Olvidémonos de la dictadura y los militares

 

Hay un famoso cuento de Borges donde relata la historia de un gaucho con la extraordinaria capacidad de recordarlo todo, desde las formas de las nubes de cualquier día del año hasta idiomas enteros con tan solo leer el diccionario. Funes, protagonista del cuento, da nombre al relato “Funes el memorioso”, que es uno de los más famosos del autor.

El conflicto de la historia está cuando la virtud del protagonista se vuelve defecto. Lo que para la mayoría de las personas es un regalo divino, recordar todo con un detalle milimétrico y sin esfuerzo alguno, termina por transformarse en la perdición del gaucho.

Funes se vuelve un estúpido al tiempo de haber recibido semejante talento; pierde la capacidad de pensar. Al recordar todo, también le fue imposible tener la capacidad de abstraer un concepto, ordenar los hechos según su importancia, o imaginar, dado que la imaginación siempre nace de un hecho aislado.

La explicación parece un poco complicada, pero en realidad es una idea simple, que Borges demostró de forma gráfica. Te doy un ejemplo:

¿Te acordas cuándo la profesora nos tomaba las tablas de multiplicar en el colegio? Era fácil, sólo te tomaban hasta la tabla del diez. Vos estudiabas en tu casa todas combinaciones posibles e ibas a la escuela con las respuestas automatizadas. En cambio, si te daban un cálculo matemático más complejo, entonces sí tenías que usar un método deductivo para averiguar el resultado. Ahora, al igual que cuando te tomaban las tablas de multiplicar, imaginate que te memorizas todas las ecuaciones posibles, incluso las más complicadas ¿Qué pasaría luego si te hacen una pregunta sobre el tema? No tendría que pensar pues te acordarías de todas las respuestas posibles y responderías de manera mecánica, sin razonar. A la larga, si pudieras hacer eso con todas las disciplinas posibles, terminarías por acostumbrarte a no pensar. A Funes le pasaba algo similar.

Pensar es la capacidad de intentar averiguar un dato que no tengo a través de los que sí tengo a mi alcance. Alborotar una cabeza con datos superfluos, lleno de nombres raros e ideas muertas, no incita a la inteligencia, sino que multiplica la estupidez. En Argentina, hoy en día, pasa algo similar.

Desde hace unos años se ha puesto de moda utilizar muletillas tales como “ni olvido ni perdón”, haciendo referencia a la última dictadura militar Argentina, iniciada en el año 1976. Las aberraciones del último gobierno militar, incluso hoy, nos siguen espantando.

En primer término está bien, no critico la idea de recordar nuestro pasado. El problema es que se quiere remplazar un verbo por otro, como si quisiéramos nadar para cruzar la montaña. Nosotros necesitamos pensar, en vez de recordar, que es muy distinto. Por eso los países no tienen memoria, tienen historia, y la historia es mucho más que sólo enunciar hechos aislados. Para estudiarla, se necesita dar una coherencia a los acontecimientos, una explicación a las decisiones de los hombres, incluso cuando han sido infames. Pero creo que eso no le conviene a mucha gente.

Si quisiéramos tener historia, en vez de querer tener memoria, necesitaríamos otro tipo de esfuerzo mental para comprender nuestro pasado. Necesitaríamos contraponer hechos, que es cómo funciona la inteligencia. Necesitaríamos saber que, por ejemplo, el partido comunista apoyó a Videla para asumir en la cúpula militar, que el ERP y los Montoneros incentivaron a los militares a tomar el poder y derrocar el gobierno de Isabelita, que la izquierda apoyó a Galtieri en la guerra de Malvinas, entre tantas otras. Necesitamos entender, de una vez y por todas, que las lágrimas de una madre, cuando llora la muerte de su hijo, no tienen ideologías.

Pero la izquierda argentina no quiere saber nada de esto. Si lo hiciera, les mostraría a la sociedad que llevar la remera del Che a una marcha contra la dictadura es tan ilógico como hacer una orgia por la virginidad. Tampoco hay que pasarle factura a toda una ideología, pero me parece igual de mal que estos tipos se hagan los mártires de la película, cuando en realidad fueron ellos, también, los responsables de nuestro pasado.

El destino no hubiera sido mejor para nosotros, como país, si la izquierda hubiera tomado el poder. En esa misma época, en los años sesentas y setentas, grandes dictaduras socialistas se alzaban en países para organizar genocidios en masas, matando a porcentajes de la población, destruyendo industrias y acabando con las libertades de los ciudadanos; y nuestra izquierda no era más ilustrada que la de esos países. Incluso, creo que nuestra guerrilla era aún peor. Ellos no sólo tenían la falta de escrúpulos necesario para poner bombas en casas de familias, secuestrar niños o intentar hacer un golpe de estados por medio de las armas, sino también eran incapaces del más mínimo análisis político. Llegaron a pensar que Perón era un revolucionario, el mismo tipo que luego los persiguió como ratas. Tampoco nos tenemos que sorprender: la izquierda argentina siempre se comportó de la misma manera frente al peronismo, como si fuera una puta fajada por su fiolo, que se queda en el prostíbulo sólo porque su dueño le dice que la ama. Luego, cuando está toda ensangrentada por los golpes de su patrón, le echa la culpa a los demás de sus propias incompetencias.

Buena parte de la sociedad no quiere ver esto, quizás porque es más fácil ver todo como una lucha del bien contra el mal, sea que estén a favor de los militares o de la guerrilla. A las personas que les molesta que se les recuerde que la izquierda y el peronismo también tuvieron la culpa por la infame década de los setentas, no se enojan con los datos en sí; se enojan con la idea de pensar. Nos cuesta admitir que no existe una historia donde sólo haya buenos y malos bien, y sobre todo en países como Argentina. Acá sólo hubo un montón de gente queriendo llegar al poder para hacer con él lo que se le diera las ganas, desangrando al pueblo en nombre de ideales estúpidos, matando al que se opusiera en su camino.

La historia se puede olvidar sólo cuando aprendemos de ella. Caso contrario, vamos a vivir en el pasado hasta el final de nuestros días, agobiados por una historia que no nos permite levantar cabeza. Pues, si no queremos pensar, y sólo nos empeñamos en recordar, entonces vamos a terminar como Funes, siendo unos estúpidos.