El espía

Un inmenso muro separaba la ciudad del bosque. El motivo era el de proteger la naturaleza de la ciudad, limitando hasta donde se podía edificar. También para proteger la ciudad del bosque, velando por la seguridad de los ciudadanos ante el ataque de posibles fieras que pululaban libres.

De todas maneras el muro tenía varios pórticos hacia el bosque y mucha gente, especialmente niños y adolescentes, escapaban de la rutina y el aburrimiento de la ciudad para pasar sus tardes ahí. El bosque era el lugar de aventuras de los chicos y la morada de los primeros encuentros amorosos de los prematuros galanes de la ciudad. El muro limitaba el verde del gris, el caos de la paz, el ruido del silencio, la vida de la muerte, lo único que compartían era la particularidad de ser ambos lugares salvajes y peligrosos, dominados por los más fuertes.

A Ernesto le gustaba salir a correr luego del trabajo. Salía desde su departamento por la avenida principal hasta llegar a uno de los pasajes del muro hacia el bosque. Su trayecto continuaba entre árboles y naturaleza, subiendo montes y siguiendo senderos trazados. Había algo que le llamaba la atención… siempre veía a un anciano espiando por un pequeño agujero en la pared. Saliese a la hora que saliese, cuando pasaba por una de las calles que limitaba contra el muro lo veía al hombre del traje gris, apoyando su ojo contra la pared y mirando hacia el otro lado. Siempre, todos los días, durante todas las estaciones. La gente de la zona lo había apodado con cientos de motes y sobrenombres, algunos elaborados y cómicos y otros vulgares y sarcásticos. Incluso había niños que le temían y mitómanos que juraban que era una estatua.

Un día Ernesto se preguntó que habría del otro lado que tanto le llamaba la atención al espía anciano, así que decidió cambiar su circuito y pasar por el lado del bosque que era observado por el hombre con tanta paciencia y dedicación. No muy lejos del espía había un portal, así que se adentro en el bosque por ahí. No había senderos que llegaran hasta el lugar puntual que el espía observaba, por lo que tuvo que atravesar una parte espesa y frondosa. Entre ramas y arbustos y luego de varios arañazos, llegó a destino.

El lugar no era más que bosque en estado natural. Unos niños jugaban a lo lejos, había varios pájaros y nada distinto, particular o extraño. Se preguntó que quizás aquel hombre de traje gris era un científico que esperaba la aparición de algún animal en particular, como que estaba haciendo un estudio, o quizás uno de esos locos que esperaba ver algún ser paranormal, algo extraño, algo fuera de lo común, un monstruo tal vez. A lo mejor era un fisgón que solo pretendía ver el amor adolescente, pero era extraño que alguna pareja de jóvenes se animara a llegar hasta ahí, era absurdo. Ernesto se sintió intrigado, así que decidió volver y preguntarle al hombre quien era o que hacía o, sencillamente que espiaba.

Volvió por el mismo sendero, otra vez peleó para salir del espesor del bosque, atravesó el portal y ahí seguía el espía observando por el pequeño agujero.

– Buenas tardes, buen hombre – preguntó Ernesto.

– Buenas tardes – contestó el hombre sin siquiera quitar la vista del agujero, sin siquiera mover la cabeza para observar de donde venía el saludo.

– Disculpe la intromisión, ¿Es usted un científico?

– No, ¿por?

– Por nada, simplemente lo veo aquí, día tras día observando, me pregunté que quizás sea un hombre dedicado a la ciencia, por eso observa.

– No, no soy científico. Era empleado del banco de la ciudad, hasta que me mudé cerca de este lugar y encontré este agujero.

– ¿Sigue trabajando en el banco?

– No, me despidieron, creo. Pasa que desde que encontré este agujero no pude ir más a trabajar. No hay nada que me guste más que venir a ver.

– ¿Y que es lo que tanto le gusta observar?

– ¿Qué es lo que me gusta observar? – repitió la pregunta el hombre, al tiempo que salía de su postura como espía y daba media vuelta para ponerse frente a Ernesto. Sus ojos eran grises como una tormenta de verano. – ¿Usted no se ha dado cuenta lo hermoso que es el bosque que hay del otro lado?

– Si, siempre salgo a correr por el bosque, todos los días.

– ¿Entonces? ¿Para que voy a seguir trabajando o haciendo todas esas cosas mundanas cuando tengo este hermoso lugar para deleitarme a diario? ¡Por acá pasa la vida!

– Entiendo, ¿pero no es mejor atravesar alguno de los portales y disfrutar el bosque a pleno en vez de mirar por ese agujerito miserable?

– ¿Usted esta loco? ¡Mire si alguien me espía por acá! – El hombre dio por finalizada la conversación y volvió a observar por el pequeño agujero.