Importancia

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por Hernán Devizia Arreyes

Si uno ha pasado de los treinta y aún no ha vivido un gran amor, una pasión tan honda que hubiera transformado su identidad completamente, uno empieza a preguntarse, con todo derecho, qué sentido puede tener la vida.

No se trata de una mera inquietud metafísica; los posibles y diversos planos de la existencia, la inmortalidad del alma, la final consubstanciación con el Cosmos, esas abstracciones pierden todo valor y utilidad ante la circunstancia, infinitamente más concreta, de esa ausencia del abrazo amoroso, una compañera cálida, esa pareja comprensiva que ofrece suficiente seguridad espiritual, para distraer nuestra atención de las frívolas divagaciones de la filosofía. Con una mujer a nuestro lado puede fácilmente prescindirse de los libracos sesudos: Ella sola condensa el Misterio, el Origen y la Finalidad.

Es así, cuando la carne se encuentra satisfecha, las inquietudes desaparecen. (¿Será, entonces, el escalonado progreso de las artes y las ciencias del hombre fruto de una perenne insatisfacción carnal?)

Cuando te conocí, el día que me sorprendió el brillo del sol relumbrando en tu figura, como si un aura de ángel te circundara, yo ya creía que mi desvarío se encarrilaba sin desviación o detención posibles – y ser consciente de ello era peor que la locura misma -. Pero al fin, ¡ahí estabas! ¿Cómo no te había visto antes? Llevo diez años viviendo en esta ciudad; habré pasado cientos de veces junto a vos, y mi cerebro entumecido no te advirtió.

Estos últimos días han sido difíciles. La lluvia constante me impidió salir del departamento. Hoy el tiempo sigue inestable pero no quiero seguir esperando. Necesito verte. Cada uno de estos días lo he pasado pensando en vos. Te he visto, con el ojo de la mente —que algunos dicen es el más sutil— erguida, segura, indiferente a las inclemencias que nos apartaban, porque, como yo, las sabrías pasajeras y que pronto volveríamos a reunirnos. Yo evocaba, una y otra vez, mientras el agua y la ventisca se enconaban contra la ventana, aquel día, el primero, el maravilloso, en el que te descubrí, allí donde siempre habías estado, paciente, aguardando que mi sonsera tuviera una brecha y mis ojos distraídos te captaran, brillante, casi como una diosa, sí, como una diosa guerrera que abatiría mi desánimo, que me reviviría.

Y ya no puedo esperar más. Ya salgo. Ya desando las pocas calles que nos separan y puedo entrever, a la distancia, cómo los rayos del sol que desgarran las nubes te alcanzan también, te entibian como a mí y arrancan de tu piel ese halo, mil resplandores de bronce, sobre tu alto pedestal, junto al verdor intenso de la plaza.