y tiró el mango de madera podrida que le quedó en la mano, dio la vuelta y se volvió a su casa.

En la puerta se detuvo y miró, ahora ya más lejos, la cómoda ergida, recta, firme bajo el aguacero implacable. Ya nunca más iba a volver a tener la sensación de vacío al abrir el cajón del medio y no encontrar sus camisas ni sus calzoncillos. ¡Era un mueble tan fiel! Por eso no podía regalarlo ni venderlo. No tenía fuerzas. Nunca había conseguido que alguien se llevase impune la cómoda con todos sus aromas, y no iba a repetir el papelón de decirle al comprador que se había arrepentido, que ya no la quería vender.

Tenía que matarlo, matar el mueble. Necesitaba asesinar esa cómoda. Hacía falta ese crimen. Era un crimen necesario.

Se quedó un momento en silencio y el susurro de la lluvia le hizo respirar profundo. Se sentía mejor. Aún de pie ese mueble ya estaba muerto. Es que la muerte no tiene nada que ver con la vida, la muerte es el olvido. Y hoy, recién hoy, podía empezar a olvidar aquella cómoda. Y con la cómoda, dentro de sus cajones, se iban a desvanecer sus camisas y calzoncillos. Y su verano. Y sus infinitas diecisiete noches sobre mí. Diecisiete noches… Y cerró la puerta. La cerró.

Y la volvió a abrir, y corrió hasta la cómoda, la abrazó, la abrazó como si aquellas tablas latiesen, como si lo mojado fuese transpiración y el olor áspero de su estructura fuese el vapor de los poros de un cuerpo moribundo. Y con sus puños golpeó la mesada una y otra vez hasta que cayó rendida sobre ella, sobre el charco y bajo la lluvia. Y se levantó de nuevo. Y trató de agarrar el mueble para volver a meterlo de nuevo en la casa, pero ya no tenía fuerzas y cayó sentada volteádose de costado de manera patética. El dolor nunca fue elegante. Y se volvió a parar y otra vez miró a la cómoda. Se dio cuenta de que esta vez se estaba liberando porque sintió como si volviese a enviudar por segunda vez. Una primera vez tan rápida, tan de repente que no tuvo tiempo de entender nada, y esta, la segunda, tan larga y agónica que casi elige quedarse ahí, en ese mausoleo del olvido, entre cenefas, estantes, la cómoda y tanta lluvia.