La última pieza

Gachy Ferrari 04

Por Gachy Ferrari

Le gustaba sentarse en el borde de la cama y acariciarme la espalda hasta que me quedara dormida. Era una especie de ritual diario, como peinarme el cabello cada vez que me bañaba. Se sentaba ahí como un niño deslumbrado ante el juguete nuevo. Tocarme el cuerpo era una manera de acercarse, de no sentirse tan ajeno.

Disfrutábamos de charlas eternas sobre Cortázar y su casa tomada, sobre Palermo y sus callecitas nocturnas, sobre lo efímero de la propia vida; se sentía entero en esas ocasiones. Pero luego volvía a la vida y despertaba ese lado suyo tan lejano, tan ratón frente al gato. Podía sentir su incomodidad en mi piel, como un escozor que no cesa.

Sentía una admiración vana por mí. Podía adivinarla por las frases que soltaba al pasar, de la nada; o por las horas que pasaba observándome en silencio. Una vez me confesó que le llamaba la atención la soltura con la que me movía por la vida, sin pedirle permiso a nadie. Le asustaba que tomara decisiones, sobre todo esas que lo involucraban. No entendía esa forma mía de hacer las cosas, tan abrupta, tan estridente.

Él estaba acostumbrado a otra mujer: a esa que pedía dinero para hacer la compra diaria; que preguntaba si podía ir el sábado a tomar el té con las madres de la escuela. Estaba acostumbrado a mujeres que le lavaban y le planchaban, que hablaban en tono bajo; a mujeres que lo hacía sentir grande, importante.

Se fue asustado, como llegó. Tan pequeño se sentía a mi lado que ni sombra hacía ya. No podía aceptar que yo tuviera la audacia de armar por mí misma este intrincado rompecabezas que es la vida; por más movimientos magistrales que intentara yo, jamás habría logrado encajar esa última pieza.