Bitácora de vida

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por Lorena Inzirillo

Cuando advertí por primera vez las incipientes arrugas en mi cara, ¡fue terrible! Las muy infames aparecen de la nada. Un día te mirás al espejo y de repente ves, con sorpresa y disgusto, el verdadero arte que han hecho todas las emociones vividas. Al principio es como una derrota, y lo primero que hice fue atribuirme la culpa: “¿será que no estoy tomando suficiente agua? ¿Tendré que dejar de disfrutar mis madrugadas de insomnio? Eso me pasa por dormirme a veces sin la crema de noche, esa que tiene ácido hialurónico”. Y entonces, preocupada, me estiraba las mejillas hacia atrás con los dedos, en un intento desesperado de alisarlas y remediar lo inevitable.

Ahora en cambio, me doy cuenta de que no es tan terrible. Ya no reniego de ellas, las he aceptado y estoy aprendiendo a lucirlas cual trofeos de experiencias, atrayendo más miradas que antes. Es que es tal la ironía de la vida, que vienen acompañadas de un aire de seguridad avasallante, el que le faltaba a la piel joven y tersa de hace tiempo.

Hay veces que me detengo un momento en el espejo, y entonces veo mis marcas con nostalgia, en ellas está escrita mi historia, cuentan de qué manera he sentido y todo lo que ha sido parte de mi vida: alegrías, amarguras, tristezas, preocupaciones, temores, locuras… ¡Y me encanta lo que veo! Es cierto, ya no se refleja esa mirada de inocencia ante la vida, pero sí una cierta templanza que he ido ganando con los años. ¡Es tanto lo que dicen! Las líneas de la frente sé que son a causa de mi gran capacidad de asombro que nunca pude disimular. Las de expresión, alrededor de los ojos y las del ceño, son las que más hablan. Algunas son la prueba irrefutable de que la vida se ensaña y golpea inexorablemente, y te hacen evocar el llanto y la pena, como la espera inútil de un desamor, una ilusión que solté, una pérdida que tanto extrañé y los sueños que no alcancé. Y las más viejas, pero casi imperceptibles, son las que bordean la boca, esas no hablan, gritan la impotencia de una antigua injusticia. Y entonces siento estrujárseme el alma.

Pero también están las que hacen que el corazón te de un vuelco de alegría, ¡y es que la vida siempre te da revancha!, como las que muestran el tiempo de amistad compartida. Luego, en esas que se destacan orgullosas, veo dos partos ¡sin anestesia!, y en un acto involuntario cierro los puños como cuando, con fuerza inenarrable, los empujé a la vida, y hasta puedo escuchar el primer llanto, en el regazo de mi pecho, de mis dos varones queridos. Y después están esas otras, insolentes, que delatan ese modo intenso de gozar en el amor, con el hombre de mi vida… y entonces sonrío.

No, no quiero congelar las huellas del tiempo, quiero ver que he gastado mi vida y lucir mis arrugas con dignidad, sobretodo los pequeños surcos que enmarcan las comisuras de la boca y que estoy segura se harán más profundos, esos que dicen: ¡lo mucho que he reído!

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