Felicear

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por Rosy Ghazoul

Admiro la manera de ser feliz que esas dos almas que pintan canas, conjugan como un verbo simple, elemental; yo feliceo, tú feliceas, todos feliceamos. Porque es felicear verlo remover la tierra de alguna orquídea, mientras ella cose una cortina de lienzo color crema.
Es felicear callarse con un lazo que une, callarse ese “silencio sonoro” de la casa de techo alto, que tiene el lujo del amor de esos dos soles que la habitan, porque los otros lujos andan repartidos “entre la gente joven que los puede lucir”.

Cuando iba a visitarlos, mi abuela siempre me preguntaba si era feliz. Antes de que le diera mi respuesta, ella agregaba:

—Me imagino qué bella debe ser la casa de una mujer como vos…, una mujer trabajadora, con talento —repito sus palabras textuales, aunque mi modestia borraría algunas—, con éxito. Porque vos tenés más obligación que nadie de ser feliz. ¡Sí pude hacerlo yo, que no tenía en mí todo lo que vos tenés!En muchas ocasiones su frente se juntó con la mía y, como si dos copas de árboles se agitaran, caía un tenue aserrín de recuerdos.

Si tu nieta tuviera que abandonar los triunfos para conseguir lo que vos conseguiste, los abandonaría. Porque entre los éxitos el tuyo fue tan redondo y simple, con forma elemental de fruta, es el único que vale de verdad.

Un silencio sonoro allá, cuando el camino se ensancha y es más que camino, eternidad.