Tu carta

una-genial-diferencia-entre-hombres-y-mujeres

por Male Cardini

Tandil, marzo de 2016

Querida amiga,

                        hoy después de nuestro encuentro furtivo, no pude dejar de pensar en vos todo el resto del día. Sabes que si no fuera por las circunstancias del día a día que nos separan, estaría ahora con vos disfrutando el momento. Acá es ya de noche, la ciudad duerme, pero yo te sigo pensando. Estoy con una copa de vino, lápiz y papel. Quiero escribirte una carta como en las viejas épocas. Quiero que me leas, que recuerdes mi letra como en el colegio.

Sé que pasaron momentos duros, esos momentos que uno no quisiera tener que vivir. Sólo quiero animarte a que sigas confiando en vos. Sabés perfectamente que se sale solamente con tus fuerzas y tus ganas. Acordate cuando nos enteramos de que quedé embarazada de Juana y su padre se borró. El camino era dificilísimo, lleno de miedos e incertidumbres, sin embargo no me quedé quieta. Elegí seguir el embarazo sola, pese al dolor del abandono, de los miedos, de la mirada crítica de la sociedad. El mundo entero se me caía a pedazos, pero tenía que ser fiel a mi elección. Uno no elige por decantación las cosas. Si uno elige afrontar lo que nos pasa, tenemos que trabajarlo. Sentarse al borde de la elección no nos hace caminar. Es un paso a paso, tropiezo a tropiezo, pero así nos enseñaron nuestros papás, a caminar, ¿o no?

Cerré la ventana del living, porque viene llegando una tormenta que promete ruido, sin embargo se viene la fiesta ¡Cómo me gustan las tormentas! El viento amenazador, los truenos, los flashes de los relámpagos. Pero nada en el mundo supera el olor a tierra mojada, ese suspiro de alivio que hace la tierra seca al empezar a tomar el agua que le regala el cielo. Ese olor me lleva directamente a mi niñez, al campo, a estar en familia en la galería de Caraguatá disfrutando cuando el cielo lloraba sobre el maíz que tanta falta le hacía el agua.

La ventana de la cocina quedó abierta y el viento me trajo hasta la mesa el aroma de la torta de vainilla que hicimos con Juana esta tarde. ¿Querés que te diga una cosa? No sé cómo hacen los hombres, pero las mujeres tenemos esa manera de lamernos las heridas, de sanarnos, de darnos un mimo en el medio de la tormenta. Muchos me dijeron que no iba a ser fácil, pero sin Juana no hubiese podido. La tormenta parece emocionada, el ruido de sus lágrimas sobre las chapas, me llenan el alma. No por nada es mujer. Una elegante señora tan impredecible e intensa como nosotras dos.

Pero volvamos a nosotras y a nuestra charla. Vos viste mi transformación. Cuando yo empecé a unir mis fuerzas, mis pedazos rotos, a quererme, a valorarme y a animarme, empecé a levantar la cabeza. Cuando yo creía que la sociedad me juzgaba, en realidad era yo misma, yo misma la que me lastimaba. Cuando no tenía fuerza, era yo la que dudaba de mi fortaleza. Hasta que… caí en la cuenta de que sin mi tenacidad, sin mis ganas, sin mis creencias, sin mis intuiciones, sin mis debilidades, sin mi suavidad…, no podría lograrlo nunca. Todos nacemos con muchas virtudes y debilidades, sólo tenemos que aprender a unirlas, a moldearlas o a fortalecerlas.

Las mujeres somos las que acompañamos, sostenemos y escuchamos. Pero la realidad es que tenemos también la fuerza, la tenacidad, la entereza de todo hombre. Sólo tenemos que escucharnos a nosotras mismas. Cuando somos fieles a nuestras emociones y a nuestras ganas, podemos lograr todo lo que soñamos y queremos.

El primer año de Juana fue muy difícil para mí. Estaba agotada, devastada, perdida. Pero empecé a levantar la cabeza, a ver a mi alrededor. Sabés que sin Mamá y mis hermanos no hubiese podido. Ellos estaban incondicionalmente al lado mío. Escuchándome, abrazándome, secando mis lágrimas, queriéndome. Yo sé que no siempre compartieron mis decisiones en ese tiempo, pero me respetaron, me acompañaron. Eso es amor. Amor del verdadero, del incondicional. Y toda persona, a pesar de su fuerza y convicción, no debe dejar de apoyarse nunca en ese amor puro que la rodea. El amor de la gente que se queda a tu lado en estos momentos, realmente salva.

