Cenizas

Lectora 5

por Hernán Devizia Arreyes

El trovador había procurado amenizar la larga marcha lo mejor que su arte se lo permitió. Así la compañía, el centenar de hombres y muchachos, contaban con ese delicado instrumento, esa voz modesta pero de armonías sutiles, mientras rodeaban los primeros cerros, cruzaban los campos, resistían las horas más intensas del sol primaveral, hasta alcanzar pequeños montes en los que se internaban unos momentos, agradecidos, para luego seguir, más adelante vadear un arroyo. El trovador no se cansaba de improvisar contrapuntos con las variedades del paisaje, cantando la dureza de la roca y la brillantez de la luz, el alivio de la fronda breve y de la fresca corriente, porque cantaba los elementos del territorio sagrado que defendían. Y por las noches, cuando asaban pequeñas presas y cada soldado agradecía en su corazón la abundancia de su tierra, el trovador también elogiaba, traduciendo en sencillas, límpidas melodías, las palabras que hablaban de la brisa, del firmamento de ébano, de la clara luna que inspiraba el descanso reparador y de las estrellas innúmeras como luciérnagas distantes. A veces, alguna otra voz, tímida, se sumaba a la suya, y luego otra, y era como si los hermanara entonces algo mejor, una sensibilidad, un sentimiento infinitamente más noble que el odio al enemigo, al invasor de sus costas y saqueador de sus riquezas. En esas oportunidades, el trovador hallaba el sueño con una sonrisa que modelaba su satisfacción, la convicción de ver su arte, su vida, justificados.

La narradora, en cambio, no pudo atender sus historias y su auditorio esa semana. Como una de las mujeres vinculadas de mayor veteranía, acudía prontamente al llamado del grupo de Ancianos, de los sabios que interpretaban las figuras de las distantes, parpadeantes luminarias, y dilucidaban las marcas del destino inmediato en las vísceras de animales sacrificados, le comunicaban el favor que los dioses brindaban a la empresa, a la subsistencia del poblado y su gente, y con el eco de sus revelaciones ella volvía al encuentro de su propio grupo vincular, todas las mujeres que habían despedido a su compañero, y juntas oraban, tomadas las manos, descalzos los pies, en contacto con la fertilidad de sus campos, invocando en su meditación las fuerzas que atesoraban, que requerían en su defensa. La narradora sentía cómo la energía primordial brotaba del sustrato, ascendía por las piernas, abarcaba su pecho, abrazaba su frente y envolvía de maravillosa calidez todos sus sentidos, para culminar derramándose por sus brazos y comunicar con sus hermanas de la tribu. En cada jornada el caudal aumentaba, la fuerza crecía, indicándoles de un modo más directo y seguro que el de los Ancianos el favor de sus dioses. No había nada que temer. Habían sido fieles a los cultos, continuaban respetando sus orígenes, y serían recompensados con la prodigiosa bendición que los tiempos exigían. Las mujeres atestiguaban en cada encuentro, entre cada alba y crepúsculo cuyas aves completaban la cadencia de sus rezos, que en el momento preciso la fuente primigenia se volcaría sobre ellas y su contenido se vertería sin demora en los exhaustos miembros y voluntades de sus parejas, tornándolos incontenibles guerreros sagrados cuyo mandato único sería vencer, vencer, vencer.

El trovador supo junto a los demás las características del enemigo. Medio día previo al arribo de la costa, el aire salobre saturándolos, retornó el vigía con su informe. Los superaban por tres veces en número; habían requerido cinco naves, pues traían máquinas de asedio que desembarcaron y afirmaron en las playas; su campamento se extendía dos quilómetros. Siguió el intercambio de miradas entre los hombres, especialmente de los novatos que aún no sabían cómo reaccionar a esas palabras. Pero los líderes fueron categóricos: La experiencia enseñaba que no habría mayores inconvenientes, alcanzarían la última duna ese mismo atardecer; no estarían solos; atacarían de inmediato. Una vez más, les mostrarían a esa horda de bárbaros con sus juguetes que los nativos no necesitaban descansar, pues actuaban con el pleno apoyo de los dioses que en su ambición se proponían ultrajar, y que el precio a pagar no sería menor al de su exterminio.

La narradora se absorbió en sus deberes toda la jornada. El trance del grupo abarcó desde el clarear de la aurora hasta la media tarde. Ya no necesitaban alimentarse. Cuando volvieron en sí, supieron que el enfrentamiento era inminente y se apresuraron a organizar el definitivo ritual. Aprovechó la narradora para dedicar un momento a sus niños, su auditorio preferido en la tribu, y asegurarles que todo estaba bien, que sin tardanza volvería a sus clases con ellos y les contaría más historias emocionantes. Los besó en la frente y encargó su cuidado a una de las muchachas no comprometidas. Volvió a las parcelas de oración con sus compañeras, a preparar las fogatas y pinturas. Ojos de cielo estaba casi cubierta de símbolos, lista para ocuparse de ella.

Fueron ganando la cumbre de arena con renovado vigor. El etéreo, formidable lazo con la tribu se recuperaba y los fortalecía. Con cada paso hacia arriba, los hombres, maduros y jóvenes por igual, advertían la influencia de sus vínculos, estrechándose. Las prédicas eran elevadas nuevamente al cielo; las fogatas eran encendidas; cada mujer y muchacha daba en torno a la suya los primeros gestos invocantes. Cuando los ojos ansiosos por fin avistaron al enemigo, las pupilas en blanco vieron una execrable resaca de la marea menguante, restos de un oleaje corrompido que debía ser purificado. Y las mujeres danzaban ya sin control, rozando las llamas y aspirando en profundas bocanadas el aroma de las hierbas especiales arrojadas al fuego, fundiéndose inexorablemente al aliento de los dioses, a su poder supremo. En los cuerpos de los defensores guerreros sagrados, bajo las ropas alumbraron espontáneas manchas de luz, perfilando símbolos gemelos de sus vínculos que arrimaban a las hogueras, infundiéndoles una furia de lanzarse a la lucha y barrer con la hueste de herejes.

La narradora, en la cima del paroxismo alienante, hizo el movimiento signado, definitivo, se dejó arrastrar al corazón del fuego, permitiendo a las llamas lamer su piel entera, su pintura en símbolos incandescentes, elevó sus brazos y un grito al cielo y vio con los ojos del trovador, a quien las lenguas de fuego le devoraban los restos de incertidumbre y lo cubrían de un poder inconmensurable, ingobernable, uno más de sus exponentes, del centenar de teas que se inflamaban en la playa profanada, que se lanzaban en alaridos sanguinarios al encuentro del orgulloso infiel, proyectando incendios desde las manos extendidas sobre hombres, máquinas y naves, devastando sin misericordia, imbuidos de la pura sed de sangre de sus dioses.

Al anochecer, aplacadas las vivas antorchas, a sus pies el testimonio de la victoria, del viento su merced.

Rendidos los cuerpos cubiertos de sudor, junto a las brasas consumidas, descansarían hasta el reencuentro.