“La tormenta siempre se lleva las sierras, las esconde”… Eso escuché que le decía una abuela a su nieto esta tarde en la panadería mientras las nubes se volcaban sobre las calles. Y yo sonreí porque esto era lo que quería para Juana y para mí, cuando nos vinimos a vivir a Tandil. Que la lluvia significase algo más que una tarde de cine. Y me vine así, aunque no conocía a nadie, aunque yo venía con una familia rara, poco convencional, chiquita… ¡Éramos dos! ¡Dos niñas! Una grande y una niña-niña, pero a pesar de eso apostamos a tener una vida más linda, una vida mejor. Llegamos llenas de miedo las dos, enfrentando colegio nuevo, casa nueva, todo nuevo y vos sabés las veces que me metía bajo la ducha a llorar para que Juana no me escuche. Llanto lleno de angustia. De nuevo la incertidumbre me abrazaba, preguntándome si había tomado la decisión correcta. Era una tormenta que me escondía las sierras, pero yo sabía que ellas estaban ahí mirándome seguras, de que al otro día las iba a disfrutar.

Siempre tenemos tormentas pero tenemos que caminarlas, tenemos que atravesarlas. De eso se trata. Nadie se equivoca si se queda sentado. Empezamos las dos a andar. Aunque a Juana le haya costado un montón, esa petisa, no flaqueó. Siempre pienso en eso… en que lo mejor que le podemos dejar a un hijo es la enseñanza de que luche por su felicidad, que camine para alcanzar sus sueños.

En ese tiempo yo trabajaba un montón, y le puse todo mi amor de mujer. La mujer, aunque trabaje en un puesto masculino, siempre le va a poner todo. En eso el hombre es más simple… la mujer no puede medir. Si se entrega, entrega todo. En esa etapa, yo di mucho más que trabajo. Di mi vida, ¡di mi familia! Pero por suerte pude dar el paso al costado.

Fue una tormenta terrible, donde me preguntaba mil veces si tenía que volver a mi ciudad natal y dejar todo lo que habíamos construido. Pero me acorde de mí, de mi fuerza y de mi tenacidad. Y que también estaba acompañada por mi familia a la distancia, y por mis amigas acá. Otra vez, la vida me demostraba que sin mi garra y sin el amor verdadero donde apoyarse, es imposible. Pero como sabes, todo pasa…con amor y garra las cosas se acomodan. Conseguí el trabajo que necesitaba y con él se me abrieron nuevos vínculos, nuevas oportunidades, nuevos amigos ¿Viste que la vida es una rueda? Todo vuelve… Vuelve lo bueno que le das a la vida. Las buenas miradas, las buenas sonrisas, las buenas fuerzas…

Me fui por las ramas, pero creo que sabés a dónde apuntaba. Ahora que la tormenta de la vida va pasando es importante que te acuerdes de todo lo que viviste para que te de fuerzas para seguir. Volverán otras tormentas, nos asustarán y a pesar del miedo, bailaremos bajo la lluvia descalzas entre los charcos como cuando éramos chiquitas. Nunca debemos olvidarnos de las tormentas que pasaron. Ellas nos moldearon, nos guiaron y gracias a ellas somos hoy la mujer que somos. Vos sabés que podés… que con tu dulzura, tu sonrisa, tu mirada, tu sinceridad, tu fuerza, tu energía, podés hacer lo que quieras y conseguir tus sueños. Somos mujeres… dicen que el sexo débil… pero somos imbatibles sólo si nosotras nos damos cuenta y valoramos lo que somos.

Ya está amaneciendo. Acordate que te quiero mucho, que me enorgullece estar a tu lado, que te respeto, te valoro y que te acompaño siempre. Sos la persona que desearía ser… por suerte, porque sigo queriendo encontrarte, asustada o corajuda, tentada o con angustia, en esa mirada que cada mañana me sonríe en el espejo cuando me levanto.

Te quiero mucho

Tu amiga del alma.